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LA NATURALEZA DEL COMBATIENTE EN EL CONTEXTO DE COLOMBIA A PARTIR DE LAS NARRATIVAS SOBRE LAS CATEGORÍAS DEL SACRIFICIO Y LA HERMANDAD.

Por: Mg. Diana Socha Hernández

“Este es el caso del conflicto colombiano, el cual por su larga duración se ha tendido a explicar de acuerdo con los marcos de análisis que dominaron cada momento histórico. Se pasó así de un combate contra la penetración del comunismo al combate antinarcóticos y más adelante al antiterrorista, metiendo en un mismo saco a las guerrillas, los narcotraficantes, los paramilitares, los campesinos que cultivan plantaciones ilícitas y hasta la delincuencia común. Dentro de las principales narrativas” (Rodríguez, 2009) La guerra se argumenta y quienes la tienen que vivir, muchas veces se convierten en víctimas.

La voz de los personajes que vivieron el conflicto desde la guerra, quienes fueron víctimas, pero también la narración de varias investigaciones que hablan sobre el combatiente, la hermandad y el sacrificio. Hablamos con Faner Domínguez, un soldado pensionado debido a que pisó una mina antipersonal y con su mamá, quien se vio afectada por todo lo que tuvo que pasar su hijo.

***

Eran las 11 de la mañana. Desde el amanecer caminábamos más o menos unas ochenta personas. A nuestro alrededor solo se veía el verde que resaltaba de otros colores. El lugar era húmedo y la tierra permanecía mojada ensuciando las pesadas botas. Yo tenía 22 años y una misión: recuperar la cordillera oriental de Colombia.

Encontramos un campamento de la guerrilla. Era evidente que hacía poco tiempo habían estado allí. Nos dividieron por escuadras con el fin de recorrer todo el perímetro. Yo estaba de segundo, mirando concentrado el suelo y siguiendo paso a paso a mi compañero. Todo estaba tranquilo. El sonido de la naturaleza nos abrigaba. Al dar la vuelta, debíamos recorrer el mismo camino, porque sabíamos que era seguro. Quedé de penúltimo en la fila. Por unos segundos se me fue el mundo. Escuché un pito y tenía la sensación de que mi cuerpo ya no estaba, pensaba que solo mi mente era lo que tenía en realidad. Intentaba mover un brazo, una pierna, algo, pero nada. No sentía nada.

***

La señora Mary mira hacia el comedor, quiere eludir que veamos sus ojos. No puede evitar que el sentimiento haga presencia después de doce años y se asomé por sus dos ojos rasgados color café y pasen por su cara morena y las mejillas pintadas de rojo, unas gotas saladas.

Ese día ella salió de su trabajo al medio día y había quedado en ir a la casa del presidente del Banco Bogotá de ese momento, para ayudarle a planchar su ropa y así completar para el sueldo de fin de mes, pero no había dormido y en su desvelada le pedía a Dios que cuidara a su niño. Estaba agotada.

-Mary, te vas o te quedas. ¿Qué vas a hacer?  Le pregunta la secretaria antes de salir de su jornada laboral.

-Hoy voy a ver la liberación de Ingrid Betancourt, no voy a hacer nada más. A parte que estoy pegada al techo porque Faner tiene ese celular muerto. Yo no sé qué pasa.

Más o menos a las tres de la tarde la llamó un hombre con voz áspera, así la recuerda doña Mary.

  • Señora usted es la mamá del soldado Domínguez? Hace una pausa y continúa: Siéntese mi señora que tengo que darle una noticia.
  • Mire señor yo sé que usted una buena noticia no me va a dar y a usted no le interesa si estoy sentada o acostada, lo que necesito es que me diga qué le pasó a mi hijo.

Se escuchó un fuerte grito, desolador, un dolor difícil de interpretar. La vecina, fue la encargada de dar la noticia a la secretaria de los jefes de Mary.

  • Mire doña Cecilia que a Mary la llamaron, que Faner cayó en un campo minado.

