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Representante analiza séptima ronda del TLC
Este documento es un análisis del representante por Bogotá, Wilson Borja, sobre la séptima ronda del Tratado del Libre Comercio con Estados Unidos. Borja expone y evalúa tres temas: ¿hacia donde van las negociaciones? Perspectivas y consultas sobre el TLC al país.
 

La perspectiva

La expectativa de lograr un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos antes del 1º de enero, meta inicial con la que inició la negociación tuvo un cambio importante en la medida en que se consolida la victoria de George Bush en las elecciones presidenciales del año pasado. Ante la incertidumbre del proceso, y el anuncio del candidato demócrata John Kerry de revisar la estructura del acuerdo, las rondas de Tucson y Guayaquil avanzaron a marchas forzadas para lograr una definición lo más amplia posible del acuerdo final. La premisa de los negociadores de Colombia “nada está firmado, hasta que todo esté firmado” parece haber quedado en el olvido al haberse alcanzado acuerdos que parecen definitivos en sectores como acceso a mercados, telecomunicaciones, propiedad intelectual, compras del sector público, entre otros.

Elementos de menos importancia han salido a la luz pública, y han cubierto el verdadero eje de las negociaciones, la propuesta norteamericana de que ingrese a los países andinos ropa norteamericana usada, así como manufacturas y partes de segunda para vehículos, fueron los elementos más sonados de la negociación, aparte de ello los puntos álgidos como el de agricultura, y propiedad intelectual que son los de mayor impacto para nuestra economía se manejan en la mayor reserva.

En el campo de propiedad intelectual los países andinos concedieron mayores ventajas en el otorgamiento y uso de patentes, a cambio de que Estados Unidos renuncie a las patentes de segundo uso, patentes sobre procedimientos terapéuticos de diagnóstico y quirúrgicos y a las patentes sobre especies vegetales y animales así como la renuncia a las importaciones paralelas y la oposición de terceros a solicitudes de patentes. Sin embargo, dicha propuesta es de esperar que no prospere por parte de los Estados Unidos, porque en ella se centra su política respecto a la propiedad intelectual, por tanto se espera una contraoferta, exigiendo de los países andinos un mayor sacrificio, lo que es cierto es que los norteamericanos mantienen la exigencia de que los andinos se acojan al protocolo de Madrid que implica el sometimiento del registro de marcas nacionales a los acuerdos logrados por los países industrializados, cosa que obstaculizaría el comercio nacional con el exterior; esta cláusula también se le propuso a Chile y a los países centroamericanos sin éxito.

Sin embargo las concesiones colombianas y de los otros dos países en la materia, son excesivamente dadivosas por cuanto la extensión de las patentes por demoras injustificadas tiene un costo de varios millones de dólares para el mercado nacional de acuerdo a un estudio realizado por la Organización Panamericana de la Salud ante la dificultad generada para acceder al mercado de genéricos, y no es un secreto que en cuestión de medicamentos el gobierno nacional está del lado de las multinacionales farmacéuticas y no de la industria farmacéutica nacional.

En cuestión agrícola, las cosas siguen sin claridad puesto que la política agropecuaria en ambos países sigue siendo ambigua, porque mientras las partes acuerdan un tratado de liberación comercial sobre los productos agrícolas, los Norteamericanos insisten en que la eliminación de los subsidios a la producción agrícola no es un tema a tratar en el TLC sino en el marco de la OMC, y Colombia debe recurrir a medidas transitorias de protección ante el malestar social que genera un mercado agrícola nacional que inmediatamente se llena con productos norteamericanos, y que significa una pérdida masiva de empleos y la quiebra de medianos y pequeños agricultores.

El hecho central es que hasta el momento, Estados Unidos no cede en su política proteccionista y exige a los andinos la eliminación de las franjas de precios que son el único instrumento con el que se cuenta para defender la producción nacional ante la producción agrícola subvencionada. La respuesta de los negociadores colombianos es ambigua, prometen que Estados Unidos cederá en el desmonte de ciertas subvenciones, y flexibilizará las normas sanitarias y fitosanitarias, asegurando un acceso real de los productos colombianos al mercado norteamericano, pero negocia en la mesa producto por producto, lo cual es una forma “discreta” de acogerse a la eliminación de las franjas de precios, al tiempo que no logra ninguna concesión de los norteamericanos en la materia. Se espera que el avance en el tema agrícola sea álgido y que la presión norteamericana para lograr concesiones de los andinos sea fuerte.

Pero las concesiones norteamericanas como respuesta a las pretensiones colombianas han sido por decir lo menos insignificantes, ni en la mesa de acceso a compras públicas, ni en acceso a bienes industriales ha habido avances y por el contrario lo que ha habido es un mundo de concesiones colombianas, incluso por encima de lo previsto en la famosa matriz de intereses que fijaba los aspectos a negociar.

