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El Campín: una cita con la pecosa y el “Embajador”

Si hay una ciudad en Colombia donde se respira fútbol, sin duda alguna es Bogotá. La capital colombiana se paraliza siempre que hay un evento del llamado “mejor deporte del mundo”. ¿Y cómo no hacerlo, si es la ciudad de dos de los equipos más importantes del fútbol profesional colombiano? Santa Fe y Millonarios son dos rivales históricos. Con más de 300 partidos disputados en su historia, el “Clásico Capitalino” es uno de los encuentros más llamativos para los aficionados del fútbol en el país.  

Segundo hogar 

Los hinchas del fútbol tenemos una afinidad increíble con los elementos relacionados a este deporte. La camiseta es nuestra segunda piel, la hinchada nuestra segunda familia, y el estadio nuestro segundo hogar. Para los aficionados capitalinos, ese segundo hogar se llama Estadio Nemesio Camacho el Campín. Con capacidad para 36.343 espectadores, “El Campín”, como se le conoce popularmente, es la casa de Millonarios y Santa Fe. Como hincha del “embajador”, este icónico templo del fútbol también es mi hogar. Mi segundo hogar.  

Cada vez que visitó “El Nemesio”, la alegría y la ilusión de salir contento por una victoria de mi azul, siempre es la misma. Todo empieza cuando adquirimos la boleta,  mirándonos con mi papá nos decimos “es día de fútbol”. Se acerca la hora del partido, y nos empezamos a alistar. Con mi camiseta de Millos, mi buzo azul con el escudo de mi equipo, y una sonrisa en el rostro, le digo a mi papá:  

 —- Papi, estoy listo, vámonos 

Él me responde:  

 —- Vamos hijo, será una excelente tarde de fútbol.  

 Y ahí arrancamos.  Mi padre y yo, en carro, o en Transmilenio. No importa el medio, consideramos que lo importante es asistir a la cita con la pelota, y con nuestro equipo del alma. Llegamos a la carrera 30 con calle 57, donde se ubica el máximo escenario del fútbol Bogotano. A medida que me acerco a la entrada, mi emoción crece. Es una cita de amor, a la que no puedo faltar. 

A mi alrededor un mar de hinchas azules, que también llegan a nuestra cita, con la misma emoción mía. No puede faltar el protocolo, y la requisa nos espera a la entrada del estadio. Más adelante nos piden el carné de vacunación, que, en ese momento, era obligatorio en todos los eventos públicos de la ciudad. Luego de pasar ese y dos filtros más, finalmente estamos ad portas de una nueva contienda. La cancha nos sonríe.  

“Bogotá, Bogotá, Bogotá” 

Ya ubicados en la tribuna Occidental General, un poco movidos hacia el lado norte, mi padre y yo empezamos a conversar sobre el partido. Poco a poco comienzan a llegar los otros asistentes a la cita, y el estadio cada vez se ve más pintado de azul. En medio de la conversación, sale nuestro amado Millos a cantar, y las voces de aliento no se hacen esperar. Un bullicio lleno de pasión colma las tribunas del popular “estadio de la 57”, como también se le conoce a nuestra segunda casa. Los jugadores calentando y los hinchas alentando, mientras ellos se preparan para deleitarnos con su buen fútbol.  

Sale el visitante y los aficionados azules se unen en un mar de chiflidos, gritos y algunos insultos. Porque como todo en Colombia, y especialmente en el fútbol, creemos que esa es la forma de desmoralizar al rival. Un mar de insultos y chiflidos siguen sonando en la zona donde calienta el visitante, generalmente la zona sur del estadio. Termina el calentamiento y los equipos entran al camerino para alistarse y luego saltar a la cancha.  

A mi no me gusta chiflar, pero sí alentar a mi equipo. No soy amante de las groserías, pero en el estadio se me puede salir una que otra, porque la emoción me gana.   

De inmediato empiezan a sonar los altavoces de “El Campín» dándonos la bienvenida a todos los asistentes al espectáculo, y viene la parte que más me gusta. La voz locutora anuncia a los 11 guerreros que van a regalarnos un festín de buen fútbol.  

“Vamos con la nómina de nuestros 11 embajadores” dice el locutor, y yo con mi teléfono capturó el momento. “Con el número 31, Álvaro Montero”, – dice– mientras yo grito y aliento a cada uno de los 11 guerreros que van mencionando, uno a uno. La voz animada le da más emoción al momento. Cuando se anuncia al último jugador, se mencionan los suplentes y por último el entrenador. Los anfitriones ya dieron su carta de bienvenida.

Luego se anuncian los visitantes, esta vez con una voz más apagada, mientras los abucheos resuenan en todo el estadio. Yo presto atención, pienso en la victoria, pero no me uno al abucheo. Termino de conversar con mi padre, y suena esa música que todos esperan. El inicio de la fiesta es un hecho: los 22 jugadores, más los jueces de la contienda, saltan a la cancha y se forman para los actos protocolarios.  