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Hasta el 2018 el Ejército Nacional de Colombia tenía como cifra oficial 7.036 casos de soldados víctimas de minas antipersonal.

A la fecha de corte, se han registrado 11.811 víctimas por minas antipersonal y munición sin explosionar, siendo 2006 el año más crítico, pues se presentaron 1228 víctimas, el mayor número en toda la historia de Colombia. En la última década, la tendencia ha venido cayendo, con excepción del año 2012, hasta ubicarse en 2016 en niveles que no se presentaban desde el año 1999. Durante 2019 se presentaron 111 víctimas.

Esta problemática ha dejado heridas al 80.5 % (9513) de las víctimas y el 19.5 % (2298) personas han fallecido a causa del accidente, es decir, 1 de cada 5 víctimas muere. Por otra parte, Colombia ha sido uno de los países del mundo con mayor cantidad de víctimas de la fuerza pública y esto ha significado que del total de víctimas, el 61 % han sido miembros de la fuerza pública y el 39 % restante, corresponde a civiles. (gov.co. 2020)

El 4 de abril es el día que se hace un reconocimiento al valor de los militares heridos, lo llamaron el Día Internacional para la Sensibilización contra las Minas Antipersonal.

Es más que merecido recordar a aquellos hombres que en el cumplimiento de su misión, portando con orgullo su uniforme y las armas de la República, defendieron a los ciudadanos y aportaron a la paz para el pueblo colombiano, pero que infortunadamente en ese intento sufrieron heridas y graves lesiones como producto del uso indiscriminado de minas antipersona, manipulados por integrantes de Grupos Armados Organizados GAO, que a la luz del Derecho Internacional Humanitario constituye utilización de medios y métodos prohibidos. (Ejército.mil.co.2018)

Las Fuerzas Militares aseguran que se les atribuye esta modalidad a los grupos guerrilleros, con el propósito de contener la ofensiva militar. Esto es una táctica defensiva para evitar que los militares ingresen a zonas que se han tomado la guerrilla, no solo para esconderse, sino también para cubrir los laboratorios y cultivos ilícitos. (Bejarano.2010) es decir que lleva más de cuarenta años el uso de estos artefactos en el país.

Según la historia “los primeros antecedentes del uso de minas antipersonas se remontan al siglo XVIII en China, con el objetivo de detener la invasión del ejército mongol de Genghis Khan, las tropas chinas emplearon una especie de balas de cañón llenas de pólvora que podían hacer detonar. Este armamento fue descrito en el “Huolongjing”, un tratado militar del siglo XIV. La tecnología fue avanzando y con ella el cambio y perfeccionamiento de estos implementos, lo que llevó que en la Segunda Guerra Mundial se plantara la mayor cantidad de minas. En ese periodo, los alemanes pasaron de tener dos tipos de minas antitanque y una antipersona, a poseer 16 y 10, respectivamente. (elcomercio.pe. 2018)

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Por fin pude gritar, lo único que quería saber era si tenía mis piernas. Ya había visto morir a muchos compañeros, algunos perdieron sus manos, otros sus piernas y nos habían preparado para reaccionar oportunamente ante esta situación. Pero cuando uno está ahí, cuando es a uno el que le está pasando, es más difícil de asumir. Yo no sentía mi cuerpo, no podía mover nada. Mis compañeros aturdidos me decían:

  • Quédese quieto, no se vaya a mover.
  • ¿Se me ven los pies? Gritaba desesperado.
  • Ahí se le ven sus piernas. No se mueva.

Me movieron a un lugar seguro, donde teníamos todas nuestras cosas, allí esperamos que un helicóptero me sacara de Cuchilla de Altamizal (es una localidad del Departamento del Tolima, en la Cordillera oriental). Llegaron a las cinco de la tarde por mí y lograron asegurar la camilla con una soga amarrada a la aeronave, poco a poco me iban subiendo y yo no soportaba el dolor, había perdido mucha sangre y solo pensaba en que moriría y no iba a lograr cumplir mi propósito de ser militar por el resto de mi vida hasta que me pensionen de viejito y ojalá con honores.

