Leereportaje

EL REZAGO TECNOLÓGICO EN LA MONTERÍA RURAL

Por: Valeria Vega Ramirez

Jueves, 28 de julio de 2016. El peón de campo Miguel Perneth, de 50 años, abre los ojos a las cuatro de la madrugada como le ordena su reloj biológico. En un rato debe trasladar ganado de uno de los potreros de la hacienda hacia el corral donde se realiza el pesaje de los animales. La hacienda es La Providencia, ubicada en Montería, Córdoba, a 28,6 kilómetros de la cabecera municipal en el corregimiento de Leticia, donde ya no llegan las carreteras pavimentadas (se demora en llegar en verano media hora y en invierno una hora o más en carro), y donde la gente del pueblo aledaño toma agua de represas. Muy cerca de allí se levanta la casa principal de esta propiedad rural que pertenece a una familia de una tradición ganadera que se remonta al año 1900. A esta hora, en este caserío desvencijado, casi en penumbras, solo se escuchan los chirridos de los grillos que se cuelan por la ventana. La rutina y el ambiente del lugar parecen réplicas de los que este vaquero vivió de niño cuando era su papá quien realizaba las tareas campestres. El silencio se apodera de la zona. No se oyen rugidos de carros y menos aún tonos de teléfonos inteligentes que alerten de mensajes de WhatsApp, Facebook, Twitter, o notifiquen de un video de Snapchat o una foto de Instagram. En esta vivienda de la década de 1980, de pisos de cemento y techo de zinc, que huele a tierra, no hay ni una huella del mundo digital. Un televisor conectado a DirecTV, ubicado en el cuarto principal, es apenas un aislado testimonio del tecnológico y globalizado siglo XXI.

La vida sencilla del hombre del campo y el ambiente bucólico del universo rural del Caribe Colombiano, caliente y húmedo, que se observa en esa típica finca monteriana, es muy apropiado para la cría del Cebú y cruzado con razas europeas como Pardo Suizo, Holstein o Romosinuano, pero al mismo tiempo significa hoy una estocada al derecho humano fundamental de la libertad de expresión en tiempos de Internet y un golpe certero contra la calidad de la educación y el progreso económico porque hasta en las tierras más fértiles del mundo es necesario disponer de una alta conectividad y que la tecnología de la información y comunicación (TIC) esté al alcance de la mano, porque en esta zona viven excluidos de información.

Expertos en comunicación advierten que la falta de conectividad a la Red supone no acceder a una herramienta clave para el conocimiento y la educación, y que disminuyan los derechos políticos en un régimen democrático.

“Hoy el mundo se mueve a partir de redes, es otra manera de aprender, de relacionarnos, de entendernos, de entender el mundo. Hoy no podemos pensar el mundo sin tecnología (…), sin celular y sin Internet, así como en otro momento no se pudo pensar el mundo sin el libro, sin el lápiz y sin el papel”, afirma Antonio Roveda, doctorando en Ciencias de la Comunicación de las Facultades de Ciencias de la Información y Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid.

“Cualquier ciudadano del mundo, del planeta, de cualquier comunidad, de cualquier corregimiento, municipio, de cualquier país del mundo, que no tenga acceso libre, oportuno, de calidad y de manera completa y confiable a la información, significa que existe una brecha y unas posibilidades menores de desarrollo, educación, trabajo y progreso”, señala el académico, director de Extensión y Relaciones Interinstitucionales de la Universidad del Rosario y exdecano de la Escuela de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Sergio Arboleda. El acceso a Internet es lo que permite hoy un “ejercicio pleno de la ciudadanía democrática”, asegura.

La  falta de conectividad “significa un proceso de discriminación” y también negar a los ciudadanos “la posibilidad  de tener una calidad de vida mejor”.

Y eso es precisamente lo que ocurre en las apartadas zonas rurales de Montería.

Sin luz, sin teléfono… y sin Internet

En la casa principal, a unos ocho minutos en carro en donde vive Perneth, me despierto sobresaltada con la alarma que suena a las cuatro de la madrugada. Abro los ojos y busco a tientas mi teléfono inteligente. Por instinto, no más, porque la señal de wifi no llega nunca a la hacienda como tampoco el servicio telefónico. Todo está oscuro porque no hay luz hace días. Me apuro a alistarme y anticipo el trabajo intenso que nos espera desde la salida del sol.

