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TRES CIRCUNSTANCIAS DOMINAN

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Discurso escrito y pronunciado por el Doctor Camilo Noguera Pardo, director del Centro de formación continuada en humanidades –usaHUMANITAS- de la Universidad Sergio Arboleda.

El discurso dio apertura al lanzamiento del libro “Educar para el siglo XXI. Reflexiones humanistas”, compilado por Camilo Noguera Pardo. El lanzamiento, al que asistieron importantes figuras de la educación primaria y secundaria de nuestro país, dio lugar a presentaciones de diferentes capítulos del libro y a un posterior encuentro entre los asistentes del evento.

DOCTOR

RODRIGO NOGUERA CALDEON
RECTOR DE LA UNIVERSIDAD SERGIO ARBOLEDA

DIRECTIVOS DE LAS ÁREAS ACEDEMICA Y ADMINISTRATIVA. EQUIPO DE INVESTIGACION Y DOCENCIA. ESCRITORES DE LA OBRA “EDUCAR PARA EL SIGLO XXI”.  SEÑORAS Y SEÑORES.

Es un honor dirigirme a ustedes hoy, para hablar de un tema que cada vez debe ser más urgente en las agendas de todos los gobiernos: la educación. En primer lugar, deseo expresarle mis agradecimientos al Señor Rector de la Universidad Sergio Arboleda, Rodrigo Noguera Calderón, quien comparte las convicciones expresadas en el texto “Educar para el siglo XXI. Reflexiones humanistas”.

Extiendo, además, especiales agradecimientos a mis compañeros de pensamiento, pues sin su voluntad determinada y su convicción humanista, madurada en tantas tertulias, esta obra, primera de muchas otras, no vería hoy su materialización.

Señoras y señoras:

Hoy, en esta breve presentación, me gustaría reflexionar acerca de dos situaciones: la primera, es la enfermedad y desnaturalización que actualmente padece la vida humana, en general, y la educación, en particular; la segunda, es el remedio, las herramientas con las que cuenta la educación para reconquistar su espíritu, atender al ser humano, satisfacer sus necesidades más profundas, hacer frente a sus perplejidades más urgentes y conducirlo, del estado de desasosiego en que se encuentra, a un estado de florecimiento.


La nuestra, desafortunadamente, es una sociedad de consumidores desenfrenados. Y ser un consumidor así significa, a grandes rasgos, vivir por las cosas y para ellas; reducirse a las cosas; morir por las cosas; cifrar la reputación, en las cosas. Cuando se vive de esa forma, que Erich From  llamó con acierto “modo tener” , ocurren dos situaciones: o la cosa se aniquila, por agotamiento (la eco-catástrofe es  prueba de ello) o surge un desencanto hacia la cosa, por aburrimiento e insatisfacción. Tanto la aniquilación como el desencanto vuelven a la cosa no apta para el consumo y, en ese mismo instante en que la cosa dejó de tener interés para el mercado, el mismo mercado, con una rapidez envilecida y mediante su maquinaria mediática, crea un nuevo arquetipo y lo implanta en las conciencias; innova y globaliza algún artificioso juguete que ha de secuestrar, una vez más, nuestras ambiciones, nuestros esfuerzos y, lo más valioso, nuestro tiempo.  La vida humana, entonces, se desgasta y se consume de mercancía en mercancía –tablets, móviles, carros, ropa, billetes y monedas- a la vez que se reduce la existencia a la más degradante cosificación y esclavitud: el hombre pierde su libertad y pasa a ser un esclavo del mercado y de las nuevas ofertas y de los nuevos objetos de deseo.

Quizá, quien mejor ha expresado esta idea en un lenguaje popular y comprensible, ha sido el ex-presidente José Mujica, quien en la ONU pronunció un discurso que hizo historia y que, por seguro, logró iluminar la mente de algún joven curioso y ávido de sentido. Decía José Mujica: “Hemos sacrificado los viejos dioses inmateriales, y hemos ocupado sus templos con el Dios mercado: él nos organiza la economía, la política, los hábitos, la vida, y hasta nos financia en cuotas y tarjetas la apariencia de felicidad. Parecería que hemos nacido sólo para consumir y consumir, y cuando no podemos, cargamos con la frustración, la pobreza y hasta la autoexclusión (…) si aspiráramos a consumir como un americano medio promedio, serían imprescindibles tres planetas para poder vivir: es decir que nuestra civilización montó un desafío mentiroso. Y así como vamos, no es posible para todos colmar ese sentido de despilfarro que se le ha dado a la vida. Prometemos una vida de derroche y despilfarro que en el fondo constituye una cuenta regresiva contra la naturaleza y contra la humanidad como futuro (…) gastamos el tiempo en satisfacer al mercado y, al hacerlo, perdemos libertad para vivir las relaciones humanas, que es lo único trascendente: amor, amistad, aventura, solidaridad, familia. Arrasamos las selvas verdaderas e implantamos selvas anónimas de cemento; enfrentamos al sedentarismo, con caminadores; al insomnio, con pastillas; a la soledad, con electrónica ¿Es que somos felices alejados de lo eterno humano? Cabe hacerse esta pregunta”.