Me llevaron a la base de Tolemaida, cerca de Melgar, una zona cálida del Departamento de Cundinamarca. Allí me hicieron curaciones de rutina y de inmediato me llevaron a Bogotá, al Hospital Militar, donde estuve ocho meses hospitalizado. La recuperación fue difícil. Me hicieron un procedimiento que consistía en hacerme cirugía día de por medio en mi pierna derecha. No fue fácil, el dolor era permanente, no había cómo dejar que curara la herida, porque descansaba un día y al otro tenían que volver a abrir lo que habían cerrado para que no se infectara y continuaran con el procedimiento. Lo que estaban quitando en esas cirugías, eran residuos que había dejado los elementos que tenía el explosivo de la mina, sin esa limpieza, se me habría infectado la pierna y tenían que amputar. El médico me decía que si esto funcionaba en unos meses podían reconstruir el hueso y volverme a pegar el pie.

Después de todo este proceso, llegué al batallón de sanidad y ahí me esperaban varias terapias durante un año. Solo, sin poder ver a mi mamá. No conocía a nadie.

Cuando salí del hospital y terminé todo el proceso de recuperación, me dieron el traslado de la Brigada Móvil a un batallón de patio, mi batallón de patio fue en el Cantón Norte, en la 106. En ese batallón estuve más o menos un año. Allí mis funciones eran en la oficina de recursos humanos, debía estar pendiente de los archivos.

Estuve ahí hasta que hicieron una junta médica, y los resultados fueron una discapacidad del 75.15% y eso automáticamente me dejaba apto para no continuar en el Ejército. Ni siquiera alcancé a quedar para hacer trabajos de oficina o en batallones de patio. Los beneficios que tenía con esta decisión era que salía pensionado.

Me dio duro. Pensé y qué me voy a poner a hacer, y aquí en Bogotá, sin nadie. Entonces inicialmente, me traje a mi mamá y a mi hermana a vivir aquí a Bogotá, y entonces me salió la oportunidad de vincularme a un programa de estudio y laboral de inclusión y las cosas comenzaron a cambiar.

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La casa es de tres pisos. El piso donde vive la familia de Faner es el primero. Cuando abre la reja, tiene doble llave y un pasador, desde ahí se ve la puerta de la casa abierta y así permanece durante nuestra entrevista. Es un lugar limpio y acogedor. La señora Mary sale y le da un beso a Faner y me saluda con un abrazo. Después de la formalidad, nos sentamos y justo cuando voy a hacer la primera pregunta, Mary se levanta de la silla y me pregunta que si quiero un tinto, que ella no puede vivir sin él.

Cuando se enteró de lo que le había pasado a su hijo, le pidió al jefe un préstamo y el permiso para que la dejara viajar a Bogotá. Él le aseguraba que estaba bien, que allá lo estaban cuidando y que ella qué se iba a ir por allá, que no tenía dónde quedarse, ni quien la ayudara a ubicarse en esa gran y fría ciudad. Habló con una tía y logró que ella fuera a visitar todos los días a Faner al hospital, la llamaba cuando estaba con él y podían hablar. Pero los días eran difíciles sin poder ver con sus propios ojos el progreso de su hijo.

Recordó cuando él le dio a guardar una carpeta y ella curiosa la abrió y se dio cuenta que la decisión de su hijo de 18 años, después de haber prestado el Servicio Militar obligatorio, era quedarse para hacer la carrera militar. Lloró, le rogó a Dios que se lo cuidara y que lo protegiera de todo mal. El día que se iba a despedir de él, uno de los militares que estaban allí le dijo,

  • Tranquila su hijo es muy fuerte, mírelo, ¿cómo lo ve?