En el comedor me espera Miyo, la señora que limpia y cocina en la casa principal desde hace 21 años. Ya son las 4:20. Prepara unos huevos revueltos, mientras colaboro con la vitualla de un desayuno típico en Montería: plátano verde, plátano maduro, ñame, ahuyama y yuca, a lo que luego de cocido, se le agrega huevo, queso costeño y suero. La cocina tiene un fogón a gas, pero Miyo prefiere el primitivo fogón a leña que está en el patio, a cielo abierto.

Aparece don Efrén, quién está en la finca reparando algunas cercas dañadas. Trae consigo, como cualquier otro mecato, dos panes empacados en bolsitas de plástico, que tienen algunos días, y que hacen parte de su primera comida. Me ofrece uno y desayunamos los tres mientras esperamos a Juan Carlos Díaz, quien junto con Perneth, será mi compañero de faena.

A las 4:40 nos dirigimos a buscar el ganado para trasladar al corral principal, a tres kilómetros de distancia. Pero para nuestra sorpresa, Perneth ya tenía el ganado listo para iniciar el recorrido. “A las cuatro me bañé y salí”, me explica. A lo que Juan Carlos, con escepticismo y en un tono más bien de humor, le dice: “Vas a echar embuste que te bañas tan temprano”. Y Perneth le responde desde arriba de su caballo: “Por mi madre, uno es un animal de costumbre”.

A dos kilómetros del corral hacia el cual nos dirigimos, advierto con satisfacción que llega señal a mi celular. Dos débiles barras que también llegan al móvil de Perneth; Juan Carlos no pierde la oportunidad de lanzarle una chanza: “Ya vas a chatear”. Perneth hace caso omiso al comentario de su jefe y empieza a recibir y enviar mensajes de texto. Tiene un Nokia 105, muy básico, solo para mensajes de texto y llamadas.

Reviso los mensajes que aparecen en la pantalla de mi iPhone que, a diferencia del celular de Perneth, tiene navegación e Internet para enviar y recibir correos y acceso a múltiples aplicaciones para todo tipo de uso (recreativo, social, laboral, financiero). Siento una necesidad imperiosa de meterme en el celular, pero me abstengo por respeto a mis compañeros de campo. Resuena en mi cabeza la frase dickensiana de Perneth: uno es un animal de costumbre.

La baja calidad de Internet y el uso muy precario de las TIC en La Providencia y fincas aledañas es una realidad muy representativa de todo Montería.

Este municipio ocupa el puesto número 22 en penetración de Internet móvil y fijo de Colombia, según el último boletín del Ministerio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones –con base en  datos del tercer trimestre de 2016 y publicado en enero de 2017–.  En todo Montería, muestran los datos oficiales, hay 43.498 suscriptores con acceso dedicado a Internet, lo que representa un índice de penetración de 9,7%, mientras que en el departamento de Córdoba, apenas llega a 4,4%. Esto se evidencia en la finca no sólo por la falta de tecnología, sino por la ignorancia de lo que es la misma de los trabajadores.

Si bien es cierto que el país mejora año a año en el sector de las TIC –en el período julio-septiembre de 2016 aumentó 5,3 puntos porcentuales en relación al tercer trimestre de 2015 y el índice de penetración para las conexiones a Internet de Banda Ancha alcanzó a 30%–, aún está muy rezagado respecto a los datos de conectividad de los países desarrollados e incluso de otras naciones de Suramérica. Por lo menos pocas son las zonas rurales de Montería que evidencian estos avances. Ningún trabajador sabe responderme cuándo les pregunto si saben qué es Google. O un correo electrónico.

Un acceso a Internet de menos de 5% en un departamento o de 30% en el caso de todo el país, explica Roveda, son cifras “muy bajas”, que significan estar excluido “de los sistemas de información del mundo”, un problema de América Latina “y de una parte importante de Asia”.

