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Telefonía
celular |
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Terrorismo en
Londres
El 7-J reveló una tecnología más humana
Por María Antonieta Mendívil
Observatorio Digital
Las
crónicas posteriores a los actos terroristas de Al-Qaeda en las
metrópolis atacadas describen la misma escena: humo, polvo,
destrucción y debajo de todo este caos, los timbres provenientes de
los teléfonos móviles. Teléfonos vivos que daban aviso de personas
vivas que esperan encontrar vivos a sus seres queridos, quienes
probablemente ya no lo estén.
El teléfono móvil ha tenido un papel protagónico, de distintas
maneras, en los actos terroristas de Nueva York (11-S), Madrid
(11-M) y Londres (7-J).
En los ataques a Estados Unidos, los ciudadanos fueron los primeros
en informar sobre los hechos a sus seres queridos mediante sus
teléfonos móviles, y así despedirse antes de que las torres se
colapsaran. La Zona Cero por mucho tiempo sólo pudo recibir y emitir
las señales de la telefonía celular. Y a través del móvil fue
posible evitar el ataque contra la Casa Blanca: una llamada de móvil
a móvil, desde tierra hasta el vuelo de un avión secuestrado, logró
que los pasajeros descubrieran las intenciones de los terroristas y
ante ello los pasajeros manipularon el avión para estrellarlo en un
campo vacío de Philadelphia.
En Madrid, el uso fue mezquino. Teléfonos móviles fueron sembrados
en el sistema de Metro de la capital española para activar las
bombas a través del repique de estos teléfonos.
En Londres, la telefonía celular puso en las televisiones de todo el
mundo las imágenes turbadoras de los túneles de metro, las víctimas
huyendo a través del humo, la oscuridad, la muerte y el terror.
A finales de los setenta cuando la tecnología para la telefonía
móvil se activó, seguramente fue impensable el alcance
socio-político que ésta tendría. Tampoco Martin Cooper, pionero del
móvil, pensó que aquel solitario radioteléfono que en 1973
desarrolló para Motorola se reproduciría de manera más sofisticada
hasta alcanzar hoy la cantidad estimada en 1,300 millones de
teléfonos móviles en el mundo.
Japón fue el primero en comercializar el radio teléfono en 1979; los
países nórdicos introdujeron el sistema en 1981 y en 1983 se creó el
servicio comercial de telefonía celular en Estados Unidos.
Desde entonces el desarrollo de la telefonía móvil ha sido
vertiginoso. Inició la primera generación (1G) que transmitía
exclusivamente voz; la segunda generación (2G), digital, se preparó
para transmitir servicios auxiliares como datos, fax y SMS (Short
Message Service).
Prosiguió la tercera generación (3G) que se adapta a aplicaciones
multimedia y alta transmisión de datos (mp3, video en movimiento,
videoconferencia y acceso rápido a Internet).
El teléfono móvil que era un artículo de lujo, se ha convertido en
un instrumento personal de gran crecimiento en países en desarrollo,
y ha superado con creces el número de usuarios de líneas fijas.
En países de América Latina, Asia y África la telefonía satelital
puede llegar a ser más económica y práctica que la telefonía
convencional. Para el autoempleo y subempleo tan frecuentes en tales
países, el teléfono móvil es un excelente aliado.
Este patrón económico se ve claro en las cifras: según la Unión
Internacional de Telecomunicaciones, en Estados Unidos
aproximadamente el 57% de la población utiliza teléfonos celulares;
mientras que en Jamaica, una nación en gran desventaja económica, el
54% de sus habitantes cuenta con teléfono móvil. En cambio, los
países asiáticos con economías fuertes mantienen cifras
sorprendentes que hablan de su papel como pioneros en la
comercialización de esta tecnología: En Hong Kong hay 105.75
suscriptores de telefonía celular por cada 100 habitantes; y en
Taiwán hay 110 usuarios por cada 100.
Según este mismo estudio «durante largo tiempo Estados Unidos tuvo
demasiadas redes que no fueron respaldadas por la inversión
suficiente» y «apenas ahora la calidad de las redes estadounidenses
se está acercando a la de los principales mercados europeos y
asiáticos».
