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¿Se impone el drama de la
coyuntura y la sobreinformación a la capacidad de análisis? ¿Asistimos al
reinado de la velocidad de las imágenes sobre el de la verdadera comprensión?
2011 inició con la fuerza de un
huracán: el norte de África se sacudió de la pasiva naturalidad con que los
regímenes autoritarios allí permanecen anclados, bajo la fachada de
protectorados personalistas, castrenses, monárquicos y familiares donde la
población no ha podido realizar el salto a una ciudadanía plena.
Túnez, Egipto, Libia, Siria, se
alzan como los ejemplos visibles de un efecto dominó en la primera mitad
de la segunda década del Nuevo Milenio, ante lo cual Occidente debe hacer un
ejercicio de conciencia sobre cuál ha sido su papel para tolerar, sostener,
legitimar o contribuir a derrocar los gobiernos de estos países. Se trata,
claro, de la validación de acciones morales y militares desde el Derecho
Internacional, que se esperaría vayan de la mano a futuro de la forma como los
Estados consumidores -especialmente las economías industrializadas- se abastezcan
de los recursos de estos países. Y contribuyan si es posible a una verdadera paz
regional, que solo con un cambio de cultura política en el mediano y largo plazo
podría traducirse en democracia.
Mientras la prensa,
la radio, la televisión e Internet no han cesado de bombardearnos 24 horas con
directos caóticos, imágenes de manifestaciones públicas, encuentros entre la
población civil y fuerzas oficiales, al tiempo hemos escuchado
pronunciamientos cínicos de los gobernantes asediados mezclados con
imágenes de archivo de sus mejores días.
Pero sin análisis
claros, sin contextualización histórica, sin rigor en la noticia, tanto en el
periodismo como en muchos de quienes se anuncian como internacionalistas.
El seguimiento de prensa brilla por el lugar común, y no hace nada por tapar los
vacíos y mejorar la calidad de la información, cuando podría aprovecharse el que
no se relata necesariamente en "caliente".
Por eso los lamentables hechos
naturales en Japón tomaron a todos por sorpresa, y permitieron que los
dictadores asustados tuvieran una semana de respiro mientras el mundo asimilaba
la desolación tras el tsunami y la amenaza nuclear latente en una de las
culturas más ricas, tecnificadas y socias del capitalismo occidental.
En Japón la tragedia no es
institucional: es natural y es técnica.
Tras la Segunda Guerra Mundial, esta nación desvió en desarrollo lo que llegó
a concentrar en armamentismo, y ha logrado una evolución política, social y
económica sin precedentes que ha resistido muchas crisis. Precisamente esa es la
esperanza que tenemos quienes creemos en la fortaleza de los habitantes de Japón
para sobreponerse a la historia.
Los desafíos
heredados por este 2011 son desde ya inaplazables.
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