Ella solo pensaba que entregaba un hijo sano y fuerte y que quería que allá lo tuvieran de la misma manera. Pero cuando llegó al Hospital Militar y vio a su hijo caminando, apoyando débilmente el pie derecho en el piso, quiso tener en frente a ese militar soberbio y decirle:

  • Yo le entregué un hombre sano y miren cómo me lo entregaron ustedes

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Según el artículo titulado: El Ejército Nacional de Colombia y sus heridas: una aproximación a las narrativas militares de dolor y desilusión, Ana María Forero asegura que:

“En el Batallón de Sanidad, el soldado profesional asiste al abandono de la institución; a diferencia de los soldados profesionales entrevistados en la Escuela de Artillería, quienes viven allí saben que no volverán al área, están a la espera del veredicto de la Junta Médica que ha de decretar su porcentaje de invalidez. Según este, los soldados tendrán derecho a una cantidad de dinero y/o serán reasignados dentro de la institución a labores de oficina. El Batallón de Sanidad es definido por muchos soldados como el limbo, como el lugar en el que se puede estar meses y meses mientras se asiste a la inutilidad del propio cuerpo” (Forero.2017)

En Colombia quienes se enfrentan a la guerra, quienes salen al campo a dar la batalla son los soldados profesionales, esos que toman la decisión de enlistarse por muchas razones y no necesariamente porque tienen en la cabeza dar la vida por su país. Ellos son los que dejan a sus familias solas, o preocupadas porque pisaron una mina, porque fueron heridos en combate, porque fueron secuestrados o porque desaparecieron y no saben de ellos durante días, semanas, meses y años.

En el libro de Patricia Lara, Las mujeres en la Guerra, entrevista a Liliana López, alias Olga Lucía Marín, comandante de las FARC, aseguró en la página 105 del libro: “El grupo estaba conformado por mandos medios. Era gente que se había ido a la guerrilla por distintas razones: unos porque les gustaban las armas, otros porque desde muy jovencitos conocían la guerrilla, otros porque habían sido perseguidos, otros porque eran desplazados, otros porque les llamaba la atención ser guerrilleros y otros (bastantes, diría yo) porque veían que era necesario luchar. Es que en esa época, y ahora más, mucha gente empezaba a ver a la guerrilla como una opción, pues no encontraba alternativas mejores”. hacer parte de la guerra en diferentes escenarios nos muestra que no existía un solo tipo de interés, eso dependía del entorno y de lo que cada uno había podido vivir.

Muchos soldados profesionales no tuvieron más alternativa, era ingresar al Ejército o salir de su pueblo a buscar mejores oportunidades en las grandes ciudades del país, o reclutarse con Paramilitares o Guerrilla, según quienes lideren en la región.

“Cuando los soldados profesionales explican su ingreso a la institución militar hay recurrencias que lo justifican, y ninguna de ellas hace referencia al deseo de ir al área, de enfrentar al enemigo o de dar la vida por su país. Las recurrencias señalan el ingreso a la institución como el lugar para conseguir empleo, como el escenario para desarrollar los ideales de hombría, y/o como una alternativa de vida diferente a la de enrolarse en fuerzas paramilitares o guerrilleras” (Forero.2017)

Es cuando están en la Institución en donde los inspiran, los motivan a que deben ser hombres fuertes, disciplinados, obedientes, porque lo importante es llevar con orgullo el uniforme y defender el país de los enemigos, esos que no quieren que la gente viva tranquila, esos que no están de acuerdo con el Gobierno de turno, esos que no se sienten protegidos por el Estado, a pesar del trabajo que se hace. Los soldados profesionales deben tener claro que deben sacrificar todo por su país.  “La muerte y las heridas de los soldados profesionales recuerdan que la institución (no sus miembros) está dispuesta a sacrificarse por el bien colectivo.” (Forero.2017)

Su cuerpo en entrenamiento se debe convertir en una masa resistente a todo. Deben cargar grandes cantidades de peso y resistir por horas sin desfallecer porque la tropa, el equipo depende de su fuerza, de su valor, porque son uno solo. Todo es orquestado, cada paso que dan, cada movimiento está calculado para que no se cometan errores y juntos puedan salir vivos.

