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DEL INFIERNO AL PARAÍSO: ASÍ ES LA VIDA DESPUÉS DE LUCIFER

Por: Vanessa Parra

Eran cerca de las 10:30 de la mañana cuando llegué al OMA de la calle 140 con carrera 12, barrio Cedritos en Bogotá, Colombia. El edificio es de madera color roble y hay grandes ventanales en su frente, está decorado por macetas color concreto de donde emergen largas hojas verde oscuro, frente a ellas algunas pequeñas plantas de un tono más claro que se alternan con uno que otro bolardo rojo.

Algunas zonas del segundo piso del café son descubiertas, otras quedan al interior de la cafetería y apenas captan la mitad de la luz que las mesas de la terraza. Ese era el punto de encuentro con María Jimena Rojas, una mujer de 35 años que todavía no había conocido de frente, pero de la que me imaginaba, físicamente, todas las combinaciones posibles, aunque cuando llegó fue diferente a todo lo que había pensado.

Vi que algunos carros entraron al parqueadero que colindaba con el restaurante: una camioneta gris, un Chevrolet blanco y enseguida, un carro negro. ‘Ring-ring’, sonó mi celular, era ella para decirme que ya había llegado y que me esperaba arriba. Subí por las escaleras que daban apertura al OMA y llegué a otra puerta, empujé y la vi al fondo, parada en la mesa que daba a la entrada de la terraza. Era un día caluroso por lo que preferimos pedir una mesa afuera.

Algunos pensaran que nuestro tema de conversación no era algo para hablar en un café, e incluso para mí era difícil imaginarme conversando sobre ello en esas sillas, aunque después comprendería que para María Jimena no debía ser un tabú en las personas, lo que ella consideraba salvación. Su vida no había sido un antes y un después de ese suceso, pero sí una persona después de Lucifer, o mejor, después de conocer a Jesucristo.

Medía casi 1,62 o máximo 1,64 metros, su pelo oscilaba entre marrón y rojizo, en realidad parecía más joven que sus 35 años, con un piercing en la nariz y anillos en sus dedos con los que jugó en más de una ocasión durante la entrevista. Era una mujer sonriente, característica que pareciendo banal me causaría curiosidad después. Tenía puesta una camisa blanca, sobre la que reposaba un pequeño dije de gato plateado que colgaba de la cadena que rodeaba su cuello; sobre ella una camisa de jean abierta y encima una chaqueta de cuero; pantalón y tenis negros.

Tan pronto nos sentamos, María Jimena sacó su celular, puso sus gafas sobre la mesa y comenzó a buscar algo en su bolso. Tardó algunos segundos en encontrarlo y deslizó una caja verde en forma rectangular desde el interior hasta la mesa. Era su Biblia, subrayada en algunas partes y marcada por infinidad de post-its de colores. Ella pidió un americano y yo un cappuccino, antes de que nos los trajeron comenzamos hablar.

Hoy aún no sé cuales de las frases que me dijo me parecieron más impactantes, hubo muchas en las que no entendía cómo aquella mujer que sonreía en la mayor parte del relato y contaba su historia con alegría, pudo sentir todo eso. “Si esto a mi no me funciona, yo me mato”, fue una de ellas, la mencionó para referirse a la iglesia como su último intento para seguir con vida. Pero antes de llegar a esas palabras tuvo que hablarme de muchas más cosas, contarme toda su historia.

No hay una fecha exacta en la que todo empezó y, en realidad, María Jimena no tiene claro cuando se dio cuenta que necesitaba el tipo de ayuda que la salvó. De alguna manera toda su existencia había sentido que algo malo o incompleto estaba rondándola. “Toda mi vida fui una mujer absolutamente depresiva, una mujer muy triste, conflictiva… desde chiquita siempre he sentido eso en mi mente”, decía con una mezcla de certeza y melancolía, hablando en pasado, más porque su vida ahora es diferente que porque se tratara de una anécdota.

Además de haber sido, o ser, aunque de una manera diferente, alguien tan sensible, su problema tuvo que ver con su familia. Sus papás eran católicos, iba a misa con ellos los domingos y en general se suponía que había una presencia de Dios ahí. Nunca la sintió y tuvo que pasar por mucho para llegar a entenderla, desde dormirse durante la eucaristía hasta encontrar a Felipe y Catalina, hoy sus pastores y mejores amigos.

