Universidad Sergio Arboleda
 
 
 
 
 
La voluntad
 

La Voluntad: Si o No (3)
Por: Alfonso Noguera Aarón
Los árboles no nos dejan ver el bosque.

Continuando con la línea conceptual de las anteriores entregas de esta columna con el fin de encontrar las ventajas prácticas de estas temáticas, por muchos olvidadas y en general relegadas a planos desprovistos de interés económico o de las frivolidades del entretenimiento moderno, quiero hoy echarle un vistazo a los fenómenos de la voluntad humana; pues para plantear otros tópicos, he creído oportuno empezar por los cimientos del ser humano, como lo es el conocimiento, la razón, los afectos, la voluntad, etc.; pero contemplado todo ello desde el punto de vista integral, holístico; acaso haciendo un eclecticismo conceptual que nos permita comprender mejor algunas cuestiones que por separado nos resultan banales y hasta inútiles. “El ser humano es uno solo. Las divisiones que de él se hagan tan sólo son para estudiarlo”, decía en su gran libro La Incógnita del Hombre el médico y escritor francés Alexis Carrel, premio nobel de medicina en 1.912.

Hace ya muchos años, cuando yo cursaba neurofisiología en la facultad de medicina de la Universidad de Cartagena, subiendo las escaleras rumbo al paraninfo donde dábamos aquellas memorables clases con el eminente neurólogo cartagenero, Doctor Roberto Guerrero Figueroa, de la escuela mecanicista inglesa de sir Sherrington, entre la muchedumbre de estudiantes y de curiosos que lo asediaban a inquietudes, le hice una pregunta, que algunos años después cuando ya fuimos amigos, me dijo que lo había dejado paralizado como si le hubiera lanzado un dardo de curare en pleno corazón. Doctor--le dije--¿Qué es la voluntad? Mejor dicho…¿Cuál es el mecanismo íntimo de la voluntad?. Creí que ni siquiera me había escuchado, porque el viejo Guerrero, como le decíamos a sus espaldas, tan sólo me miró como si la pregunta no tuviera sentido y siguió platicando mientras llegaba al paraninfo. Al llegar a aquel espacioso y espléndido recinto atiborrado de estudiantes y admiradores, pues sus clases despertaban gran interés por su estilo personal dado a hacer gala de su enorme memoria y de su gran cultura general, acariciando la tiza y caminando sobre el estrado como un robot ansioso de empezar el espectáculo, preguntó con amable interés: ¿Dónde está el estudiante que me preguntó lo de la voluntad?. Ahí mismo, yo, que ya me había rumiado en el bachillerato la psicología del padre Faría y a los experimentalitas clásicos, y había discutido filosofía al por mayor en el Liceo del Caribe, de esta mi hermosa tierra natal de Santa Marta, como un bólido me levanté y a la invitación del doctor Guerrero para que subiera al estrado, subí a las tablas desde luego nervioso, pero seguro que me iba a empatar con tan ilustre maestro en una discusión que ya ese día tenía más de dos mil años de ardua disputa. No así pensaban mis compañeros que al principio creyeron que eso era “una pelea de tigre con burro amarrao”, pero el viejo, antes de aceptar que la pregunta entrañaba un insondable misterio, me advirtió que tan sólo iba a tratar de contestar la parte neurofisiológica que le competía. La otra parte del asunto, la esfera psíquica, me la dejaba para ver si durante el resto de mi vida le sumaba siquiera una coma a lo ya dicho en esa temática por los genios de la humanidad.

