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UNA FUNDACIÓN QUE BUSCA QUE LAS VÍCTIMAS SE HAGAN VISIBLES

¿Por qué la Fundación Víctimas Visibles? Porque las víctimas son más importantes que los victimarios. ¿Para qué?
Para que nos hagamos corresponsables como ciudadanos del dolor de miles de compatriotas. Para que despertemos de nuestra aparente indiferencia, y dejemos aflorar el deseo de ayudar que todos llevamos dentro. Para que nos contagiemos de solidaridad y compasión. Para que no los invisibilicemos más. Para que no los estigmaticemos. Para que no mueran dos veces. Primero, con la trágica muerte física y luego con la muerte moral, cuando se les señala con el “algo hizo” o “algo debía”. Para que las víctimas colombianas no queden reducidas a un número de heridos, muertos y desaparecidos, a simples datos estadísticos, que no despiertan la solidaridad de nadie. Para que les devolvamos un rostro, la historia de una vida truncada, de una madre, de un padre, de un hijo. Para honrar la memoria de sus muertos, que son nuestros muertos. Para aprender de ellos a educar a nuestros niños en la paz, la tolerancia, el respeto por las ideas ajenas.
Sí, debemos aprender de ellos, aprender por ejemplo de Lisinia Collazos, una indígena paez, que después de ver morir a su marido asesinado con motosierra en el Alto Naya, en presencia de sus hijos, lucha hoy por borrar la venganza de la mente de uno de ellos, adolescente; ella quiere sembrar paz en su corazón. En los atardeceres danza con las otras mujeres de su comunidad para espantar la tristeza. O aprender de Felipe Losada, quien permaneció tres años secuestrado con su madre y su hermano menor; regresó a su casa porque su padre negoció la liberación de los hijos, pero no le alcanzó la vida para liberar a la madre porque fue asesinado en un atentado del cual Felipe sobrevivió milagrosamente. Ahora estudia en nuestra Universidad y todos los días le ruega al alma de su padre: “Cuida mucho a mamá, que sigue en cautiverio, mi herma- no y yo nos cuidamos solos.”
Víctimas Visibles nace para ayudarles a dar el paso de víctimas a sobrevivientes. Para proporcionarles interlocución democrática con la sociedad, con nuestros legislado- res, el Gobierno, la comunidad internacional. ¿Cuántas veces les hemos preguntado a nuestras víctimas su opinión sobre los procesos de paz? ¿Cuántas veces se les ha invita- do a sentarse en las llamadas mesas de negociación? ¿Cuántas veces fueron invitadas al Congreso a discutir la ley de justicia y paz, dentro de un proceso que confiamos sea exitoso? ¿Cuántas veces se les ha preguntado cuál es su definición del terrorismo, de la violencia o de la democracia en la cual viven? ¿Se ha pensado alguna vez en la paz desde la perspectiva de las víctimas?
El apoyo a las víctimas debe ser un punto de encuentro y consenso de los líderes políticos, como lo
visualizó el expresidente del
Gobierno español José María Aznar cuando lideró el
proceso para que la sociedad
española, las instituciones
democráticas y los medios
de comunicación rodearan a
sus víctimas. Como él mismo lo afirmó: “Era una tarea de justicia que hacía falta. Se sacó a la luz un sentimiento de gratitud, afecto y solidaridad que existía. Y ello dio un impulso moral a la lucha contra el terrorismo.”
Por estas y por muchas más razones nace Víctimas Visibles para devolverles la voz, para permitir que ésta se alce legítimamente en contra del terror. Para escucharlos convertir las estadísticas en seres humanos. Para conocer sus historias. Para honrar a sus muertos. Muchas de ellas, como María Cecilia que está entre nosotros, y vio morir incinerados a su esposo y a sus tres hijos en Machuca, tienen el dolor congelado en el alma y su vida detenida en el tiempo. María Cecilia permanece como el primer día, no sólo con las quemaduras del cuerpo, sino con las heridas abiertas en el alma. Es necesario compartir su dolor y permitirle hacer esa catarsis pública. Ese desahogo.
Porque los colombianos nos hemos vuelto expertos en la vida y obra de los victimarios. Porque los colombianos nos hemos vuelto expertos en los victimarios. Los conocemos por sus nombres, identificamos sus rostros, comentamos sus historias de horror. Pero ¿qué sabemos de la vida de María Cecilia, de su esposo, de sus tres pequeños hijos? Porque el daño causado a la dignidad de un sólo ser humano es un daño a la humanidad. El terror no distingue raza, idioma, nivel cultural, lugar de nacimiento. El dolor causado es el mismo en las víctimas colombianas, las del 11 de septiembre en Nueva York, las del 11 de marzo en Madrid, las de Beslán, las de Irlanda del Norte. Pero el proceso de sanación también es el mismo. Ellas, las víctimas, son capaces, como alquimistas, de transformar su profundo dolor en fortaleza y capacidad de ayudarse unos a otros, para evitar que su tragedia se repita.
Para terminar quiero compartir con ustedes mi aprendizaje de estos años: Por el camino de las emociones, que nos identifican como seres humanos, podemos llegar a la razón de las víctimas.

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