Fuera de la relación de casa-iglesia, no estaba mucho con sus papás, había sido la hija menor de 4 hermanas y su padre pidió que fuera un hombre, pero nació mujer. “Eran unos padres presentes, pero como ausentes y eso es peor que la ausencia”, comenta más con comprensión que con rabia, porque es parte de lo que ahora entiende de la vida.

Entre la poca cercanía con sus padres y las ganas de llenar vacíos, a sus 15 años conoció las drogas, un camino que también la llevó más tarde a algo muy cercano a la promiscuidad. Este proceso le dejó secuelas, entre ellas la imposibilidad de sentirse realmente bien: “yo no tengo un recuerdo de haber dicho que soy feliz… euforia, sí, que es diferente”.

Euforia sí porque en los momentos en que estaba drogada, en una fiesta, con los chicos con los que salía o tal vez con su familia, podía no estar triste pero ser y estar son verbos diferentes, podía estar feliz pero serlo era una historia muy distinta. “Le digo a mi papá que tengo que entrar a un centro de rehabilitación porque mis deseos de quitarme la vida eran muy fuertes”, cuenta en un tono donde se vislumbra algo de la desesperación que tuvo que sentir en ese momento.

Estuvo un año en recuperación, completamente internada y aislada de ese mundo que tenía intenciones de condenarla; y cuando pensó que estaba curada se dio cuenta que nada sucedió, que las ganas de morir seguían ahí, más vivas que nunca. “Mi problema no era con las drogas… era del corazón, era del alma. Así yo no consumiera drogas mi vida era muy miserable”, subraya para hacerse entender: lo había intentado de una manera equivocada.

Además de la ansiedad de los alucinógenos que consumió, de la tristeza humana que podía sentir, algo no le permitía seguir, no tenía certeza si era interno o externo pero ahí estaba. Tuvo muchos episodios en los que era evidente, como cuando sintió una opresión muy fuerte. “Hoy entiendo que es opresión, en ese momento no lo sabía”.

Aclara que hay muchas formas de estar mal, muchas caras de la melancolía y está segura que ella sintió la peor, una que se apoderó de su mente, alma y cuerpo. “Uno cree que la vida miserable de una persona es cuando tiene tragedias tangibles”, precisa y hace un gesto con sus manos de incomprensión, tal vez porque está convencida que “no hay nada más triste que vivir 28 años de tu vida llorando”.

Todo ese tiempo le sirvió para ver que las drogas habían abierto una puerta pero que había muchas otras que estaban de ‘par en par’ desde tiempo atrás y algunas que faltaban por hacerlo. La primera había sido la muerte y, en esos momentos, era como si estuviera en medio del marco más bonito, con la chapa mejor pulida, el portón que más llamaba su atención: “Yo sólo quería tirarme por la ventana, era lo único que yo podía pensar”.

Comenzó entonces una búsqueda médica, espiritual, paranormal y hasta espiritista para encontrar una salida. Contactó todo tipo de cosas y encontró una que pensó podía ayudarla: el Yoga. Aunque aclara que no habla mal del Kundalini, “para mi si tú no sabes direccionar muchas cosas, se te abren muchas puertas”.

Al igual que los leones, elefantes y tigres son domados, así la energía vital (prana) debe ser domada. De lo contrario, puede matar al practicante, recita el verso 15 del capítulo 2 de Hatha Yoga Pradipika, el manual sánscrito más famoso para los practicantes del Kundalini. Esta actividad usa la energía de la columna vertebral, donde se encuentra el ‘chakra’ central de las personas, para la meditación.

El nivel de consciencia y espíritu se eleva lo que más puede generando una especie de ‘bola de energía’. Las especulaciones sobre su funcionamiento son muchas pero personas como Ferney Rodríguez Vargas, licenciado en biología y miembro de Bogotá Atea, piensan que “lo que la evidencia nos ha mostrado a través de que se han hecho los estudios sobre la neurología, es que en realidad aquello que nosotros llamamos espíritu o alma es el resultado de una función del cerebro”.

