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PROFESOR GREGORIO RODRÍGUEZ, UNA VIDA POR LA ÉTICA

En entrevista para la revista Arbolea, el profesor de la Escuela Mayor de Derecho, Gregorio Rodríguez, habló de sus más de 70 años de experiencia como docente, de su pasión por las leyes y de la ética como elemento fundamental en el aprovechamiento del conocimiento.

gregorio rodriguez universidad sergio arboleda
En entrevista para la revista Arbolea, el profesor de la Escuela Mayor de Derecho, Gregorio Rodríguez, habló de sus más de 70 años de experiencia como docente, de su pasión por las leyes y de la ética como elemento fundamental en el aprovechamiento del conocimiento.

Setenta y cuatro años. Ese es el tiempo que Gregorio Rodríguez, de 89, le ha dedicado a la enseñanza. No ha parado un instante, ni siquiera en tiempos en los que su destacada trayectoria como abogado lo llevó al Tribunal Superior de Bogotá, y por poco a la Corte Suprema de Justicia. No llegó a esta última instancia, por la misma razón que ha dedicado mucho más de la mitad de su vida a la docencia: por ética.

“Sin ética no puede haber ciencia útil para la humanidad” dice una y otra vez este boyacense, que inició su vida profesional en 1943, cuando decidió dedicarse a la docencia. Años más tarde, gracias a la posibilidad que ofrecía la Universidad Libre de estudiar la carrera de Derecho en la noche, Rodríguez reorientó su caminó hacia las leyes, pero sin apartarse del sendero de la enseñanza.

¿Qué es más difícil: formar a un estudiante o impartir justicia?

“Impartir justicia por todas las presiones que hay y por la corrupción que se ha apoderado de esta rama del poder. Oponerse a todo un tribunal, a riesgo de quedarse solo es muy difícil, más aún, a sabiendas de que por esas intervenciones se puede perder el cargo. Pero no importa, hay que fijar puntos de vista, linderos, no hay que ser blandos cuando se necesita ser duros”.

Lo dice porque lo ha vivido. No una, ni dos, sino muchas veces. Su cruzada contra la corrupción inició en el departamento de Boyacá, cuando fue nombrado fiscal del Tribunal Superior de Tunja. “Allí realicé una tarea muy exigente, escudriñé todas las entidades nacionales, departamentales y municipales de Tunja para hallar en cuales de ellas había peculados, cohechos, concusiones, entre otros”, recuerda, como también trae a su memoria las jornadas que finalizaban en horas de la madrugada, dando instrucciones a sus investigadores.

El segundo round lo libró cuando, desde la misma tribuna, se enfrentó a un grupo de senadores y a un servidor público que con su apoyo le habían permitido convertirse en fiscal del Tribunal Superior de Tunja, pero que en esa ocasión pretendían patrocinar a un recaudador corrupto. “Esta decisión me trajo el honor de no haber sido reelegido como fiscal del Tribunal de Tunja, cuando todos los demás fiscales de Colombia fueron reelegidos. Para mí eso no fue una derrota, fue un gran triunfo no haber sido reelegido por todas mis batallas contra la corrupción”, sostiene con voz firme.

Su cruzada continuaría en la Sala Penal del Tribual Superior de Bogotá, donde se sabía “la voz disidente”. “Allí denuncié a un gerente del Banco de la República, al Superintendente de Valores y, desde luego, eso ocasionó también dos cosas: primero, que en el tercer periodo no me reeligieran en el Tribunal y segundo, que no llegara a la Corte Suprema de Justicia”, señala.

“LA DOCENCIA ES HERMOSA”

Nació un martes 28 de junio de 1927, en Paipa, Boyacá, lugar en el que asegura, también reposarán sus huesos. Recibió su primera formación como docente en la Escuela Normal Superior de Tunja donde conoció al maestro que, hasta la fecha, más lo ha marcado.