“Cuando uno está excluido de los sistemas de información, tiene menos capacidad de negociación, menos capacidad de decisión, porque tiene menos información”, señala el académico.

Por eso es que considera “alarmante” la baja conectividad de Montería, aunque precisa que hay departamentos de Colombia con menos penetración aún como Guainía (0,1%); Vaupés (0,2%); Vichada (0,2%); Amazonas (0,6%); Guaviare (1%); Putumayo (2,5%); Arauca (3,2%), La Guajira (3%), Chocó (3,4%) y Caquetá (3,7%).

No obstante, Roveda dice que sería interesante una investigación que muestre el tipo de acceso a Internet: “inmediato y las 24 horas”, que es el que se realiza desde un hogar o una empresa; diferente al “temporal”, que es la conexión mediante teléfonos inteligentes (cuando hay señal) o en un cibercafé.

En la Alcaldía de Montería atribuyen la mala calidad de conectividad a que hace nueve años el municipio se encontraba en “desgobierno”, y aseguran que sólo las últimas tres administraciones son las que han hecho inversión en las áreas de educación, salud, infraestructura, y en las TIC.

Jhader Cano, vocero en temas de tecnologías y comunicaciones de la administración del alcalde de Montería, Marcos Daniel Pineda, asegura que el gobierno municipal tiene una preocupación y una meta: convertir a este municipio en la ciudad inteligente del Caribe colombiano por medio de diversos programas que tienen el propósito de cerrar la brecha tecnológica. Pero en haciendas como La Providencia, en Leticia, El Varal en Jaraquiel, y en muchas otras en zonas rurales, aún parecen no estar en estos buenos propósitos. Acá, la tecnología es un ser tanto extraño, como ausente.

Para mitigar la falta de conectividad, explica el funcionario, se está ejecutando ViveDigital –un plan que incluye puntos estratégicos con acceso gratuito a Internet y formación a internautas-;  ConexionesDigitales  –para llevar conectividad a cinco mil familias de interés prioritario en convenio con el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones-; a lo que se suman otros programas gubernamentales como TIConfío, REDvolución y 17 vivelab. Además, se proyecta habilitar 50 espacios públicos, como parques y plazas, con wifi gratuito.

Sin embargo, las carencias de infraestructura tecnológica son un serio obstáculo para universalizar la red informática mundial y el uso del celular en zonas rurales. Compañías de telefonía móvil y de Internet no pueden llegar a comunidades por la pobre o nula infraestructura en las zonas más alejadas. La actual administración asegura que está haciendo esfuerzos para crear convenios y superar este problema que afecta especialmente a Montería, aunque toda Colombia presenta bajos índices de penetración de Internet.

El encierro

Vamos los tres a caballo arriando 40 vacas y toros hacia el corral principal por un camino cercado de lado y lado por alambre de púas y líneas de añejos robles, ceibas rojas, camajón, indio encuero. En la tierra se ven las huellas de los carros 4×4 que circulan cuando el propietario de la finca llega al lugar, día por medio. Ambos hombres llevan el emblemático sombrero vueltiao para protegerse del sol. Yo, que me protejo con una cachucha, premeditadamente me unto bloqueador solar. La temperatura ha ido subiendo rápidamente desde que salimos de La Providencia con los primeros rayos del sol: de 25 grados centígrados pasa a 34 grados centígrados a la sombra.

Finalmente llegamos al corral. Juan Carlos y yo arriamos el ganado mientras Perneth aguanta la puerta para que los animales entren al corral de piso de concreto y varetas de olleto, madera preferida entre los ganaderos por su resistencia y durabilidad, pintadas con el color negro de la brea. Nos bajamos de los caballos y nos dirigimos a la báscula para pesarlos, único elemento de tecnología a kilómetros de distancia. Perneth controla la puerta del corral que abre y cierra estratégicamente para que solo un animal se ubique en esa gran balanza. Una vez el animal ahí, Juan Carlos ajusta los pesos de la báscula para ver el peso preciso del ganado, que distingue luego de varios segundos, y me dicta el número de la vaca/toro y el peso al frente.