Compuesta por canto de meditaciones y un proceso profundo de aprendizaje, algunos especialistas han advertido que la fuerza que contiene la concentración de esa energía puede ser imposible de soportar para el cuerpo humano y la principal afectada por eso terminará siendo la mente. Ese cree María Jimena que fue su error, buscar en ella la respuesta que tenía Dios y darle la oportunidad al diablo, aunque inconscientemente, de entrar.

En medio de todo ese sufrimiento y la impotencia por no encontrar la cura, las cosas con su hija se complicaban. Emma tenía casi cuatro años cuando todo se puso peor. “¿Por qué lloras?”, le preguntaba a su mamá, que día y noche se acostaba en su cama y cerraba las cortinas del cuarto para quedar a oscuras, como en una clase de  analogía: oscuridad para no ver a la tristeza a los ojos. “El enemigo la primera parte que te va atacar es en la mente, porque es lo más vulnerable que tienes”.

La situación continuaba, estaba desesperada y las fuerzas que tenía seguían desvaneciéndose. “Fumar, medio dormir, cuando podía por el cansancio”, dice que era lo único que podía hacer. En esos momentos, alejada de su familia y con su matrimonio destruido, se aferró mucho a Luisa, una de sus mejores amigas y quien se convertiría en un apoyo incondicional. Luisa y su esposo iban a un sitio de oración y quisieron invitarla para ver si la palabra del Señor podía ayudarla.

“Dios habla directo al corazón, habló del amor”, señala con referencia a lo primero que aprendió ese día. Como siempre se dormía de niña en las ceremonias creyó que una oración no podría ayudarla, así que terminó yendo más por desesperación que por esperanza. Pero la sorpresa fue otra, aunque habría meses en que ni siquiera la percibiría.

Hoy, sentada en las sillas rojas de OMA, con su café en las manos, sabe que desde el principio comenzaron los cambios, que desde adentro algo se transformaba, pero en aquel momento la depresión era capaz de nublar todo. “En Semana Santa del año pasado, yo estaba en mi casa sola… siempre he sido una persona muy solitaria. Y estando en mi casa empecé a sentir muchísima… mira, la sensación es densidad en la atmósfera y es desespero, es obsesión”, relata ejemplificando cómo la frustración aparece en el momento menos pensado.

Su mirada fija en la ventana de la casa, dificultad para respirar, pasos desesperados de un lado para el otro que retumbaban en sus oídos, la duda entre la vida y la muerte, un bombardeo de malos pensamientos le atravesaban el cuerpo a María Jimena. Sólo pensaba en suicidarse pero una fuerza la hizo buscar ayuda, llamó a Luisa y ella la comunicó con Catalina, quien oró con ella algunas horas para intentar tranquilizarla, y funcionó pero, como era en ese entonces, por un momento.

Su voz de desespero debió ser fuerte, las lágrimas en el teléfono debieron atravesar las millas que las separaban y preocupar a Catalina, porque esa misma noche, ella y Felipe fueron hasta su casa para ver qué pasaba. “Ellos ya logran identificar cuando una persona está poseída, cuando hay opresión. Uno se vuelve sensible a esas cosas y ellos oraron por mí”, explicó y acto seguido me dijo, que aunque había algo malo, ese no era el momento para que saliera de su cuerpo.

Los síntomas pueden ser variados: inhabilidad para hablar, epilepsia, ceguera, maldad, agresividad, fuerza sobrenatural, una indiferencia moral y hasta la habilidad de compartir información de la que no hay manera natural de conocer, todos relatados en pasajes de la Biblia. Descartados también médicamente, es decir, que no tengan ninguna fuente biológica o científicamente identificable.

Después de probarlo todo, de pensar que Dios era su último recurso, María Jimena decidió luchar. “Yo me voy a meter en este cuento pero si esto no funciona, ya he agotado todos los recursos”, le dijo a Luisa, con más resignación que fe pero dispuesta a usar la última fuerza y energía que le quedaba en salvarse.