Pues bien, así como el dios mercado ha direccionado la economía, la política y los hábitos en los últimos tiempos, también está direccionando, quizá de una forma aún más cruel, a la educación. El mercado y su consumismo arrasador, ha convertido a la educación en su sirvienta. Para corroborarlo, basta mirar los abundantes ejemplos de instituciones y gobiernos que insisten en eliminar las humanidades de la universidad por considerarlas no aptas para atender las necesidades del mercado. Hakubun Shimomura,  Ministro de Educación del Japón, el pasado 8 de Junio manifestó su intención  de eliminar las carreras de humanidades en el país. 26 de las 86 universidades estatales planean seguir su recomendación, puesto que gran parte de su financiamiento dependía de la aceptación y adopción de dicho plan. Esto es un ejemplo que corrobora cómo la educación ha devenido en camarera del mercado.

Respecto de esta mercantilización educativa se han pronunciado con ímpetu selectas academias.: el IEC –Instituto de Estudios Catalanes; el Instituto de estudios avanzados de Princeton;  la UBA –Universidad de Buenos Aires-; la Academia internacional de filosofía del Principado de Liechtenstein; la Pontificia universidad de chile; la universidad de Oxford y el Trinity College de Dublín; academias, todas ellas, que persisten en enseñar humanidad y, por eso mismo, incluyen abundantes humanidades en sus currículos, sin importarles las modas educativas, las presiones del mercado y la opinión de los rankings.

Además de estos centros académicos, intelectuales de notable prestigio mundial también han protestado con inquietud: Martha Nussbaum; Zygmunt Bauman; Noam Chosmky; Alain Badiu; Mario Vargas Llosa; Edward Wilson; Rafael Argullol; Victoria Camps; Alejandro Llano, son algunos de ellos.

El perjuicio que el mundo mercantilista trae al orbe educativo, podría resumirse en este precioso pasaje de Nuccio Ordine, consignado en su manifiesto, que dice así: “En este brutal contexto, la utilidad de los saberes inútiles se contradice radicalmente a la utilidad dominante que, en nombre de un exclusivo interés económico, mata de forma progresiva la memoria del pasado, las disciplinas humanísticas, las lenguas clásicas, la enseñanza, la libre investigación, la fantasía, el arte, el pensamiento crítico y el horizonte civil que debería inspirar toda actividad humana. En el universo del utilitarismo, en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que un cuadro: porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte” (ORDINE, Nuccio).

Plan de acción ¿qué hacer?

Frente a todo este fenómeno desalentador, surge la pregunta de ¿qué puede hacerse? Al respecto, y con lucidez penetrante, Martha Nussbaum considera que debe lograrse un cultivo de la humanidad, el cual logre formar ciudadanos verdaderamente educados. Pero ¿qué es un ciudadano educado y qué un cultivo de la humanidad? El cultivo de la humanidad es, a grandes rasgos, un cultivo de las emociones y, por ende, de los pensamientos. Los ciudadanos educados serán, entonces, personas emocionalmente educadas, capaces de tres habilidades fundamentales, de las que seguramente muchas otras virtudes se deducen. Esas habilidades son: 1) La capacidad de pensamiento crítico sobre sí mismo o autoexamen socrático; 2) la capacidad para comprender el entramado humano que rodea al individuo; y 3) la capacidad de imaginación narrativa, como elemento que posibilita situarse en el lugar del otro y de lo otro, desde el sí mismo.

Sin embargo, y es menester decirlo enfáticamente, en la medida en que la educación contemporánea continué relegando y desechando a las humanidades, es decir, a los conocimientos que consienten el cultivo de la humanidad, las capacidades de las que habla Nussbaum, y otras tantas, se verán cercenadas.

Es necesario comprender que la realidad de nuestras sociedades es la violencia, la injusticia, la inequidad social, la crueldad moral, la corrupción política, el analfabetismo, el maltrato animal, una ecocatástrofe sin precedentes y todo tipo de violaciones a los derechos humanos.

En el caso específico de nuestro país, Colombia, se vive una crisis humanitaria comparable a los peores desastres humanos de la historia. “La violencia generada por el conflicto armado interno, junto con la débil institucionalidad de la democracia colombiana, se presenta hoy como la fuente más grande, y la de peor historial, de violación de derechos humanos de todo el hemisferio. Estadísticas de este conflicto señalan que entre 1988 y 2012 han perdido la vida 218.094 personas, de las cuales el 19% eran combatientes y el 81% civiles. Del mismo modo, durante el mismo periodo, 5156 personas, muchos niños, niñas y adolescentes, han sido víctimas de reclutamiento ilícito; 25.000 fueron desaparecidas y 1754 colombianos han sido víctima tanto de discriminación como de criminalización y victimización por cuestiones de género. Ahora, en lo que puede considerarse el mayor crimen derivado del conflicto armado en Colombia: el desplazamiento forzado, las cifras son alarmantes. Durante los últimos 15 años, entre 1985 y 2012, según el CODHES, un aproximado de 700.000 colombianos han perdido sus hogares (BERNAL, Sandra; GUZMAN, Carlos).  Lo anterior muestra que la amenaza de lo inhumano acecha, cada vez más cerca, a la vida, y que el mundo nos está expresando a gritos su deterioro y su necesidad de ayuda.