–Cuatro veintiséis raya tres, código cero –me dice Perneth mientras yo me apuro a escribirlo en un block de notas amarillo con líneas azules. Son los números tatuados con hierro caliente que le graban al ganado en todas las haciendas para su identificación, un método desde la edad antigua para evitar el abigeato. En esta gran hacienda (de más de mil hectáreas) no hay cuadros de Excel que optimicen el proceso, la información se organiza de hoja en hoja hasta llegar al computador ya en la ciudad.

– ¿Cuántos kilos le pones a este? –exclama Juan Carlos con picardía, como retándolo– Se ve bueno.

– Unos 500 kilos –responde Perneth un poco dudoso–. Está grande el nima este (expresión costeña para referirse al “animal”).

–510, casi le atinas –dice Juan Carlos con satisfacción.

Al terminar la tarea en el corral, Juan Carlos se dispone a desayunar en la casa principal que queda a 10 pasos del corral; Perneth se va a su casa, a 14 minutos a caballo, también a desayunar, lo acompaño para conocer mejor cómo transcurre su vida en el hogar.

Ya en la entrada de su casa, se escucha el canto de canarios y pájaros de toda clase, ubicados en jaulas a la sombra. El sonido y el color de las aves visten de otra manera a esta casa esquinera visiblemente descolorida. La esposa, María, sale de la cocina para atendernos. Me ofrece un cafecito, en tanto Perneth desayuna y la hermana menor de la esposa de Perneth, Catalina, corta las verduras para la sopa del almuerzo junto con su abuela.

Catalina tiene 15 años y nunca ha ido a un colegio en su vida porque no tiene quién pague la educación  y el transporte. Su hermana mayor, de una diferencia de 25 años, le ha enseñado a escribir y a leer, una tarea que disfruta mucho. Le pregunto qué es lo que más le gusta leer y me responde que lo que sea, pero enseguida me aclara que no tiene ningún libro propio. Sin libros y también sin ninguna tecnología como ventana al conocimiento y a la comunicación.

Las hermanas viven aisladas en esta finca dependiendo de Perneth porque su padre tiene ocho hijos más para criar y no hay plata que alcance. Quedo en traerles libros de la época del colegio que, como muchos, los mantengo archivados, esperando que Catalina les dé un mejor uso.

La realidad aislada de María y Catalina es un fiel reflejo de la cruda desconexión digital de las zonas rurales de Colombia, como las de Montería, donde se nace con una desventaja inmediata al no poder acceder ni al 5% de la información que niños en zonas urbanas conocen de primera mano.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), una institución judicial creada por la OEA, que debe aplicar e interpretar la Convención Americana sobre Derechos Humanos, exige la inclusión de todos los sectores de la sociedad en los procesos de comunicación, decisión y desarrollo porque los considera fundamentales para que sus necesidades, opiniones e intereses sean contemplados en el diseño de políticas y en la toma de decisiones. A Catalina, como a miles de otros niños o adolescentes, no se le cumple con esos derechos.

Los organismos internacionales como la ONU y la OEA hace mucho tiempo que dicen que la libertad de expresión es la piedra angular de toda sociedad democrática. Bregan por  el derecho de todas las personas a buscar, recibir y difundir información libremente porque sin ello no existe una verdadera democracia.

Y en el mundo presente, esos conceptos adquieren un sentido completo con el acceso a Internet.  Los estados deben promover el acceso de todas las personas a la Red. Eso implica expandir la infraestructura de Internet, pero también promover la alfabetización digital. Eso supone asegurar que la gente, incluso en los lugares más alejados, sepa manejar estas tecnologías para ejercer su pleno derecho a la libertad de expresión; pero Catalina no sabe ni entiende de eso, ni siquiera conoce sus derechos a tener más, más calidad de vida, de educación, de acceso a la tecnología y con esta, de oportunidades.

La falta de acceso a Internet también golpea a la economía. En estas zonas, la actividad empresarial se ve perjudicada al no tener facilidades de conexión a la Red y otros servicios tecnológicos, que son necesarios para el desarrollo de las compañías.