Así fue como entró por fin a la comunidad, Ekklesia, una institución formada “para los que no tienen Iglesia”, como dice su creador Felipe Echeverri. Como ceremonia de inclusión, asistió a un bautizo programado por los pastores y otros nuevos seguidores que, al igual que ella, aunque con motivos quizá muy disímiles, harían parte del grupo. Al finalizar el sacramento todos se dispusieron hacer una oración.

Como en el catolicismo, la esencia del bautismo es la entrada de Dios en la vida de las personas por lo que se realiza un pequeño acto de “exorcismo simple”, en el que se “implora al señor para que lo libere de cualquier situación de pecado”, tal como explica Monseñor Alirio López.

En medio de las palabras de Felipe y de los susurros de sus nuevos discípulos, los demonios empezaron a reaccionar. Comenzó la manifestación y primero vinieron los gritos, estrepitosos, como si no salieran de su cuerpo pero también imposibles de controlar. Le siguió el llanto y la agresividad. Felipe intentó contenerla de una forma u otra pero María Jimena no hacía más que apartarlo de su cuerpo, con todas las fuerzas que tenía ¿o tal vez con más que eso?

Su pastor no se daba por vencido, seguía tomándola de los brazos y orando por ella. “Él oró en lenguas”, relata con los recuerdos que regresan a su mente. “La dejas, en el nombre de Jesús… te vas, la dejas libre” eran las palabras que más repetía él, asegura. Y con su mano, subrayando en el aire insiste: “siempre en nombre de Jesús”. Pero los seres que estaban dentro no querían salir, no iban hacer que la batalla fuera tan sencilla de ganar y se aferraban, en parte porque había algo que no permitía que ella los dejara ir.

En ese momento, ante la resistencia inconsciente de María Jimena, él tenía que hacer algo. “Felipe me cogió, me miró a los ojos y me dijo: NECESITO, necesito que pelees conmigo”, comenta y precisa que de alguna forma, que aún no sabe con certeza, tuvo el coraje para hacerlo, incluso sin saber cómo. Ella está segura de que era el diablo como león rugiente, procurando devorar a alguien, de la misma manera que advierte la Biblia en 1 Pedro 5:8, su tesoro favorito en la vida.

“Estoy completamente convencido que el demonio no existe”, la contradice Edwin Robles, parasicólogo, conocido por estar en el equipo de trabajo de El Cartel de la emisora nacional La Mega. Al otro lado de la ciudad, en su casa ubicada sobre los linderos de Suba Pinar, asegura que hay “espíritus de desencarnados que posiblemente son los causantes en algunos momentos de algún tipo de inserción”. Estos existen porque los seres humanos, como energía que son, no desaparecen: “la energía no se puede destruir, puede transformarse y ya”, sustenta.

Aunque Robles puede percibir, sentir e incluso ver a este tipo de entidades, leer y guiar los dones de las personas, Ferney Rodríguez afirma que “lo que hacen muchos de los adivinadores, quirománticos, videntes o comúnmente llamados brujos parten de algo llamado lectura en frío”, este método comprende “las diferentes (técnicas) que puede emplear sobre un sujeto para que este crea que quien lo entrevista en realidad lo conoce muy bien y por medio de preguntar puede sacarle información”.

Luchando, retorciéndose en el piso, con los ojos hinchados de llorar y su garganta seca de gritar, los demonios la abandonaron. “La manifestación que salió de mi cuerpo fue un suspiro”, narra, en parte para aclarar que las veces en que salen escorpiones, clavos, sapos y otros objetos como forma de liberación, es poco común y ocurre más en las películas que en la vida real.

Pero también considera que puede pasar, que hay casos que son extremos y mucho más dañinos que el que le ocurrió a ella. Menciona uno que muchos conocen, el de Anneliese Michel (conocida como Emily Rose), poniendo cara de preocupación y sorpresa cuando aclara que entre los seis demonios que la atacaron también estaba Lucifer.

Lucifer -el ángel caído-, Cain, Judas Iscariote, Nerón y Fleischmann fueron los espíritus malignos que intervinieron en el cuerpo de la chica alemana. El primero, entre todos el más conocido, pintado como la criatura favorita de Dios, quien enceguecido por los celos le declaró una guerra y creó el infierno, tan retratado por Dante Alighieri.

