Universidad Sergio Arboleda
 
 
 
 
 
El Espíritu Humano (2)
 

Por: Alfonso Noguera Aarón

La Filosofía no es para resolver rompecabezas, sino para descubrir portentos: Rodrigo Noguera Barreneche, jurista, filósofo y matemático, eximio hijo de la ciudad de Santa Marta, Colombia. (Tío paterno de este modesto colaborador).

En la columna de la semana pasada hice una breve exposición acerca del Monismo materialista, esta vez representado por un ilustre galeno colombiano residente en los E.U. Dr. Rodolfo Llinás, quien en su libro El Cerebro y el Mito del Yo, mediante loables estudios neurofisiológicos dados en la complejísima trama sináptica encefálica, pretende demostrar que el alma humana no es más que el resultado eléctrico de ello. Luego de algún razonamiento lógico expuse que el ilustre galeno se había saltado literalmente casi tres milenios de ardua disputa entre los genios de la humanidad, pero sobre todo, a la Fenomenología moderna, incurriendo en un reduccionismo elemental, al afirmar que los procesos fisiológicos explican, per se, la vida síquica superior. Pues bien, hubiera querido seguir hoy con otra temática que ya tenía como prioritaria en esta nueva entrega de mi columna, Temas y Reflexiones, y escribir sobre los mecanismos íntimos de la voluntad o esfera volitiva, de la esfera afectiva, el juicio, el entendimiento, los problemas esenciales del hombre, el humanismo, Dios, ect.; pero debo a los lectores algunas consideraciones que creo oportuno consignar aquí.

Empezaré por recordar que la palabra fenómeno, participio del verbo griego Faino, que significa aparecer, lo que aparece, constituye la matriz objetiva del conocimiento humano. Y bien, estos fenómenos son tres, irreductibles entre sí: Fenómenos Físicos, estudiados por la física y ciencias afines y ocurren en el espacio; los fenómenos fisiológicos o biológicos, estudiados por la biología, anatomía, fisiología, etc, aparecen en el espacio—tiempo;. y los fenómenos Psicológicos, abordados por la psicología, la ontología y epistemología, ocurren tan sólo en el tiempo: Un recuerdo, por ej. no queda a la derecha de otro, ni una pasión encima o debajo de la otra; ocurren en la sucesión del campo de la conciencia. Luego, como afirmaba el psicólogo experimentalista francés, Alfred Binet, de la escuela de Charcot: “o la Conciencia es un fenómeno, o no es nada”. Como se ve, pues, cada oveja va con su pareja, como decían las viejas. Creo que el problema está en que los procesos psíquicos como no se ven ni se tocan, muchos creen que por ello no existen, y las ciencias prácticas reclutadas por el Neopositivismo de Viena, en su afán de palpar las cosas, las intentan llevar a los planos de lo mensurable o de lo visible y ahí es donde se incurre en errores del orden filosófico que por sí mismos no tendrían tan nefastas consecuencias, sino dimanaran de ellos muchos males que oscurecen el horizonte de la humanidad, desvalorizando la vida del individuo.

Reducir nuestra esfera psíquica, con todo lo que ella implica respecto a la dignidad humana, los sentimientos, la moral y la trascendencia que ella trasunta, a un enjambre de conexiones sinápticas del encéfalo –que coexisten ad intrículis con el espíritu humano-- no sería tan craso como que de ello se generen consecuencias espantosas. Veamos: Convertir a la vida síquica en epifenómenos de la fisiología, como añadidos accidentales de ella, desconociendo que la cuestión se invierte en favor del Monismo idealista, es por lo menos una provocación para que proliferen muchedumbres de literaturas mentalistas, capitalizadas por la nueva ola del Vedo—hinduismo de los Capra, los Prajhupadas y los Chopras, tan en boga dentro del facilismo conceptual de hoy, sin duda devenidos por la sed espiritual que genera la sociedad de consumo, harto materialista y hambrienta del lucro. Algo más, reducir la persona humana, y a su esencia, que es el pensamiento, erigida en la fuerza irrefutable del Cógito, ergo sum de Descartes, a un limitado sistema de operaciones neurológicas drómicas, es, si se quiere, primitivo: Jamás dejaríamos de ser unos zombis carentes aún de sentimientos. “Si inervo, existo” se atreve a decir Llinás convencido que él mismo es un cúmulo de moléculas envueltas en unos sacos que llamamos vestidos. Pero a lo que más desastrosamente arrastra estos monistas mecanicistas es a dos actitudes humanas tan degradantes como degradadoras: Al ateísmo y al fariseísmo. El primero puede no hacer daño y en general se reduce al concepto etimológico que entraña, pero puede ser piedra angular de la maldad y de la violencia, como diría el salmista: “dijo en su corazón el insensato: no hay Dios”(salmo 13, 1 y 52, 1), acaso deseándolo en su retorcido amor, agregaría desde mi modesto parecer. En cambio el otro, el fariseo, dudando de su Existencia, de su bondad o de su Infinitud, prefiere tirar la piedra y esconder la mano, y hacerlo (a Dios) a su medida, para no frustrar su descarrío. Ese es el caso de nuestros corruptos, que arrastrándose como camaleones tras de los conceptos de las ondas intelectuales venidas de las metrópolis, conciben en su codicia las perfidias más aleves, como si Dios no existiera o como si El no los viera, vertiendo siempre las culpas sobre los demás para compensar su extravío: A estos, al menos Jesús en su parábola del publicano y el fariseo, ni siquiera los perdona, pues ellos mismos han decidido vivir entre las sombras, lejos de la razón que los enmiende: El arrepentimiento y el perdón. De resto: Lo que no nos cuesta, hagámoslo fiesta. Ojos que no ven, corazón que no siente. No hay sino una sola vida. Todo por la plata, y con unos que coman, los demás engordan.

Pero volviendo al monismo materialista que me ocupa, aún me queda una inquietud más, que por supuesto, en el caso del Dr. Llinás, de él no lo creería, aunque viniendo de donde viene, lo tomo con mucho escepticismo. ¿Será que al tratar de convencernos –el monismo—que tan solo somos un saco de moléculas, no deberíamos preguntarnos tanto acerca de la vida y de sus cosas? –léase injusticias, inequidades, frustraciones, limitaciones, privaciones, esperanzas, ilusiones, sueños, libertad, patria, credo, amores, dignidad y toda esa gama de cuestiones que precisamente exaltan al ESPIRITU HUMANO por la simple razón de ser personas dignas--. Leibnitz, genio alemán del siglo XVIII y que simultáneo con Newton ideó el Cálculo Infinitesimal, decía a sus alumnos como prueba racional de la existencia de Dios: “Si Dios es posible, existe, y si existe –remataba-- ¡Es Infinito. Luego Existe!”.

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A los lectores de Argentina, Chile, México, USA, Venezuela…: Sí, soy el mismo de las poesías que este misma tribuna ha venido publicando. Por ahí salen como lluvias de verano. Gracias a ustedes y a Dios, que todo lo puede.


 

 

 



 

 

 

 

 

 
 
 
 
 

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