28.03.05
Agricultura y TLC
Por Antonio Navarro Wolf
Fuente:
Revista Cambio
Estoy escribiendo esta columna desde
Washington, el martes santo por la mañana, cuando se está desarrollando la
VIII ronda de negociaciones del TLC y en estos dos primeros días santos se
efectúa una reunión bilateral entre Colombia y Estados Unidos, de la mesa
de agricultura.
El tema es de la mayor importancia para Colombia porque
está claro que nuestro conflicto armado hunde sus raíces en el campo, por
lo cual la desestabilización de sectores agrícolas o pecuarios tiene
efectos no sólo en la economía, sino también en la guerra interna que
queremos terminar.
Lo primero que debemos anotar es que la posición
inicial del Gobierno y la oposición tienen el mismo mensaje. Hay un
mensaje común que considera sumamente sensible el sector y plantea que si
no se consigue una negociación satisfactoria en la materia, el tratado no
se debe firmar.
Sin embargo, las preguntas que siguen nos alejan. La
primera, ¿se puede conseguir una negociación satisfactoria en la mesa de
agricultura? Y la segunda, ¿ese acuerdo parcial puede compensar las
concesiones que el país va a hacer en otras áreas, tales como propiedad
intelectual, telecomunicaciones y otros? El Gobierno cree a todo que sí.
Nosotros, que no.
Tomemos la situación de algunos productos de la mesa
del sector rural. Lo primero que se debe anotar es que la aprobación en el
Congreso norteamericano del Tratado de Libre Comercio con Centroamérica,
llamado el Cafta por sus siglas en inglés, no se ve fácil. En general, ha
ido creciendo la oposición del Congreso de Estados Unidos a los tratados
de libre comercio, por una combinación de la oposición del Partido
Demócrata porque el Nafta les quitó puestos de trabajo a los obreros de su
país, sumada a la defensa de intereses específicos de congresistas
republicanos.
¿Ese acuerdo parcial puede compensar las concesiones
que el país va a hacer en otras áreas?
En el caso de Cafta, el tema sensible es el azúcar,
pues el tratado aumenta la cuota de exportación de esa región a
Norteamérica, lo cual choca con los congresistas americanos vinculados a
intereses azucareros.
Mientras no se apruebe el Cafta, no va a avanzar
nuestro TLC, entre otras cosas porque se aspira a un aumento importante de
la cuota de azúcar. Bueno sería lograrlo, pues no sólo ganan los cañeros
del Valle, sino también los paneleros, de rebote. Si el Cafta, ya firmado,
tiene su aprobación embolatada en el Congreso americano por cuenta del
azúcar, ¿por qué podemos, razonablemente, esperar que nosotros consigamos
más? Lo dudo, por decirlo benignamente.
En trigo, Estados Unidos aspira a una desgravación
inmediata, lo cual choca con la situación de 25.000 familias productoras
minifundistas de Nariño, Boyacá y Cundinamarca, que se quebrarían de
inmediato. Ahí está lo valseado, como dicen en Cali. El Gobierno parece
dispuesto a entregar esa desgravación inmediata a cambio de conseguir
concesiones para otros agricultores. Y a las 25.000 familias pobres,
¿quién podrá defenderlas? Producen solo el 7% de la demanda interna de
trigo. ¿No es justo defenderlas? ¿O es mejor, parafraseando a Rudy Hommes,
que salgan del mercado por ineficientes y mejor compremos trigo barato
para abaratar el pan, aun a costa de que esas familias no puedan
comprarlo? ¿Las metemos en el incierto terreno de la agenda interna para
que busquen otra alternativa productiva? Ya se hizo hace 10 años con la
cebada, y los resultados son desalentadores.
Los ejemplos del azúcar y el trigo son sólo dos de
muchos otros donde ya es claro que entre el dicho y el hecho de lograr un
acuerdo satisfactorio, empieza a verse el trecho.
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