El segundo es Caín, el hijo del pecado, el primogénito de Adán y Eva que mató a su hermano Abel. Luego está Judas, uno de los personajes menos queridos por los creyentes y considerado como la imagen del traidor dentro del cristianismo, por ser quien lo vendiera al Imperio Romano. Nerón, emperador latino que impuso un régimen de terror; y finalmente Fleischmann, pintado por la Santa Sede como el sacerdote más corrupto de la historia eclesiástica.

 

1968, Inglaterra

Anneliese Michel, la joven de 16 años que creció en una familia católica y pasó toda su niñez con tranquilidad, se despertó un día sin entender sus repentinos ataques de epilepsia. Aquella inocencia se perdía en medio de la crisis que su cuerpo, alma y mente pasaban.

En los brazos de su madre, la cara de aquella mujer hermosa, con cabello hasta los hombros, perdía la sonrisa con el paso de los días y se desfiguraba, entre su antiguo rostro juvenil y el de Satanás. Con el demonio de su lado y los diagnósticos médicos en su contra, la vida se había convertido en un infierno.

«A mitad de mi vida, me encontraba en una selva oscura», debía repetirse Michel, tal como lo hizo Dante Alighieri en la Divina Comedia. La mujer que el mundo hoy conoce como Emily Rose, por la película de Scott Derrickson, empezaba a sufrir los desgastes que dejaban los temblores en su cuerpo.

1970, 6:00 p.m

‘Tic, tac, tic, tac’, los sonidos de las agujas del reloj parecen enloquecerla, las voces en su cabeza nunca se silencian y las imágenes diabólicas se repiten una y otra vez frente a sus ojos, aunque nadie más puede verlas. Los gritos retumban por las paredes de la casa de los Michel pero el sonido no parece familiar, aquel tono que sale de la boca de su hija, no es ella.

Las automutilaciones aparecen, quizá porque los demonios se lo ordenan, tal vez porque no soporta lo que le sucede. Cada símbolo religioso lo empeora todo y el amor de su familia no parece ser un buen antídoto a su veneno. Los sacerdotes siguen negando la ayuda e insisten en que no es un caso de posesión demoníaca.

Casi en lo huesos, siguen pasando los años sin que Anneliese acepte comer. Sus ojos están desgastados, en todos los aspectos posibles y su cuerpo no resiste más, o ella no quiere que resista. Con todo pronóstico en su contra, la Iglesia por fin escucha su llamado pero parece ser demasiado tarde.

1975, Tes Ernst Alt y Arnold Renz

Con 22 años y con peores síntomas cada día, los padres enviados a su rescate comienzan las sesiones de exorcismo. Para el día de la muerte de una las mujeres más famosas de Alemania, habían pasado cerca de 67 sesiones y 11 meses de tratamiento.

1976, noche del 20 de junio hasta la tarde del 1 de julio

El cielo estaba de luto, oscuro y con niebla, Dios y su ejército, comandado por el ángel Miguel habían perdido una batalla. Lucifer, aquel que se había revelado contra el poder del Señor y se había llevado consigo la tercera parte de los ángeles que antes danzaban en el cielo, arrastraba el cuerpo de Anneliese por entre los círculos de fuego que ya Dante había descrito.

Las sombras de la muerte, alegres, gozaban de la nueva visitante, que sin aceptar la invitación, había llegado. Algunos dirán que su primer encuentro con aquel mundo fue el peculiar olor azufre que desprende el diablo, otros que fue con el intenso calor que emana de las paredes del hogar subterráneo de la legión demoníaca pero la verdad, el lugar o el estado donde la joven alemana está, es y será siempre un enigma.

 

La vida después de aquel instante, pensaba María Jimena, iba hacer más fácil pero fue “todo lo contrario”. Ella creía que la liberación solucionaría sus pensamientos y sentimientos y no lo hizo, porque el daño, el que Lucifer hace, no consiste sólo oprimir sino en cambiar “los sistemas de creencias” es por eso que para ella la santificación y sanación dependen de un proceso, de conocer a Dios y hacer obras buenas desde esa relación que se logra con él. Las ideas suicidas seguían apareciendo, quizá no como antes y con el tiempo dejaron de ser tan seguidas pero se asomaban de vez en cuando. Y ahí comprendió que su vida ahora dependía de su compromiso con Jesús.

