TEMAS Y REFLEXIONES
Por: Alfonso Noguera Aarón
Nadie enciende una luz para ponerla bajo un cajón, sino que la pone en el candelabro para que alumbre... Mateo Cap. 5 versículo 15.
Desde niños, todos empezamos a conocer las cosas del entorno próximo al lejano y terminamos conociendo y amando a nuestros seres queridos como si fueran los únicos que existieran en el universo, así como también a la tierra amada que conforma el marco natural de nuestra vida, y que muchos llamamos patria --así los corruptos la degraden, como Nerón a su propia Roma--. Sin embargo, para la ciencia humana, el mecanismo íntimo del conocimiento sigue siendo un insondable y oscuro misterio, pese a eximios portentos intelectuales del siglo XX como Weber, Freud, Bergson, James, Piaget o Russell, por citar sólo a algunos de los que trabajaron en esto de la conciencia de la propia existencia. Por ahora sabemos que el mecanismo mediante el cual las imágenes se fijan en el uncus del hiopocampo, en el centro del cerebro, en las neuronas de Ramón y Cajal y de Lorente de Nó, no es como en el sistema binario, 01 operacional de grandes números, usado en los bits del ordenador. Debo recordar aquí que el ser humano solo tiene memoria evocativa audio—visual, es decir, sólo podemos recordar imágenes visuales y auditivas; y menos mal, pues si pudiéramos recordar ad libitum un dolor de muela o un cólico abdominal, nos dolería exactamente igual que el día que lo padecimos. Pero la naturaleza es sabia y los sabores, gustos, y tactos, sólo son reconocidos ante los estímulos presentes, porque si pudiéramos acordarnos del sabor y del olor de la carne asada, tan sólo nos faltara la yuca para degustarla y las molestias las reproduciríamos exactas como un estado de conciencia presente. Las abstracciones, asociación de ideas y las esferas volitiva y afectiva, están más lejos aún de explicarse con el sólo potencial de acción y la trama sináptica encefálica, por antigua y compleja conque se crea explicar.
Revisando la literatura moderna acerca de La Teoría del Conocimiento y los misterios de la vida y de la materia, se encuentra uno con autores intrépidos, pero fascinadores de incautos como lo es el escritor y filósofo hindú Fritjof Capra, quien en su libro El Tao de la Física y La Trama de la Vida, aborda la vieja temática filosófica acerca del Conocimiento humano, pero sin abandonar su acendrada concepción mentalista, tan milenaria en el Vedo—hinduismo, cayendo, acaso ingenuamente, en el Idealismo craso de Berkely, aunque el gran escritor hindú se cura en salud de conciliar su mentalismo con la Mecánica Cuántica, sacando provecho lógico de tan aventurado injerto filosófico. Del otro lado del asunto, en el lado monista y vital—mecanicista, se encuentra nuestro ilustre compatriota, Dr. Rodolfo Llinás, eminente neurofisiólogo bogotano y javeriano, de ancestros costeños, residente también como Capra en USA, y quien reciclando hallazgos científicos, en el 2003 publicó su libro El Cerebro y el Mito del Yo, prologado amenamente con la pluma alegre de García Márquez.
Pues bien, lástima que el espacio de esta columna no me permita extenderme con la rigurosa minucia que el tema exige, pero ya desarrollado en mi libro, La Breve Dicha, en un extenso ensayo, donde creí conciliar tan antigua como vigente disputa: O el mundo y la realidad que de él tenemos, es un espejismo que podemos modificar o dictar a merced de nuestra voluntad y sufrimos o gozamos según lo merezcamos por acato o por agravio a un Ser Supremo; o, vaya dilema tan cruel el de la vida, esa realidad es un promontorio de corpúsculos impenetrables que llamamos materia, ajenos a nosotros, y que muy a menudo, impredeciblemente, vuelve contra nosotros mismos como un destino ciego y antojado cuando no burlón y traicionero, tal como lo relata el genio de Shakespeare en su inmortal tragedia, Hamlet: To be or not to be, Ser o no Ser, icono fatal de las incertidumbres humanas.
Por ahora tengo que decirle al connotado doctor Llinás, que su magnífico libro, repleto de intentos lógicos y racionales por demostrarnos que la representación mental que tenemos del mundo y de nuestra realidad personal, es el resultado neto de la neurofisiología, deja en el tintero casi tres milenios de arduos debates terciados de siglo en siglo por los genios de la humanidad; pero sobre todo, que cae en el más estéril de los reduccionismos modernos: El de reducir los fenómenos físicos, fisiológicos y Psíquicos a tan sólo el segundo de los citados. Confunde la función con el órgano y hasta la medida con lo medido. Ya la Fenomenología de Edmund Husserl, colada entre el criticismo de Kant y la dialéctica Hegeliana, había definido que los fenómenos matrices del conocimiento humano son irreductibles entre sí. Debemos recordar que los colores, por ejemplo, son tan sólo ondas fotoeléctricas invisibles sin el ojo que les dé precisamente la cualidad de los matices visuales, extensible esto a los demás sentidos; incluso al tacto y al gusto, tan engañosos como traicioneros en ocasiones. El mundo externo, --si es que existe sin un sujeto que lo conozca—al menos, no es como nos lo reproduce el cerebro, empezando por las perspectivas visuales distintas de las holísticas formas que debe tener y los colores que no podemos ver. El sensorio no es fuente de certeza, decía Kant, contra el empirismo de Locke. Y respecto del afecto: Cuántas personas no sufren de la indolencia de jamás conmoverse por las penas y sufrimientos de su prójimo, porque sencillamente no lo ven, --no lo sienten, en el caso de Nerón y de los corruptos--.
Prometo seguir con esta temática que intentaré hacer digerible a los ojos de los amables lectores, acaso con la remota esperanza de convencer a alguno que la calidad de su vida depende mucho de la fuerza de su propia voluntad, dirigida a la dignidad humana, ignorando incluso el embrollo de los núcleos predictivos conque nuestro benemérito compatriota trata de explicar las esferas psíquicas superiores. La próxima semana haremos un recorrido sucinto por la historia de las ciencias para ver cómo conciliar estos términos tan divergentes, pero sin embargo sembrados en el centro de nuestra propia voluntad. Ah, me olvidaba, Gabo, en su ameno prólogo del libro en mención, también se desengañó cuando se enteró que el magneto—encefalógrafo, un aparato para medir la actividad nerviosa sin destapar el cráneo, ideado en parte por el doctor Llinás, “no servía para saber en qué parte del cerebro se engendran los presagios” pese a que Sir Charles Sherrington, de quien Llinás aprendió neurofisiología, gran científico inglés quien estudió la integración de los circuitos sinápticos de la vía piramidal, y por ello premio nobel de medicina en 1.932, había dicho “que el cerebro es una máquina para soñar”. Sin filosofía no hay ciencias.
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