Meses de entrenamiento. Gritos, palabras fuertes, motivaciones, que le permite resistir solo al más fuerte, al que demuestra que puede con todo lo que se le impone. “Los planteamientos de Foucault (1976: 172) logran entrever de qué manera el Estado “fabrica” súbditos dóciles y una fuerza de trabajo obediente a través del adiestramiento, el control y la instrucción, y bajo el modelo del ordenamiento militar […] la política como técnica de la paz y orden internos ha tratado de utilizar el dispositivo del ejército perfecto, de la masa disciplinada, de la tropa dócil y útil, del regimiento en el campo y en los campos, en la maniobra y en el ejercicio.” (Aranguren.2007)

Entrenamiento físico, poco sueño, un equipo pesado en sus hombros y la responsabilidad de hacer bien el trabajo y regresar con vida. En eso se convierte el día a día de un soldado colombiano. “Al someterse a los requerimientos del colectivo, cada combatiente queda constituido como miembro de un cuerpo común, como parte de un grupo armado. El despojamiento y el abandono interiores operan como ofrecimiento al colectivo y transforman el cuerpo de cada combatiente en una pieza fundamental del gran aparato de acción bélica” (Aranguren.2007) Por eso es difícil ver que sonrían o que se dirijan a la gente con amabilidad. Usan un tono de voz que, según ellos, genera autoridad y respeto.

En el libro Las Mujeres en la Guerra de la periodista Patricia Lara, el personaje “Dora margarita” ex guerrillera del ELN y del M-19, asegura en la página 63: “no podía llorar, yo tenía hombres bajo mi mando. Entonces debía demostrarles que yo era tan fuerte como ellos, que no era inferior por ser mujer. Hacía un esfuerzo muy grande para aparentar que tenía la misma capacidad física que ellos. Mi equipo era tan pesado como el de los hombres. Se les notaba que no les agradaba que los mandara una mujer” (2014)

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Conocí el programa que oferta La Fundación Tejido Humano, quienes financian y apoyan con programas de acompañamiento psicosocial, educación y va dirigida a exmiembros de la fuerza pública en situación de discapacidad.  La actual vicepresidente, Marta Lucía Ramírez, hace parte de la junta directiva. Esa Fundación trata de darnos una segunda vida, después de lo que vivimos en la guerra. No solo nos apoyan a nosotros, también apoyan a los militares y a las viudas o huérfanos de los militares muertos en combate.

Apliqué a su ayuda y pude ingresar a la Universidad Sergio Arboleda a estudiar Comunicación Social Periodismo. El reto es mantenerme en la beca y lograr graduarme y trabajar en lo audiovisual que es lo que me apasiona, aunque me va bien en lo escrito.

Cuando estaba finalizando el bachillerato en el colegio de Turbo Antioquia, llegaron unas personas del Canal de televisión regional, buscando los mejores estudiantes. Ahí apareció el amor por las cámaras y mis primeros inicios como comunicador social, sin que yo supiera que en unos años estaría estudiando una carrera profesional con todos los elementos que empíricamente estaba aprendiendo de esa gente. Viajé, conocí muchos lugares y me decían que me quedara trabajando con ellos, que yo tenía potencial en eso. Que iba a ganar mucha plata. Pero mi mamá no me dejó, me decía que era muy peligroso y que yo era muy joven para ver eso.

Entonces le pedía ayuda a mi papá. Lo busqué, porque durante años nunca me ayudó, quien estuvo a mi lado siempre fue mi mamá, a ella le debo haber estudiado la primaria y finalizar mi bachillerato. Entonces, la idea era que mi papá me pagara los estudios universitarios, pero no me ayudó. Así que la única opción que tenía era el Ejército porque dije, ya no voy a buscar más a mi papá, ya no voy a depender de él. No había otra opción, o era irme para el Ejército o irme a trabajar con los Paramilitares, porque era lo que daba plata. Por otro lado, ponerme a trabajar pasando drogas, porque eso es el fan allá en el Urabá. Era lo más normal.

