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REFLEXIONES SATELITALES

Hablando de avances técnicos y científicos, tenemos nuevas razones de orgullo en la Universidad Sergio Arboleda a propósito del lanzamiento que se hizo del primer picosatélite o Cubesat colombiano (Libertad 1) y del proyecto Colombia en Órbita, liderado por nuestra propia comunidad académica. Ante el febril alborozo causado por este evento parece muy apropiado detenerse para reflexionar un momento y preguntarse sobre su importancia para todas las facultades –incluyendo las de Ciencias Humanas– y especialmente para el Departamento de Filosofía y Humanidades, núcleo rector de todas las Humanidades al interior de la Universidad en su totalidad.
Y es que hay ocasiones en que los estudiantes de otras escuelas diferentes a las estrictamente científicas o de ciencias exactas (por así llamarlas), como podrían pensarse los de derecho, comunicación, ciencia política o filosofía, no advierten la importancia que los avances técnicos y científicos tienen al interior de sus propios campos de cono- cimiento. De todos ellos ninguno podría estar más interesado en estos avances como el campo de la filosofía, pues no son pocos los asuntos científicos íntimamente relacionados con ella y, por el contrario, los problemas más arduos de la física, la biología y la astronomía son estudiados muy de cerca por los filósofos: basta con nombrar aquí entre nuestros profesores al doctor Bernardo Bulla Pinto (filósofo, físico e ingeniero civil con maestría en astronomía, uno de los precursores de los estudios de bioética en Colombia, primer director del Observatorio Astro- nómico de nuestra Universidad y titular de la cátedra Cuestiones Científicas Relacionadas con la Filosofía en nuestra Escuela).
Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha elevado la mirada al cielo y se ha maravillado en la contemplación del mundo y del firmamento: los pensadores de todos los tiempos, desde las grandes civilizaciones de la antigüedad más remota hasta los presocráticos, escudriñaron los astros en búsqueda de guía y de verdad; se sabe que los antiguos egipcios poseían ya grandes conocimientos astronómicos, matemáticos y médicos, y en Occidente, 300 a.C., filósofos y pensadores como Eratóstenes y Aristarco se preocuparon por la escala del universo y ya habían calculado el diámetro de la Tierra, del Sol y la Luna, así como las distancias entre ellos ¡Sin otra herramienta que sus propios ojos! (por no mencionar a Pitágoras y Aristóteles, entre tantos otros eminentes filósofos-científicos).
En la contemporaneidad también han sido muchos los filósofos que han estudia- do y aportado a la ciencia en importantes asuntos de la física (el origen, la evolución, la forma y el movimiento del Universo; la energía y la antimateria; el vacío y la continuidad; el Big-Bang y el Big-Crunch; el tiempo y la relatividad…) y la biología (la evolución de las especies, la bioética, el genoma humano y la ingeniería genética, la clonación y la fertilización In Vitro Extra Uterina o FIVET…). La conclusión más importante de la ciencia y de la filosofía sigue siendo siempre la misma: es mucho lo que se sabe, pero es muchísimo más lo que se desconoce.
Así es como los científicos más sensatos han podido vislumbrar que la observación del Universo lleva necesariamente a cuestionamientos “metacientíficos” (o filosóficos, como el problema del sentido) y han conseguido concluir de sus estudios su propia ignorancia e insignificancia… y esto es algo que paradójicamente tiende a olvidarse siempre en el ámbito académico en general, pero especialmente en las carreras distintas de las estrictamente “científicas” o de ciencias exactas (es decir, en las humanísticas), donde rara vez nos encontramos con la humildad y donde reina campante la inmodestia.
El hombre mira el Universo y de pronto se da cuenta que una vida humana no dura sino un parpadeo (unos 90 años) y eso no es nada en el tiempo del Universo; pero las pirámides en Egipto tienen varios cientos de años y eso tampoco es nada en comparación con la edad del Universo (unos 13.700 millones de años, se calcula). Al conmover- se con la belleza del mundo y con la inefabilidad del firmamento, el hombre puede comprender que no es más que una brizna de polvo, advirtiéndose de su propia finitud. De igual manera, de las observaciones científicas y astronómicas, al menos logra rápidamente tres conclusiones, apelando apenas al sentido común:
La primera tiene que ver con el descubrimiento de la gran insignificancia de la raza humana en la escala de todo el cosmos, del estado de indigencia existencial (y metafísica) de nuestra especie, de la nimiedad de duración de la vida humana en relación a la edad de los astros y las galaxias, de la cortedad de nuestro entendimiento… en este mismo sentido, del reconocimiento de la primera condición de posibilidad del conocimiento: la aceptación de la propia ignorancia.
La segunda se refiere al reconocimiento de la gran valía y dignidad de la persona humana en la escala de todo el cosmos, por sobre todas las demás cosas, pues sólo ese humano puede advertirse de sí mismo y de lo que lo rodea, y nombrarlo, ponderarlo, valorarlo, amarlo y explicarlo; así mismo, en la autonomía de su libertad el hombre es el único capaz de darle sentido a su propia existencia y de reivindicar su ser.
Finalmente, en relación a las dos anteriores, la tercera tiene que ver con el reconocimiento del absurdo de una perspectiva material o reduccionista del hombre y del mundo: la evolución o el perfeccionamiento de las especies naturales y del propio ser humano, la belleza inefable de la naturaleza, el orden o la tendencia natural que la ciencia descubre en todas las cosas, no pueden menos que compelernos al reconocimiento de la trascendencia, es decir, a la aceptación de una perspectiva espiritual (metafísica, si se quiere) de todas las cosas. En último término, la misma ciencia llega a un punto en que con necesidad reconoce que se queda corta sin la filosofía (no pudiendo dar cuenta, por ejemplo, de la cuestión del sentido), y al final lleva a deducir que la existencia toda no tiene sentido sino desde la perspectiva de la trascendencia.

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