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EL CLUB DEL JUEGO SUCIO

Por: Vanessa Parra

Mentiras, información a medias, datos tergiversados y mensajes fantasmas son el pan de cada día para la política global. Parece que para los candidatos lo más importante es pensar cómo decirle a sus electores algo que los convenza, incluso si ese algo tiene poco de verídico pero mucho de popular. De Estados Unidos a Brasil y Colombia, pasando por Francia y España, las falsas noticias inundan las redes sociales e incluso las primeras planas.

‘Juego sucio: cómo ganó Trump las elecciones’ es el título del documental de la Deutsche Welle -DW-, la cadena de radiodifusión internacional más importante de Alemania. Con la unión de Cambridge Analytica a la campaña estadounidense y el escándalo de Facebook, contado en el reportaje, las fake news se ponen en centro de la política en el mundo y hacen que los países se pregunten por la línea que divide la libertad de prensa y el compromiso social que los medios de comunicación deben tener con su público.

A veces vestidos de infomerciales o incluso de memes, la generación mitómana, más politizada que antes, pretende establecer una nueva forma de hacer política que cae más bajo que nunca. El último de los eventos tenía que venir de un hombre cuyos escrúpulos se deslizan entre la homofobia y el racismo desmedido: Jair Messias Bolsonaro, presidente y caudillo de la ultraderecha brasileña, quien hizo que su maquinaria electoral desacreditara a su contrincante Haddad al acusarlo de incestuoso y cómplice de Lula -el expresidente juzgado por corrupción-, ahora, no contento con eso, pone al mundo a cuestionar si el Amazonas el pulmón del mundo.

El nacionalismo y el populismo, de izquierda y derecha, son las piedras angulares del fenómeno. Great America Again -de Trump- e incluso, Patria, socialismo o muerte -del legado Chávez-, tienen una intención mucho más profunda que el patriotismo, pretenden manipular a las personas al punto de convencerlas de sus propias mentiras: hay una crisis y ellos, como mesías (y mentirosos, claro), van a prometerles -incluso aunque nunca se los den- un mundo mejor.

¿Pero son las noticias el único problema? Según el Instituto Tecnológico de Massachusetts, no. Gran parte de la reproducción de estas psudonoticias se dan porque el público, ávido de morbo y polémica, quiere que otros las lean. El estudio apunta que las fake news son hasta 70% más probables de difundirse. “La verdad rara vez llegaba a más de 1.000 personas, los contenidos falsos más perniciosos llegaban a más de 10.000 usuarios de Twitter”, señalan las conclusiones del informe.

Vosoughi, Roy y Aral, autores del artículo publicado en la revista Science, creen que son los sentimientos -generalmente de angustia, rabia y odio- los que motivan la difusión. Y es una teoría que no parece descabellada. Pan y circo para la gente, pero ya no impuesto, ahora les gusta ir, hacen filas y filas para ver cuáles son las teorías de conspiración que rondan a la Corona inglesa, a los demócratas y republicanos en Estados Unidos; a Merkel, Macron, Macri, Kirchner. Se mueren por saber cuál será el próximo romance de la Casa Blanca, o los próximos Hombres del presidente.

Estamos ante la incineración del periodismo. Se inmolan los reporteros frente a nuestros ojos, se lanzan desde el precipicio de la fama y no nos importa. ‘Los cínicos no sirven para este oficio’ nos diría Kapuściński mientras Vicky Dávila nos subraya que le alegra que la familia de Ferro lo “haya conocido de verdad” (como se lo mencionó en KienyKe) y el mismísimo Juan Diego Alvira nos muestra -a pedido suyo- cómo una familia colombiana come papel periódico con aguapanela, como si se tratara de una obra de teatroDE .

El cinismo no debería tener campo en esta profesión pero lo tiene y es momento de preguntarnos si, como en la película Shattered Glass en la que el periodista de New Republic Magazine inventa todas sus historias para ser reconocido, estamos frente a un club del juego sucio, a un cartel de teclados que suenan noche y día con la única intención de inventar información que, como bueno mitómanos, se creen ellos mismos.

Sí, hay que tenerle miedo a las falsas noticias pero hay que tener aún más pánico a las que vienen de personas como Dávila y Alvira porque como dijo Kostolany: “una falsa exposición de noticias correctas, es aún más peligroso”. Hay que empezar a buscar un refugio anti-mitómanos.

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