Tuve que sacrificar mis ganas de estudiar y de contar historias de mi país por medio de una cámara, todo por llevar algo de plata a la casa y porque ahí me ofrecían la posibilidad de pensionarme en veinte años, tiempo suficiente para conseguir el dinero para ampliar el rancho.

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Doña Mary recuerda que llegó un canal de televisión regional buscando los mejores estudiantes, empezó a trabajar con ellos, lo mandaban con una cámara para grabar lo que hacían, lo cotidiano, contando historias.

  • Se lo llevaban por las veredas. Una vez se lo llevaron como por cuatro días. Y me dice:
  • Viera mami el palacio donde me llevaron a hacer la grabación, ese señor vive en la selva pero nadie se imagina en el castillo que vive.

Faner contento le dice que le ofreció trabajo.

  • Si voy a trabajar allá y con cuatro meses de sueldo le hago a esta casa segundo piso
  • Le digo, haciendo qué. Y me responde
  • lo que hago: grabar, el señor me dijo que para la edad que tengo le parecí una persona muy seria, muy responsable, que soy muy respetuoso; que me vaya para allá que él me da trabajo, que me va a pagar mucha plata.
  • Me quedé mirándolo y le dije: vea en primer lugar usted no se va a ir, segundo yo prefiero que este rancho se me caiga en la cabeza. Usted sabe lo que le va a pasar, me dice que va a venir cada quince días, pero no, mejor dicho usted se va para allá y es la última vez que nos vemos. Yo lo crié para que sea un hombre de bien, le sirva a la sociedad, no para que vaya a cuidarle el sueldo a otro.

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Muchos jóvenes dejan sus sueños, asumen que no verán a su familia y amigos en meses, porque no hay más alternativa. Buscan refugio en la Institución porque les ofrece estabilidad, porque saben que en poco tiempo cumplen el sueño de regalarle la casa a su mamá. De que no les va a faltar nada. Si ellos mueren, no será en vano todo lo sacrificado, porque sencillamente todo le queda a las familias. “El ingreso al Ejército implica, en los discursos de los entrevistados, elegir lo que ellos definen como legalidad: trabajar en una institución que da un salario cumplidamente, que permite que las familias, en caso de muerte del soldado, lloren a sus muertos.” (Forero. 2017)

Cuando haces parte del Ejército te conviertes en otro personaje. Ya no eres el campesino, ya no haces parte de ese grupo, ahora se convierte en un protector del civil. Y no es necesario que lo diga, el armamento, el uniforme, hacer parte de un pelotón, de una escuadrilla, habla por sí sola, no necesita presentarse, ya la gente reconoce quién es.

“Pero un combatiente no se forma con el simple hecho de lucir las indumentarias específicas de la guerra, el hábito por sí solo no hace al monje. Por un lado, porque no basta con usar las prendas que lo distinguen del civil, hay que llevarlo con el donaire del combatiente, con el gesto del soldado, con el poderío del guerrero. Por el otro, porque es a través del proceso identificatorio con el colectivo que el uniforme adquiere un papel significativo en la formación de cada combatiente; se trata en ambos casos de un proceso que requiere de cierta interiorización de los rasgos contenidos por las prendas.” (Aranguren. 2007) No solo los soldados llevan con orgullo su uniforme, también los grupos al margen de la ley, ellos sienten el poder cuando llevan el camuflado y dejan claro en la comunidad quiénes son y qué llegaron hacer en ese lugar.

En el libro de Patricia Lara, Las mujeres en la Guerra, entrevista a Liliana López, alias Olga Lucía Marín, comandante de las FARC, quien aseguró en la página 120 del libro: “A mí realmente no me llaman la atención las armas. Yo tengo claro que estoy en la lucha armada porque es una necesidad para el país. Es que si uno no tiene eso claro, no aguanta, son muchos los compañeros que mueren, es mucha la gente que uno quiere que desaparece, es mucha la falta que le hacen a uno los hijos y la familia.”