Compañías europeas han tomado ventaja pagando 125 mil millones de
dólares para operar redes de telefonía satelital de 3G, lo que
asegura una gran versatilidad a los usuarios. La cámara estándar del
móvil de un usuario europeo suele ser de buena calidad: 1 millón de
pixeles, tres veces más que en el 2003 y muchas de estas cámaras
vienen con flash integrado.
Los televidentes atestiguamos la calidad de esas imágenes capturadas
en móvil, como si también nosotros huyéramos por los túneles
retorcidos del terror en Londres.
En el artículo «La irrupción de los blogs» (SOI, boletín no. 313) ya
se mencionaba cómo las tecnologías están transformando el esquema de
comunicación, donde los roles de emisor-receptor no serán
unidimensionales, sino dinámicos. En dicho artículo se citaba el
informe del Media Center del Instituto de Prensa Americano, según el
cual los propios ciudadanos elaborarán el 50% de la información que
consumen para el año 2021.
En los ataques del 7-J lo vimos claramente: medios informativos con
acceso restringido por seguridad, pero al mismo tiempo miles de
fotos y videos tomados por las mismas víctimas y enviados a los
medios de comunicación. Fotos tomadas desde teléfonos celulares
fueron la portada de importantes periódicos del mundo; un video
tomado desde un móvil nos dio el testimonio vivo de las víctimas en
el interior del metro. La versatilidad de esta tecnología fue
aprovechada por Independent Televisión (ITV), que envió a cientos de
sus suscriptores un SMS solicitando grabaciones de videos de los
acontecimientos.
La BBC de Londres contabilizó en mil las fotos que recibió por
e-mail el jueves, provenientes de teléfonos móviles. Esto será cada
vez más fácil si tomamos en cuenta los datos del grupo de
investigaciones de mercado Gartner, que indican que más de la mitad
de los 150 millones de móviles que se han vendido en Europa este
año, podrán capturar imágenes quietas y algunos otros en movimiento.
Mientras en Estados Unidos algunos medios como Time y The New York
Times se han visto obligados por jurados a develar la identidad de
sus fuentes confidenciales, en un polémico debate por la
transparencia de la información, la libertad de expresión y la ética
periodística, la tecnología está avanzando de tal manera que cada
persona no sólo es por derecho destinataria de información veraz,
sino también puede ser fuente de información, corresponsable a la
hora de emitir dicha información.
Algunos sociólogos han mostrado preocupación por lo que consideran
las paradojas de la tecnología: los aparatos que nos conectan con
otros seres humanos dividen de manera insalvable y a la vez
invisible el mundo interior del exterior.
Una persona que habla a través de un teléfono móvil se aísla del
grupo con el que convive convencionalmente, para formar un mundo
paralelo, aislado, excluyente. Las conversaciones por el sistema
satelital invaden la vida rutinaria y convencional cara a cara; se
trata de un instrumento personal, por lo que pueden fácilmente, por
una parte, excluir a las personas que nos rodean, o bien someterlas
a que participen de nuestra privacidad sin que lo deseen.
Los académicos mencionan esta actitud como la paradoja del
actor-observador, en el sentido de que la tecnología aísla del
entorno social al crear otros lazos y comunidades tecnológicas.
Sin embargo olvidamos que la transformación del esquema comunicativo
se debe a esas paradojas, donde cada persona tiene por igual el
derecho a informarse como de informar; donde cada persona convive
con una comunidad virtual, pero al mismo tiempo tiene los
instrumentos a la mano para poder auxiliar a personas reales y
concretas que sufren en nuestro entorno.
El 7-J es mucho más que el impacto de las tecnologías. Es la muestra
de que el ser humano es al mismo tiempo actor-observador,
receptor-emisor, un ciudadano con derechos y deberes, informante e
informado.
Es la muestra de que el ser humano es capaz de traspasar la esfera
virtual de su comunidad tecnológica para atrapar la vida en el
momento en que sucede, como testimonio, como una responsabilidad en
el mundo global de la comunicación.
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