En zonas rurales del país, como las de Montería, todavía el acceso a Internet es más un beneficio de una élite tecnológica y económica que un derecho para todos los habitantes. En grandes ciudades, en las universidades, es muy fácil acceder a la Red. Pero esa es una realidad  muy lejana en territorios apartados de América Latina.

Según un estudio del Foro Económico Mundial (2016), más de cuatro billones de personas se mantienen sin acceso a Internet, la mayoría provenientes de países subdesarrollados como los de América Latina. Esto significa que más del 50% de la población mundial no hace uso de los beneficios de la conectividad, que afectan la educación, la salud, las finanzas, entre muchos otros ámbitos. Algunas razones son la falta de estructura, la falta de asequibilidad y la falta de concientización cultural.

En Colombia, específicamente, la inversión en ciencia y tecnología equivale solo al 0,5% del Producto Interno Bruto (PIB) –datos de 2015–, lo que representa el porcentaje más bajo de América Latina.

Para Roveda, también par académico de la Comisión Nacional Intersectorial para el Aseguramiento de la Calidad en la Educación Superior, evaluador de proyectos para COLCIENCIAS y Director Académico para la Prueba Saber Pro en Comunicación, Diseño y Publicidad, los gobiernos de Colombia no se han dado cuenta del “valor y la importancia de dotar al país de buenas redes, de sistemas de información oportunos, pertinentes y de calidad”.

“La única manera de salir del conflicto, de asegurar calidad, equidad, justicia social, progreso, desarrollo y competitividad, es con inversión en ciencia y tecnología”, opina el experto en comunicación.

Roveda está convencido de que “hoy acceder a Internet es casi tan vital como acceder al agua, porque es un recurso vital para formar, investigar, aprender, trabajar e inclusive para establecer relaciones de amor y de amistad”.

Una dura tarea

Distingo a lo lejos a Juan Carlos que cabalga hacia nosotros, pese a que por un fuerte sol se lo ve ondulante y borroso, como un espejismo. Le aviso a Perneth de la llegada de nuestro acompañante, y le propongo que esperemos unos minutos para que se asiente el desayuno en su cuerpo.

–“Nombe” yo salgo de una, no reposo. Si hay que salir enseguida salgo enseguida –responde.

– ¿No le da rebote en el caballo?, le pregunto refiriéndome a que si el galopeo del animal no le hace mal si acaba de comer.

–Están acostumbrados ya –interviene María.

Entre tanto, Juan Carlos se baja del caballo, entra y saluda con unos buenos días. Le respondemos en coro los que estamos en la casa: buenos días.

– ¿Va a beber o no va a beber? –le pregunta Perneth.

–Deja de andar metiendo esas conversas –le responde extrañado Juan Carlos.

–Ay, si va a beber café o no va a beber café –le dice Perneth en tono de burla.

–Sí, porque apenas está empezando el día –dice María con buen ánimo y todos nos reímos.

Juan Carlos, apenado y queriéndose desquitar con Perneth le pone quejas a la esposa: “Por allá estaba chateando ahora rato, ¿cierto Valeria?” “¡Ombee (expresión costeña de “hombre”), tan temprano!”, exclama María, sabiendo que su esposo tiene un celular sin Internet y apenas con servicio de mensajería. Respondo que no me consta y todos sueltan una carcajada.

Partimos de la casa de Perneth para encarar el segundo trabajo del día: ir a buscar unas yeguas serranas –como se llaman a las que no están amansadas– con sus potros y llevarlas al corral principal. Esta vez la travesía es más larga, de unos 40 minutos, que me sirvieron para entender por qué los hombres cabalgan con sombreros y no cachuchas y además llevan ponchos en sus hombros. Tengo el cuello rojo y caliente del sol que me pega por atrás. Es antes de las 10 de la mañana, pero ya siento que me estoy insolando.

Al llegar al potrero donde están las yeguas tomamos conciencia de lo difícil de nuestra tarea. Siendo solo tres, y más ágiles los caballos que los bovinos, las yeguas se dispersan en el potrero que es muy extenso y terminamos corriendo en círculos tratando de hacerlas cruzar la puerta para coger camino al corral.