Las armas generan poder, quien la tiene intimida, obliga a que el diálogo sea más complejo. Habla por sí sola, por esta razón, como asegura Aranguren: “Desarmar al enemigo equivale a su desarticulación, a su aplacamiento, al destrozo, a la derrota, a la destrucción. En medio de los sinónimos, el desarme dice de la importancia del arma, es una pieza incorporada, garantía de la supervivencia, artefacto que media en la destrucción del enemigo y también signo de poder. El arma reviste al cuerpo del guerrero con la facultad de la destrucción, lo envuelve de poderío, magnifica sus fuerzas” (Aranguren. 2007)

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Cuando uno está en el Ejército tiene una misión clara: Proteger el pueblo, las comunidades, campesinos y defender la soberanía del Estado. Por consiguiente todo el que atente contra esos objetivos de defensa ya es enemigo. Pero si ese enemigo se rinde, entrega las armas, automáticamente deja de serlo y se convierte en un ciudadano más al que hay que proteger.

Yo he compartido con muchos exguerrilleros en talleres de Paz y Reconciliación, donde he tenido la oportunidad de hablar con ellos y he conocido ese lado humano que también tienen.

A los guerrilleros que siguen activos, no los considero enemigos, pero si personas de las que tengo que cuidarme, porque yo ahora soy un civil más para la sociedad pero para ellos no. Si a mi me coge la guerrilla y saben que fui militar, de inmediato me convierto en objetivo militar para ellos y sin pensarlo me asesinan o me secuestran. Son una amenaza de la que tengo que cuidarme.

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Mary se levanta del sofá que comparte con Faner, regresa con un saco rosado delgado, cubriéndole sus pequeños brazos.

Después de un silencio me enseña algunas fotografías, cuando Faner se graduó de bachiller, con el uniforme de soldado, con la profesora del bachillerato, con el director de curso. Fotografías que los llena de orgullo.

  • Faner siempre ha sido muy hogareño. Siempre ha pensado en el bienestar de su hermana y en el mío. Yo le agradezco a Dios este hijo tan bueno que me dio y ruego porque me lo deje muchos años más a mi lado. Yo vivo feliz aquí con él. Siempre se preocupa por los demás. Pero también es muy independiente. Cuando era niño se me escapaba a la quebrada que quedaba junto a nuestra casa, él se crió en el campo, entre gallinas y vacas. Yo pensé que iba a estudiar algo de agricultura, pero no, a él lo que le gustó fue la comunicación, trabajar con la comunidad.

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En la rutina del soldado no tienen tiempo para pensar en la familia, no hay más amigos. Aquí lo que hay es hermandad, el que lo acompaña en esta travesía se convierte en su hermano, con él se comparten miedos y sueños.

El día de la mina, mis compañeros se quedaron allá en la selva y a mí me sacaron y no supe más, no sé si murieron, si quedaron vivos. Hace poco, unos tres meses estaba en una cita médica en el batallón de sanidad y vi a mi Comandante Teniente; en ese tiempo cuando estaba con los otros allá era Subteniente y ahora es Capitán. Él ni siquiera supo quién era yo, ni se acordó, ni me reconoció, nada de nada. Yo si lo vi y me acordé, lo miré y les vi las insignias de Capitán. Me llamaron para que entrara a la cita médica, entonces entré y cuando salí ya no estaba. Entonces uno sale de allá y se olvidan.

Pienso que muchos de los casos son parecidos al mío, nosotros salimos de allí, y se olvidan de nosotros. Ya no se es importante para el Ejército; es importante mientras está bien, mientras puede ascender, mientras puede seguir. Uno sale de allá y se acaba la historia es como un desafío.

La gente no se imagina la cantidad de historias que hay en el Ejército, pero no hay nadie que las cuente, no existe esa voz. Sí se puede generar memoria histórica por medio del ejercicio de narrar sus vivencias antes, durante y después de su paso por la Fuerzas Armadas; pero  no es sencillo, de alguna manera silencian algunos compañeros, porque muchos fueron retirados de una manera injusta, y sé de casos que no los pensionaron, no les quieren dar la pensión. Entonces a los altos mandos no les conviene que hablen, porque van a hablar feo o van a decir cosas feas del Ejército. Entonces por eso también tratan de silenciarlos.