“Yo soy una mujer de todo o nada”, me dice cuando asegura que su vida se la dedica a la iglesia y a darle a otros: “para mi el servicio ha cambiado y ha transformado mi corazón”. Sabe que no es fácil, menos con su carácter y personalidad, estar del todo bien y que aunque “hubo meses en los que yo veía nada” y dudó, “yo creo que cristiano que crea en Dios, te diga que nunca se cuestiona eso, es mentira”. Le tomó tiempo pero ahora puede ver los resultados de ser una mujer feliz.

Aunque Ferney Rodríguez, opina que “las personas que somos ateas o agnósticas ni nos ‘pegan’ sustos, ni nos cogen los pies, ni vemos fantasmas donde todo el mundo los ve y todo el mundo se asusta, ni sufrimos de posesiones demoníacas… o sea en realidad hay una susceptibilidad sicológica”, a María Jimena le sucedió todo en el momento de agnosticismo más grande de su vida.

 

«El cielo que sueñas -contestó enfadado-

es un club privado de gente normal.

Yo vengo a llevarte de viaje conmigo

al país del que nadie ha vuelto jamás»

Entona el diablo en la canción de Joaquín Sabina, ‘Mi amigo Satán’, como cumpliendo su venganza contra Dios, quien, en las historias bíblicas envió a su hijo para destruir su obra diabólica en la tierra. “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo”, dijo Jesús a sus discípulos y, sin saberlo, o quizá teniéndolo más presente que nunca, advirtió una batalla eterna entre los dos.

Esta pelea, declarada por Lucifer desde que fue expulsado del Reino de los Cielos, ha tenido muchas materializaciones en el universo mundano. Aunque podría pensarse en la posesión como la única forma de contacto entre los humanos y el Tentador, hay diferentes, además de poco conocidos, “disturbios que puede causar el diablo en el hombre mientras este viva”, como apunta Gabriel Amorth, el exorcista moderno más famoso de la historia eclesiástica.

La posesión diabólica es quizá la forma más fuerte en la que este se presenta pero no por ello es la única. Esta intervención de Satanás ocurre cuando uno de los soldados de su legión se adueña de un cuerpo pero no de un alma, “para hacerlo hablar o actuar como él quiere”, especifica Amorth en su libro ‘Narraciones de un exorcista’. Hay otras 4 acciones extraordinarias que también mortifican a la especie humana. Extraordinarias porque se salen de la común tarea del diablo por tentar.

En la segunda categoría entran todos los sufrimientos físicos que éste causa externamente, generalmente ocurren a personas santas que fueron “golpeados, flagelados aporreados, apaleados”, continúa el sacerdote. Después se encuentra la vejación diabólica, responde a la presencia de algún demonio que provoca disturbios físicos. “Un sábado Jesús estaba enseñando en una de las sinagogas, y estaba allí una mujer que por causa de un demonio llevaba dieciocho años enferma. Andaba encorvada y de ningún modo podía enderezarse”, esta es la historia bíblica más común para relatar este tipo de ataque demoníaco.

Amorth explica que luego aparece la obsesión diabólica, son asaltos repentinos de pensamientos malos, que dejan a la persona en “continuo estado de postración, de desesperación, de tentaciones de suicidios”. Finalmente están las infestaciones, que ocurren sobre lugares, objetos y animales.

Para Edwin Robles, “los hospitales: normales, manicomios, todo tipo de hospitales” son los sitios donde más hay presencias de espíritus. El parasicólogo también tiene en cuenta que los objetos sirven como “mecanismo conductor de energía” para las entidades.

Hoy, mientras María Jimena da su testimonio sobre cómo es subir del infierno al paraíso, en algún lugar del mundo Dios, con su legión de ángeles y Lucifer, con su ejército de demonios se preparan para librar otra batalla por las almas. ¿Quién será la próxima víctima?

Y finalmente, ¿Quién ganará la guerra?

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