Juan Carlos logra reunir a 11 yeguas y tres potros. Perneth se pone en una posición en la silla hacia delante, como los atletas en sus marcas. Yo solo miro el cielo despejado y pienso  que no hay  esperanza de una sombra en un buen rato mientras las gotas de sudor caen en mi camiseta.

Último intento. La manada de yeguas y potros corre hacia la puerta, y ya cuando pensé cantar victoria doblan hacia el lado que yo estaba obstaculizando. No sé qué hacer. Solo taconeo el caballo y me dirijo hacia el lado por donde se pensaban escabullir. Pero no moderan su paso. Impotente ante la situación, me quedo quieta esperando el golpe mientras los animales se acercan a una temerosa velocidad. De repente doblan a unos cuantos metros sin bajar la velocidad y se dirigen al otro lado, buscando otra salida. Como Juan Carlos corría hacia mi lado para asistirme, su lado quedó desprotegido y las yeguas no perdieron oportunidad. Fue solo otro intento fallido.

Decidimos partir hacia la casa porque llegaba el patrón y había que darle el reporte del pesaje de la mañana. Después regresaríamos por las yeguas con más gente, dijo Juan Carlos. Pienso que si tan solo hubiera señal para llamadas en esta zona podríamos llamar a los refuerzos sin necesidad de perder dos horas de trabajo.

Apego a la naturaleza

Para ser vaquero o trabajar en fincas hay que tener una serenidad y una entereza que no se adquiere de la noche a la mañana. Llevar este estilo de vida requiere de sencillez y tener un sentimiento de cercanía con el campo desde muy temprano. Es una cultura que se transmite de generación en generación en la que el apego a la naturaleza, en un mundo desprovisto de tecnología, es imprescindible y trascendental, y en la que los papás, además de enseñarles a sus hijos a entender el comportamiento de los animales, de la tierra, del clima, inculcan el amor al terruño, la importancia  de expresar sus pensamientos idílicos de la vida y a dar sus opiniones prácticas sobre los temas de trabajo.

Es un trabajo para pocos, sobretodo en el siglo XXI donde es inimaginable un día entero, una semana, o meses sin acceso a Internet. Para el hombre de campo monteriano, la falta de acceso a la tecnología nunca ha sido una perturbación, porque ha vivido toda su vida sin ella. La gran mayoría no ha escuchado de Facebook, Twitter, Instagram, ni siquiera de correos electrónicos. Escucha, en cambio, las voces de sus familiares y amigos, los sonidos de los animales y uno que otro vehículo motorizado que llega a la finca o al pueblo. La idea de virtualmente conectarse con alguien se les hace absurda, me dicen, con un tono que da a entender que más que absurda, lo piensan inasequible. “Mi hijo me ha comentado pero yo no tengo plata pa´eso, y no creo mucho la verdad. Por lo menos eso por acá no ha llegado ni llegará”, dice Perneth.

Pero mientras vamos en camino a la casa principal pienso que la falta de tecnología y el aislamiento son solo unos de los muchos enemigos del oficio. El sol sofocante del mediodía, sobre mis brazos ya granates, es un enemigo hostil. Sin embargo, que para ellos tener un teléfono celular para llamadas y mensajes de texto sea la tecnología más avanzada ejemplifica claramente el rezago de zonas rurales en el tema. Navegar en internet para buscar información pertinente a la necesidad de cada quién, o para estudiar parece ciencia ficción. La sensación de pequeñez luego de estar a caballo al rayo del sol me acoge cuando llegamos a nuestro destino. Tomamos agua de la nevera apagada por la falta de electricidad, que, sin embargo, no está caliente. Nos disponemos a almorzar. El almuerzo es rico en carbohidratos: arroz de coco, papa cocida y tajadas fritas de plátano verde. Luego ensalada y un pollo guisado para el que no alcanzan las palabras de elogio. Por no extremar me sirvo solo dos harinas y dos presas pequeñas con mucha salsa. Los platos de mis compañeros eran tres veces el mío, y comían con un gusto, como si no lo hubieran hecho desde el día anterior.

