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COVID-19: EL INVITADO QUE LLEGÓ Y NO SE QUIERE IR DE LA POLÍTICA ESTADOUNIDENSE

Mario Aller San Millán, docente de la Escuela de Política y Relaciones Internacionales de La Sergio, analiza el panorama de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, en el marco de la lucha frente a la COVID-19.

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Por: Mario Aller San Millán
Docente de la Escuela de Política y Relaciones Internacionales

Los Estados Unidos de América es un país excepcional. Así se define desde dentro y así lo hemos visto desde fuera. Política y socialmente estable durante décadas, árbitro y guía del mundo desde la caída de la Unión Soviética. Por tanto, la actual situación no debería ser diferente.

Hasta hace un mes todo parecía normal, “business as usual”. Con un crecimiento económico del 4%, se podía contar con la reelección del presidente en ejercicio, Donald Trump. Pero, algo ha pasado.

Aunque del impeachment salió victorioso, su credibilidad quedó un tanto afectada. Luego, Trump cosechó los frutos de una política exterior errática, que comenzó el año con el “asesinato” del general iraní, Qasem Soleimani, un hecho censurado por propios y extraños.

Si bien generalmente se habla de que si Estados Unidos tose, el mundo recibe un resfriado, en esta ocasión se han alterado los términos. Fue primero el mundo quien tosió, empezando por China -su actual gran rival- y luego por Europa, quizás su antiguo mejor amigo. Ahora, es el turno de Estados Unidos de pescar, no un resfriado, sino la gripa.

La economía de Estados Unidos se halla a las puertas de una recesión, la mayor que se recuerda desde la Gran Depresión de 1929. Sus legisladores han empezado aprobando un gigantesco paquete de estímulo, con la idea en mente de que este país sigue liderando.

La aparición en escena de la COVID-19 ha tirado al traste los planes de todo el planeta. En Estados Unidos Joe Biden, otrora vicepresidente de Obama, también ve sus planes enlodados y sin poder avanzar. Si bien era ya el favorito para la nominación demócrata, está ahora resguardado en su casa para cumplir con las recomendaciones de aislamiento y se enfrenta a un escenario complejo, de cara a las elecciones presidenciales.

Aunque su mayor rival por la nominación, Bernie Sanders, se ha retirado de la carrera, no tiene fácil el camino, pues la diferencia entre ambos y sus candidaturas es notable. Joe Biden representa la tradición del Partido Demócrata, la estabilidad, mientras que Bernie Sanders representa la provocación, la ruptura con las máximas del Partido, por otras mucho más progresistas, [cuasi-]socialistas –palabra aún tabú para la sociedad estadounidense–.

¿Qué hará Biden? Esa es la pregunta por responder. Ante un Donald Trump crecido, que se refiere a sí mismo como “un presidente de guerra”, tendrá que luchar por ser lo suficientemente atractivo para los votantes de Sanders. La tarea no parece fácil.

El 60% de los votantes de Sanders, según una encuesta de Wall Street Journal del mes de febrero, aseguró tener serias dudas sobre Biden como candidato, mientras que solo un 7% se decía estar “feliz” en el hipotético caso de tener que apoyar a Biden. Frente a estos números, en contraste, un 55% de los seguidores de Joe Biden declaraba que apoyaría “con ganas” a Bernie Sanders si era el nominado.

Esto es una ruptura dentro del Partido Demócrata, ya que, a pesar de que Sanders ha dicho desde un comienzo que apoyaría a cualquiera que fuese contra Trump, sus seguidores no opinan lo mismo. Cuando se retiró de la candidatura, Bernie Sanders glosó a Biden como un hombre decente con el que quería trabajar estrechamente para avanzar en los objetivos que expresó durante su campaña: expulsar a Trump de la Casa Blanca y avanzar en un ideario progresista para el país.

Pese a los lúgubres pronósticos que muestra la mortalidad actual de la COVID-19 en el país, nadie aún ha mencionado seriamente la posibilidad de aplazar las elecciones. En esta campaña electoral que, entonces, continúa, la decencia –cualidad que Sanders endosó a Biden–, parece que se convertirá en la palabra de moda de los demócratas en lo que queda hasta el 3 de noviembre, fecha de la cita electoral.

Precisamente, la decencia es el adjetivo que más define a Joe Biden en su biografía, publicada por el Washington Post, desde que en 1972 llegó al Senado. Si desde antes de la llegada del coronavirus ya parecía el caballo ganador en la carrera para acabar con la presidencia de Donald Trump, ahora más que nunca Biden se manifiesta como el “reconstructor” de una nación rota en sus valores internos y en su prestigio exterior por los estragos causados por el actual presidente. Esta será entonces la estrategia demócrata, anunciar la posibilidad de una vuelta a la normalidad, cuando Estados Unidos era el que tosía y el resto, los que se resfriaban.

Mientras tanto, en el lado republicano del cuadrilátero, el presidente Donald Trump se quiere mostrar capaz y activo ante el foráneo coronavirus que le ha declarado la guerra y esto es importante porque un enemigo externo es un aglutinador social extraordinario en tiempos de crisis. Con su control del ciclo informativo mediante extensas ruedas de prensa, goza ahora mismo de un nivel de popularidad que ha vuelto a sus máximos niveles desde que llegó a la Casa Blanca.

Noviembre parece lejos, pero no nos aburriremos hasta entonces. Estaremos entretenidos con una carrera de dos septuagenarios que, de acuerdo con las recomendaciones de todas las autoridades sanitarias, deberían quedarse en casa.


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