Con mi celular me encargo de capturar el momento, mientras grito fuertemente, esperando que me escuchen: ¡Vamos Millos! Para ese momento ya está la popular Blue Rain, una de las barras más famosas de Millonarios, formada en la lateral sur, saltando con sus tambores y cantando a todo pulmón, desde el primer  minuto. Comienzan los actos protocolarios, y todos nos ponemos de pie para entonar los himnos. Suena el Himno de Colombia y con la mano en el corazón lo cantó, como fiel muestra de pertenencia a mi país.  

Luego se anuncia el himno de Bogotá, ese que emociona a todos los hinchas capitalinos. Con la mano derecha extendida y los dedos índice y pulgar formando un círculo, mientras los otros tres se extienden apuntando a la cancha, empezamos a entonar a todo pulmón el himno bogotano. Los hinchas acostumbramos a cantar la última estrofa, y hacia el final viene lo más emocionante. “Nuestra voz la repiten los siglos… Bogotá, Bogotá, Bogotá” entonó con emoción, y un último grito de batalla sale de mi boca: ¡Vamos Millonarios! La bulla retumba. El comienzo de la fiesta se acerca, y yo aplaudo al equipo cuando se forman para la patada inicial.  

 Del 1’ al 90’  

Suena el pitazo inicial. La pelota rueda en El Campín y los aplausos estallan, todos comenzamos a disfrutar de un espectáculo sin precedentes. El embajador toca el balón y los aficionados cantan para apoyar al equipo de sus amores. Los cantos que me sé los voy entonando a una sola voz con todos. Millos genera las primeras opciones de peligro y me paro de mi asiento con ganas de gritar el primer gol del encuentro. Con mi padre vamos charlando sobre la forma en la que juega el equipo, y cada vez que hay falta, los gritos imperan en la tribuna.  

A medida que va pasando el tiempo siento cómo las tribunas del estadio vibran y se mueven, como si se tratara de un temblor, pero es la Blue Rain que sigue saltando incansablemente, y haciendo temblar cada rincón del “coloso de la 57”.   

Hay gol de Millonarios, y la emoción es indescriptible.  

Con todos mis pulmones grito “Gooooool”, parado en la silla abrazo a mi padre, mientras juntos lo celebramos. Luego comienza a crecer un grito en el estadio al que todos nos unimos: “Y GOL, Y GOL, Y GOOL Y GOL Y GOL”, Un mar de aplausos se escuchan al unísono, mientras en los altavoces del estadio se anuncia el gol y quién lo convirtió. Todo es alegría, y los cantos en el estadio se hacen más fuertes. El equipo está en su mejor momento. Toca el visitante, los chiflidos aumentan. La hinchada local quiere hacer sentir la presión.  

Termina la primera parte, y los hinchas nos damos un tiempo para comer algo, ir al baño, o hacer una llamada. Yo voy a comprarme una hamburguesa o una lechona, pero es difícil decidir, cuando hay tanta gente y poca comida. Vuelvo con dos hamburguesas, una para mí, otra para mi papá, y nos sentamos a ver el segundo tiempo. 

La intensidad se mantiene. La hinchada sigue presionando, y el equipo toca el balón, como es costumbre. Los aficionados tenemos sed de otro grito de gol y con cantos lo hacemos sentir: “Movete millos, movete” se escucha por el lado de la Blue Rain, y todo el estadio se une a su canto. El equipo busca, y yo sigo atento los sucesos del partido, mientras termino de comer mi hamburguesa.  

Empiezan a correr los minutos, y el equipo afloja la intensidad. El cansancio se hace visible en el rostro de los jugadores, así que se vienen los primeros cambios. Cada jugador recibe el respaldo de su afición, que lo aplaude cuando sale y al otro cuando entra, sabemos que quien juegue debe sentir el orgullo de portar nuestra armadura sagrada.  

 Termina el encuentro y todos aplaudimos. Hemos cumplido con una cita más. Los jugadores se abrazan, luego proceden a saludar al rival, como clara muestra de que la violencia en el fútbol si se puede evitar, y que más allá de los colores que están representando, la rivalidad queda dentro del terreno de juego.  

 Algunos aficionados salen rápido para poder irse a sus casas. Yo, con mi padre, esperamos a que se desocupe un poco la salida. Procedemos a irnos, felices por una nueva victoria. Mientras salimos vemos nuevamente al mar azul por los pasillos del campín, todos contentos de haber disfrutado de un gran espectáculo. Mi padre y yo ponemos la radio, para escuchar la rueda de prensa posterior al partido, pero también estar pendientes de lo que ha pasado en los otros estadios del país. 

Salimos del parqueadero, o hacia el puente de Transmilenio y me despido de El Campín, sabiendo que volveré más temprano que tarde, para alentar al embajador una vez más, del minuto 1 al 90’. Porque en mi opinión, el Campín merece muchas visitas al año, y los equipos bogotanos, también. Ir a este escenario es para nosotros los hinchas del fútbol, un bálsamo que nos distrae y nos saca de nuestra rutina, al menos por 90 minutos, y por eso merece la pena estar ahí, compartir con otros hinchas, pero sobre todo, vivir el fútbol en paz, como me gusta vivirlo, junto a mi padre, de quien heredé este amor por el azul.  

 

Por: Nicolás Navas Santana

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