De manera que este mundo que se quiebra, que se rompe, que agoniza y cuya existencia está en riesgo, necesita ciudadanos educados, es decir, personas capaces de amar, de perdonar, de crear, de imaginar, de auto-determinarse, de respetar, de solidarizarse con una causa, de socorrer al que sufre, de asumir su libertad y responsabilizarse por sus consecuencias, de practicar valores loables y consolidar familias bellas; de comprender su historia y profundizar en sus tradiciones: la vida, para florecer, requiere que la educación entregue al mundo ciudadanos éticos y estéticos, de pensamiento crítico, emociones maduras y curiosidad intelectual, no magnates del carbón, celebridades del internet o empresarios de Coca-Cola.

El espíritu de nuestra sociedad está fisurado y la educación se ha equivocado de doctores.  Le ha enviado empresarios ávidos de lucro, poder y reconocimiento social, pero desprovistos de humanidad. La llaga sigue viva y sólo puede curarse si la educación convoca a los doctores correctos. Conozco sus nombres. Algunos de ellos son Shakespeare, Cervantes, Proust, Wilde, Dickens, Tolstoy, Balzac, Víctor Hugo; Aristóteles, Platón, Epicuro, Unamuno, Kierkegaard, Schopenhauer, Hegel, Ortega y Gasset; Tchaikovski, Beethoven, Haydn, Bach, Chopin, Mendelson, Schubert, Schuman, Piazzolla; Miguel Ángel, Da Vinchi, Rafael, Monet, Rubens, Renoir, Dalí; Neruda, Rubén Darío, Campoamor, Baudelaire, Rimbau y Pizarnik. Esas son las verdaderas píldoras; los sinceros remedios que la educación ha olvidado y que debe recobrar si quiere, al fin, servir a la sociedad y a sus necesidades más urgentes.

Por todo lo anterior, me interesaría que en el auditorio quedara una idea viva: necesitamos a las humanidades, las requerimos para reconquistar nuestra humanidad. Debemos ser resistentes y no ceder ante la desnaturalización que sufre la educación por las exigencias del mercado; no dejarnos seducir por los fuegos artificiales típicos de los estafadores de la cultura, de los pseudointelectuales y pseudoacadémicos, que engañan con sus discursos disfrazados y confunden con su jerga empresarial. La educación debe saber que la “dignidad del hombre no está en el dinero que gana, sino en la virtud y en la fuerza moral que se conquista, minuto a minuto. La educación debe saber, además, que no se viene a la escuela simplemente a ser profesional de alguna disciplina, sino que se viene, ante todo, a formarse como mejor persona y servirle a la sociedad” (ORDINE, Nuccio).

La Universidad Sergio Arboleda nació siendo visionaria. Apostó, desde el principio, por el humanismo, y así lo consignó en sus pilares fundadores. Personas cultas, no simples profesionales, es un lema que siempre la ha acompañado. De manera que el libro que hoy ve la luz tiene, entonces, dos propósitos: dar continuidad al principio fundador del humanismo, y combatir el malestar educativo contemporáneo.

 

Como conclusión, entonces, quisiera anotar que la educación, a través de sus instituciones –universidades, colegios, familia y el individuo mismo- debe dedicarse a educar, no a des-educar, y el camino para hacerlo es acercando lo humano al hombre, familiarizándolo con las humanidades en toda su hondura y esplendor. Si al mercado no le gusta una educación auténtica; si por enseñar lo humano, los rankings nos expulsan o sitúan en los más bajos lugares; si por diseñar currículos humanistas algunos antipáticos del pensamiento salen corriendo a buscar alguna empresa burocrática en donde sus discursos deslumbren; si por exigir humanidades y rigor académico a los alumnos, estos optan por universidades ligeras, las cuales enjuician al docente si no los aprueba; y si por ser humanistas, las demás universidades nos miran con desconfianza y risa, que eso no nos detenga. Ya se darán cuenta de su error. Las buenas ideas siempre tardan en comprenderse. Hagamos educación humanista, desde el hombre, para el hombre, para su perfeccionamiento, para su felicidad. Es educación para el ser humano, no para el mercado y su imperialismo del beneficio. Enseñemos humanidades, destaquémoslas en nuestros currículos e incorporémoslas en nuestras vidas. Que el tiempo no transcurra de mercancía en mercancía: sepamos que una novela; un verso; una sinfonía; un cuadro; un proverbio y una meditación metafísica son las luminosidades que han de esplender los derroteros humanos y conducirlos hasta su florecer. Como decía Pepé, José Mujica: “la vida se te va, la vida se gasta, y no puedes ir al supermercado y comprar vida. Lo que debes es darle una orientación a tu vida”. Bueno, estoy convencido que una educación humanista puede hacerlo, puede llenar a la vida de significado.

Muchas gracias.

Camilo Noguera Pardo

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