Llega el patrón a quien le entregamos  los datos de los animales y nos ordena otras tareas para el resto de la tarde. Agotada, no veo la hora del descenso de nuestro amigo fiel, que aquí en el campo signa el tiempo de trabajo más que el reloj.

Terminamos justo antes del fin del atardecer. Al finalizar el día me dolía el cuerpo como si hubiera hecho ejercicio, además de los muslos en la entrepierna por el caballo y la piel, roja por el sol. Me pregunto cómo lo hacen casi todos los días, de cinco a seis veces por semana, sin desalentarse. Se nota que disfrutan de lo que hacen, aunque no sea el oficio mejor recompensado.

La noche entre luciérnagas

Cae el sol en la hacienda pero el fogaje que deja es omnipresente. No hay luz hace dos días y eso acentúa la lobreguez de la noche. Se escuchan sonidos de loros, pericos, sapos, lechuzas, y búhos, ululando intermitentemente. Y grillos. Muchos grillos. Solo se ven las sombras de los árboles en contraste con el cielo oscuro sin estrellas, las cuales parecían haber descendido al suelo brillando incesantemente. Eran miles de luciérnagas, como nunca las había imaginado, convirtiendo la hacienda en un firmamento.

Encendemos velas para poder movernos por la casa, una para cada uno. Nos sentamos en una batea abierta, unos en sillas, otros en los muros. Están los cerqueros, Efrén y Julio, la cocinera, Miyo, y su nieto de 17 años, Jordan. En esta oscura noche empiezan a hablar de cosas que les ha pasado en las fincas.

“Mi hermano iba a tomar tintico donde Magdalena, verdá, y el día que lo mataron ella estaba sentada y vio venir a Humberto como de la distancia de aquí a la puerta (seis metros aproximadamente) y dijo: ‘voy a calentar el café que ahí viene el loco este’. Y al ratico nada que llegaba y buscándolo y pa’ dónde cogió Humberto. Y ya estaba muerto hacía ratico” –contó Efrén. A su hermano lo mataron en esta hacienda, cuando regresando del pueblo borracho intentaba sortear un alambre del potrero. No se sabe quién, ni porqué. Ocho años después continúa siendo un misterio. A los 15 días de llorarlo al lado del ataúd, murió también su perro Firulai, dicen que de tristeza.

Me cuentan que para llegar a la casa principal hay que pasar por un arroyo, que se alimenta de agua que proviene de unas montañas aledañas. El camino a la finca está pavimentado, pero es imposible avanzar cuando el agua baja con fuerza. Esto pareció no entenderlo el hijo de uno de los dueños. Las cuatro personas que están conmigo fueron testigos de su imprudencia. El agua se llevó el carro con tripulantes y todo, aunque los lograron rescatar antes de que se hundiera, unos kilómetros adelante. “Si hay que tenerle miedo a algo es a la naturaleza, esa sí es brava” –dice Julio. “Hubiera visto a la novia, salió con el vestido por acá arriba –señalando la cadera–, mucha elegancia” –dijo Jordan poniéndole humor al relato.

Acostumbrados a las oscuras noches del campo, a estos contertulios es muy poco lo que les quita el sueño. No han visto ningún espanto a pesar de vivir en un territorio lleno de historias de fantasmas. Y en todo caso, les temen más a los vivos que a los muertos: no imaginan hechos más terroríficos que los que protagonizan las ilegales bandas criminales emergentes (Bacrim) que hace mucho tiempo asolan a Montería y Córdoba.

“Hay muchas fincas que están extorsionadas. Esta no, pero hay otras que sí” –cuenta Juan Carlos, quien se ha integrado a la tertulia–. “Yo estuve por Planeta Rica, de diciembre a mayo, trabajando en una finca, pero me vine porque estaban molestando, pidiendo plata y el patrón dijo que él no iba a dar nada”. Cuenta también que su ex patrón mandó a decirles a los bandidos: “que vengan a arrancar cortadera (maleza) por aquí a trabajar, que se ganen la plata, pero no les regalo nada”. Fue entonces que Juan Carlos decidió venirse a Montería. “Ellos piden mil pesos por hectárea, como (la finca) tenía 565 (hectáreas),  había que dar 565 mil pesos. Pero el patrón no dio nada. No le han hecho nada, pero eso es complicado. Llamaban todos los días y me tocaba inventar que el patrón estaba en Estados Unidos, o que estaba en no sé qué parte. Ya no sabía ni qué decir. Y con mi niñita y mi mujer ahí pendiente, ya yo no dormía tranquilo (porque) cualquier día se meten a buscar. Entonces me vine”, concluye.