Es decir, que el balance de lo hasta ahora negociado, y las perspectivas de la negociación en Cartagena nos llevan al mismo terreno: Estados Unidos mantiene su punto inicial de obtener a cambio de nada una posición ventajosa para su economía, para por medio de pequeños tratados comerciales revertir la tendencia comercial deficitaria que ostenta, consolidar su poder geopolítico en América Latina y estrechar el cerco económico sobre los “rebeldes” países de MERCOSUR cuya posición dio al traste con la iniciativa ALCA, lo cual quedó confirmado con la frase que hace algunos meses el secretario de comercio de los Estados Unidos comentó a la prensa ante el evidente fracaso de la iniciativa ALCA “quien no entre a ALCA tendrá que comerciar con la Antartida”.

Sin embargo, las decisiones norteamericanas elevadas a la categoría de acuerdos tienen fuertes opositores en el país, diferentes organizaciones gremiales de productores, empresarios, organizaciones sociales y sindicatos han mostrado su oposición a las condiciones en que se negocia el tratado, la indignidad con que es tratado el país -incluso en materia protocolaria como quedó evidente en la ronda de Tucson- y es de esperar que el panorama político se vea alterado en perjuicio del gobierno Uribe por cuenta de las deshonrosas posiciones asumidas por los negociadores nacionales en las diferentes mesas y la arrogancia de los norteamericanos que se saben dueños de la negociación.


Para donde van las negociaciones

La amplitud de lo abordado en el TLC implica una transformación profunda de nuestras instituciones, la exigencia de que los intereses de las empresas norteamericanas sean protegidos de cualquier amenaza, la vulnerabilidad de las instituciones del Estado para defender el interés público se convierten en amenazas de facto al Estado Social de Derecho que es la estructura sobre la cual se cimenta la Constitución Nacional. Si a esto se le suman las cada vez más frecuentes movilizaciones en contra del TLC, la evidente imposibilidad de alcanzar un acuerdo justo sobre las bases de la reciprocidad entre los países, y a una mayor radicalización de las posturas de los norteamericanos y finalmente la concientización de que tal como va, el acuerdo solamente logrará la destrucción de la economía nacional, ya de por si desmantelada por las políticas de liberación comercial impuestas desde finales de los 80 y profundizadas bajo la administración Gaviria.

Y esto porque el gobierno nacional sigue con la intención de negociar a espaldas del país, e incluso del Congreso del cual se vanagloria de haber convertido en un “acompañante” de la negociación, aparentemente la popularidad uribista no le alcanza para convencer al país que acordar con Estados Unidos la ruina del país es un objetivo bueno.

Consultar el TLC al país

El gobierno colombiano ha ignorado y seguirá ignorando la necesidad de ratificar el TLC con el pueblo colombiano, quedó demostrado en el referendo que no basta con la popularidad mediática de un presidente para aprobar un acuerdo que lesiona los intereses de la Nación entera, incluso es muy dudoso que en el Congreso se logren las mayorías necesarias para aprobar el tratado en la medida en que el juego político ha desgastado las supuestas mayorías uribistas.

Pero la verdadera lección es que el pueblo entero sea llamado a aprobar o no el TLC con los Estados Unidos, allí es donde se podría ver de una vez por toda que este no es un asunto de técnicos sino una realidad de millones de colombianos que luchan por sobrevivir en condiciones cada vez más precarias. El TLC es recibido con buen ambiente en sectores cada vez más pequeños del país, que son precisamente los que se benefician del acuerdo y los que ponen presión sobre el gobierno para que sus intereses no se vean afectados.

La convocatoria a referendo para aprobar el TLC es una herramienta contemplada en la Constitución ante un asunto de tan complejas consecuencias, lo que se espera es que la oposición a dicha convocatoria sea rechazada por parte del gobierno porque evidentemente perdería y las relaciones con su aliado del norte se complicarían. Por eso en los últimos días defensores acérrimos del gobierno han salido a atacar a quienes se oponen al tratado tildándolos de antipatriotas, o apátridas e incluso de terroristas, palabra que nuevamente se usa para descalificar a cualquier opositor y que pone una nueva dinámica en la sociedad colombiana. ¿Será que los indígenas del Cauca son terroristas, será que la oposición en el Congreso es terrorista, o los empresarios y gremios de la producción y los servicios lo son, será que los trabajadores acaso?

Así que la presión de un referendo para definir la suerte del TLC es una opción política viable y que debe unir a los diversos sectores del país para oponerse, ya se ha visto que los negociadores del país no representan los intereses de la nación, y que los mecanismos como el cuarto de al lado, son solamente para una minoría que muy seguramente está logrando beneficios sustanciosos a costa de la precarización en las condiciones de vida de la inmensa mayoría de colombianos.


Wilson Alfonso Borja Díaz
Representante a la Cámara por Bogotá

 

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