“Era el profesor de Anatomía, Fisiología e Higiene de la Normal de Tunja. Él nos dio una formación en esas materias tan profunda, que cuando fui fiscal del Juzgado Primero Superior de Tunja y hacía audiencias sobre homicidio, tenía que explicar la trayectoria de las balas y, por ejemplo de las cuchilladas y de las sustancias venenosas, entre otras, que eran causa de la muerte de las personas. Y algunos me preguntaban si era médico, y yo les respondía que no, que había aprendido en secundaria de un buen profesor de apellido Soler, cuyo retrato reclamé aquí en Bogotá, a una nieta de él, para tenerlo en el álbum de mi casa”, asegura.

“Sin ética, el conocimiento sería instrumento de la destrucción de la humanidad y no de edificación”


Después de impartir clases en números colegios de Boyacá, Gregorio Rodríguez continuó su formación en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja donde, finalmente, obtuvo su grado de Doctor en Idiomas, con una tesis sobre técnicas de traducción de inglés a castellano.

“La docencia es hermosa, tener el intercambio con la juventud, sobre todo a mi edad, es muy vivificante. Poder transmitir conocimientos y, sobre todo, la formación ética y moral del individuo es muy satisfactorio”, sostiene porque para él la formación más importante de un estudiantes es la moral.

“Sin ética, el conocimiento sería instrumento de la destrucción de la humanidad y no de edificación… ésta es más importante que la Medicina, que el Derecho, que la Ingeniería, porque si no domina la deontología, todas las profesiones se descarriarían y se usaría para estafar a las gentes y al Estado y no para construir buenos edificios, para curar la salud, para encausar los Derechos de los ciudadanos antes los jueces, sino que se emplearía para falsificar y disimular todo, para aparentar y no para aportar”, reitera.

UNA VIDA PARA LA SERGIO

Sin duda, la Universidad Sergio Arboleda ha sido el centro de estudios donde más tiempo ha trabajo a lo largo de su trayectoria profesional. Han sido tres décadas en las que no solo ha visto crecer a varias generaciones de abogados, sino que también ha testiguado hitos en la historia de la Institución.

“Recuerdo que el día en que cayó muerto Álvaro Gómez Hurtado, yo estaba dictando clase al quinto grupo de Derecho Penal Especial, y él acababa de salir de dictar su cátedra de Cultura Colombiana”, recuerda. Sus estudiantes le advirtieron que el fuerte tableteo que irrumpió la tranquilidad de las 10 de la mañana de ese jueves 2 de noviembre, eran tiros. Sin embargo, él se negó a creerlo y decidió continuar con la clase.

“Ellos insistieron: ‘Que no, Doctor, que son tiros’. Como se repitieron , salimos y fue cuando vimos la tragedia que le ocurrió a la Universidad”, rememora. Aunque prefiere conservar otros recuerdos.

“La Sergio ha concedido a la filosofía la importancia que reviste por tratarse de la base del conocimiento, por eso se llama scientia scientiarum, ciencia de las ciencias. La pregunta es el germen del análisis y de éste surge la síntesis del conocimiento, porque es la inquietud de la mente humana lo que fomenta la filosofía, el preguntarse por la existencia del hombre, sus características, pronunciamientos, manifestaciones, todas las características de lo que existe y se debe conocer”, sostiene.

Ahora, con 90 años de edad, trabaja incansablemente la redacción de un libro de Derecho Constitucional colombiano que ya está próximo a ser finalizado. “El método que yo sigo es estudiar artículo por artículo, no como otros autores, más eminentes, que toman temas generales que corresponden a títulos o capítulos de la Constitución. Yo considero que para ser exhaustivos se necesita estudiar artículo por artículo, párrafo por párrafo y quizá, palabra por palabra. Por eso el libro va a resultar extenso”, sostiene con firmeza.

Es paciente. No importa si debe revisar una y otra vez con tal de realizar un trabajo probo. “Preferí no tener secretaria porque al dictar observé que me volvía un generalista, hablaba de cosas generales, como Alberto Lleras, sin profundizar en nada y se necesita para entrar en detalle, poder detenerse cuando se quiere, pensar, consultar, confrontar y por fin, redactar y corregir”, asegura.

La disciplina, el rigor, la tenacidad y la firmeza no solo se leen en sus textos, también en las líneas generales de su vida, esa que ha dedicado a la docencia, al Derecho y a los valores. Su vida ha sido una cruzada por la ética.

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