Todos coinciden con Juan Carlos en que las Bacrim no extorsionan en La Providencia ni en fincas contiguas, pero saben que hacen un seguimiento muy exhaustivo de sus negocios y que llevan un registro sobre el movimiento de los animales y de la madera. “Los de las bandas que viven acá en el pueblo están más que todo para avisarles a los superiores cuando viene o pasa la Policía y el Ejército, pero no falta el que se mete en alguna pelea e infunde miedo en la gente” –cuenta Julio.

Nos paramos de la batea y con vela en mano nos instalamos en el comedor. Cada uno entra a la cocina con su plato para que Miyo vierta suero, tajaditas, arroz y pollo del almuerzo. La mayoría come con cuchara y en plato hondo. El silencio se apodera de la casa.

Después de varias historias, chistes y anécdotas sobre la vida en Montería, Efrén se levanta y lleva su plato a la lavamanos y se despide: “Y con este bizcocho, hasta mañana a las 8”. Todos reímos y Jordan, cayendo en el mismo juego de rimas replica: “llegó modesto y acabó con esto”. Y así se acaba la charla junto al fogón como en tiempos de mis abuelos y nos decimos hasta mañana al son de la orquesta de luciérnagas, sapos, grillos, aves. La tertulia llega a su fin con risas y cuentos, sin que nadie haya siquiera prendido la pantalla de su celular, leído noticias, hablado con familiares que se encuentran en algún otro lugar; no por respeto, sino porque es inconcebible. ¿Y qué tal que fuera posible? El estilo de vida al que están acostumbrados cambiaría mucho, pero sus condiciones de vida, de educación, de trabajo, del futuro en general mejorarían enormemente.

La palabra navegación o Internet no forma parte del rudimentario vocabulario tecnológico del hombre del campo monteriano, donde no están familiarizados con el mundo que se abre con un simple enlace que conectar personas e información, que hace posible una comunicación sin límites, o los vínculos que se pueden lograr mediante plataformas como la de la red social Facebook.

A ninguno de los contertulios de este fogón en esta finca histórica de Montería parece preocuparles que se cumpla con la resolución de la Asamblea General de la ONU de 2011 que considera el acceso a Internet como un derecho humano. No saben nada de la web semántica, ni del efecto de desinhibición en línea, comunidades digitales, impresión digital, tecnomadismo… Se está muy lejos en las tierras fértiles de Montería de la llamada solución espacial,  un estilo de vida gracias a Internet que permite más movilidad y mayor acceso a servicios y entretenimientos, de utilizar software de cursos abiertos y aprendizaje colaborativo o los servicios en la nube.

En este ambiente campestre y desconectado no llegan las palabras de Frank La Rue, ex Relator Especial de la ONU de Libertad de Expresión: «La única y cambiante naturaleza de Internet no sólo permite a los individuos ejercer su derecho de opinión y expresión, sino que también forma parte de sus derechos humanos y promueve el progreso de la sociedad en su conjunto».

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1 Comentario

  1. YEZID CASTILLO
    23 junio, 2020 en 4:01 pm — Responder

    un cordial saludo.

    leer el reportaje me llevo al año 1990 epoca en que llegamos al departamento de cordoba, en particular a los corregimientos de martinica, leticia y el tronco. con tu relato me doy cuenta que la vivencia no a cambiado la costumbre del vaquero y su trabajo sigue igual. que las vias estan sin pavimentar, y en verano son andables y en invierno es toda una odisea.
    ver la primera imagen del reportaje me lleno de recuerdos de esa trabajo arduo del oficio de la grandes haciendas. donde el vaquero se hace uno solo con su caballo y el paisaje.

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