Yo conté con suerte y le debo mucho a la Institución. De hecho, me gustaría trabajar en comunicaciones con ellos y aportarles todos los conocimientos que he obtenido durante mi carrera profesional. Veremos si lo puedo lograr.

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En el libro de Patricia Lara, Las mujeres en la Guerra, Liliana López, alias Olga Lucía Marín, Comandante de las FARC, dice sobre el tema del sacrificio en la página 120 del libro que: “No es cierto que los revolucionarios no queramos a nuestras familias, como dicen. Lo que pasa es que nos mantenemos alejados de ellas para no involucrarlas, para no perjudicarlas. Ellas no tienen la culpa de que hayamos emprendido esta lucha. A mí por ejemplo, me encantaría estar cerca de mi mamá, dialogar con ella. Ya tiene 79 años. Pero es mejor que esté tranquila y que yo no la comprometa. Por estos sacrificios tan grandes que a uno le toca hacer, si no se está convencido de la necesidad de la lucha, se desmoraliza.”

No se evidencian grandes diferencias entre los dos combatientes que tiene nuestro país. En las dos partes se puede ver la importancia de sacrificar tiempo con familia y amigos por dedicarle todo a una causa, a lo que se cree. En los dos casos se pierden compañeros, amigos, hermanos; deben comer cualquier cosa en el monte, deben cargar grandes toneladas en su equipo, deben tener un uniforme que los representa y los diferencia de la población, deben caminar largas jornadas, sin importar el clima que esté haciendo, deben defender al desprotegido, deben pasar días, meses, años, sin ver a sus hijos, esposas, madres, padres, deben tener poca comunicación con ellos y sobre todo deben estar seguros que el día que abrieron los ojos, puede ser el último que vivan.

Referencias

Entrevista Faner Estiben Domínguez González. 28 de octubre 2019. 14 de febrero 2020.

Entrevista Mary González. 14 de febrero 2020.

Aranguren Romero, Juan Pablo. Construcción de un combatiente o el desdibujamiento del sujeto en la guerra. Marague. No. 21. Departamento de Antropología, Facultad Ciencias Humanas. Universidad Nacional de Colombia. Página 243. 2007.

Bejarano, Eduardo. Minas Antipersona, su relación con el conflicto armado y la producción de Narcóticos en Colombia. Revista Ópera. No.10 pág. 263. 2010. Recuperado de: revistas.uexternado.edu.co

Forero Angel, Ana María. 2017. “El Ejército Nacional de Colombia y sus heridas: una aproximación a las narrativas militares de dolor y desilusión”. Antípoda. Revista de Antropología y Arqueología 29: 41-61. Doi: https://dx.doi.org/10.7440/antipoda29.2017.02 Artículo recibido: 31 de enero de 2017; aceptado: 5 de junio de 2017; modificado: 03 de julio de 2017

Lara Patricia. Las Mujeres en la Guerra. Editorial Planeta. 2000. Páginas 309.

Víctimas de Minas Antipersonales y Municiones sin Explosionar. Gobierno de Colombia. http://www.accioncontraminas.gov.co/estadisticas/Paginas/victimas-minas-antipersonal.aspx

Una breve historia sobre las minas antipersonas. 2018. El Comercio. Tecnología y Ciencias. https://elcomercio.pe/tecnologia/breve-historia-minas-antipersonas-noticia-572365-noticia/?ref=ecr

Las narrativas de los conflictos y la construcción de un enfoque de la seguridad humana. Análisis crítico del caso Colombia. Érika María Rodríguez. Universidad Autónoma de Madrid. 2009.

http://www.scielo.org.co/pdf/recs/n3/n3a07.pdf

Fundación Tejido Humano.  http://www.tejidohumano.org/

*Foto: Diana Socha Hernández

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