En efecto, si bien el mundo y la realidad influyen sobre la voluntad para que oriente nuestras determinaciones, también es cierto que ella, a su vez, termina siendo el timonel de nuestra vida sin importar hacia donde se inclinen nuestros actos deliberados o inhibidos. Se trata siempre de elegir y proceder: Sí o no. Por ahora y siguiendo la enseñanza del maestro Guerrero, quisiera recordar que desde la tercera circunvolución frontal izquierda o área 44 de broca, desde el cuello de esas neuronas, salen los estímulos eléctricos, para que se genere el lenguaje hablado, escrito y mímico, y que del homúnculo de Penphill, en la corteza cerebral pre—rolándica y de otras áreas cerebrales, del cuello de esas neuronas, parten los impulsos que constituyen nuestros movimientos voluntarios. Podemos imaginar a esa corteza como un inconsútil teclado que al ser activado se produzcan nuestros actos, y podemos incluso ver cómo salen esos impulsos; pero, ¿Qué, o mejor, quién mueve la primera molécula para que se genere el potencial de acción prodrómico para que se mueva un dedo? Y eso que en el orden motor los mecanismos neurofisiológicos son al menos más elementales de explicar. Relaje las manos y trate usted de flexionar una de las dos, y justo, en el último delta del tiempo lo decide. Verá que la mano flexionada es fiel a su última decisión; pero, se imagina usted el misterio que entrañan los fenómenos abstractivos, como voluntariamente pensar en una cosa y no en la otra, o mejor, qué complejidad no tendrá decidirse por sentimientos distintos, pues sabido es que de la esfera afectiva ni siquiera se conocen sus sustratos orgánicos como lo veremos cuando hablemos de ella.

El amable lector se preguntará que a dónde lo llevo con todas estas cosas elementales para los entendidos, pero un tanto difusas para los desprevenidos lectores de este diario. Pues bien, generalmente nos afanamos tanto por nuestra vida diaria y en nuestros problemas domésticos cada vez más apremiantes, que no advertimos la magia que nos teje por dentro, y cuán fabulosa se nos abre afuera. Nos acostumbramos tanto a las maravillas de la vida que nos embotamos entre sus encantos. La vida moderna nos ha matado la capacidad de sorprendernos. Hemos matado el niño que llevamos dentro, como tanto temía Neruda que le pasara. De modo que la inquietud que anhelo trasmitir es la de plantear muchas cosas que están lejos de dilucidarse por el método científico, pero que el transeúnte corriente cree que ya están revistas al microscopio, (requetesabidas, decimos). Pues no. Ni más faltara: Vivimos un mundo repleto de enigmas que a veces tan solo advertimos cuando tenemos conciencia de ello; cuando decidimos abrir el telón de la curiosidad, de la reflexión o del interés por el conocimiento, y entonces vemos que por todos los lados nos circunda el misterio, la duda, los abismos de la ignorancia y sobre todo lo que compete a nosotros mismos: empezando por saber que no elegimos nuestra vida ni el tiempo ni el lugar donde nacimos y ni siquiera el nombre, si es que alguna vez tomamos las riendas de nuestra propia vida respecto al mejor de los mundos que anhelamos construir.

Como se ve, pues, sabemos que llueve, pero pocos saben ¿Por qué llueve?. La voluntad es esa facultad espiritual que nos hace obrar reflexivamente en la dirección de un fin elegido como el mejor, ora impulsado a lograrlo o simplemente inhibido a negarlo. Cuantas veces no hemos tenido que renunciar a lo apetecible o incluso a lo conveniente en lo personal, para decidirnos por opciones más nobles y universales. ¿Cuántos Franciscos de Asís o Teresas de Calculta habrá entre nosotros? Quienes renunciaron a los manjares del mundo para crecer en espíritu entre las miserias de la tierra. Ya decía Bergson: “La educación se fundamenta en el freno de los actos primitivos”, acaso retomando por el lado opuesto aquella máxima de Rousseau: “El hombre nace bueno; pero la sociedad lo corrompe”. Y más acertaba Sócrates en su Gnóscete ipsum (Conócete a ti mismo) cuando nos sugería la introspección como guía para conocer los vericuetos del alma humana. Podemos perfeccionar nuestra voluntad, pero mientras no lo comprendamos bien, seguirán habiendo los impulsivos, los irresolutos, los débiles, los volubles, los caprichosos, los inconstantes, los tercos y algunos que otros lunáticos dueños de sí que piensen bien antes de obrar y lleven al mundo por donde debió estar desde el principio: El amor y la paz. Bendiciones.



 

 

 


 

 

 


 

 

 

 

 

 
 
 
 
 

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