Hay reconocimientos que llegan cargados de significado doble. El que el Ministerio de Educación Nacional otorgó recientemente a la Universidad Sergio Arboleda —la mención especial “Universidad que Inspira” por su liderazgo institucional en inclusión educativa— es uno de ellos. Para Olga Victoria Ruiz Mancera, directora de la Dirección de Inclusión y Equidad Social, este galardón no es solo un logro institucional: es también una historia personal.

Ruiz Mancera es egresada del programa de Derecho de La Sergio. Las mismas aulas donde aprendió a leer las estructuras del poder, a identificar barreras y a entender la equidad como una exigencia jurídica, son hoy el escenario desde el que lidera uno de los procesos más transformadores de la Universidad. Esa coincidencia no es menor.

Una convicción, no un programa

Desde que asumió la dirección, Olga Victoria impulsó un cambio de enfoque: la inclusión no podía seguir siendo un esfuerzo puntual o una política de papel. Debía convertirse en la forma en que la comunidad universitaria convive, enseña y aprende.

Para lograrlo, fortaleció las rutas de atención a estudiantes con diversidades funcionales, promovió la formación permanente de docentes y personal administrativo, impulsó ajustes razonables en los procesos académicos y abrió espacios sostenidos de diálogo y sensibilización. Pero la pieza clave de este engranaje tiene nombre propio: Mónica Gissela Castro Galindo, coordinadora de Inclusión e Interculturalidad y egresada del programa de Psicología de La Sergio, a quien Olga reconoce sin dudar como el alma del proceso.

“Mónica le ha puesto el alma a este proyecto y sus aportes han sido determinantes”, afirma la directora.

Castro Galindo, desde su formación psicológica y su especialización en educación con enfoque inclusivo, tradujo esa visión en acciones concretas: acompañamiento biopsicosocial individualizado, planes de apoyo personalizados, seguimiento psicológico continuo y trabajo articulado con familias. Su mirada humanista e interdisciplinar —forjada también en estas mismas aulas— resultó complementaria e indispensable.

El derecho vivido, no solo argumentado

La formación jurídica de quien hoy es la directora de Inclusión y Equidad Social explica, en buena medida, la solidez conceptual con la que abordó el proceso. Desde el derecho aprendió a no conformarse con reconocer derechos en el papel: entendió que garantizarlos implica construir condiciones reales, sostenibles y dignas para que todas las personas puedan participar, desarrollarse y ejercer su autonomía en igualdad de oportunidades.

Pero esa mirada jurídica encontró en La Sergio un complemento que no esperaba encontrar en un aula de clases. “El humanismo cristiano que caracteriza a la Universidad enriqueció profundamente esa perspectiva”, señala. Aquí aprendió que el derecho también se vive: en la forma de escuchar, de acompañar, de construir comunidad.

Los cambios que sí se ven

El impacto del trabajo liderado por Victoria se percibe en múltiples capas de la vida universitaria. El programa USAPI —eje central de la estrategia de inclusión— ganó visibilidad orgánica dentro de la comunidad. Hoy, los estudiantes llegan a buscar acompañamiento porque un compañero los orientó, porque escucharon que desde allí podían recibir ayuda. Esa voz a voz habla de confianza construida, no de campañas diseñadas.

Las escuelas —es decir, las facultades— también cambiaron. Hoy identifican con mayor claridad a estudiantes con discapacidad y diversidad funcional, y articulan su acompañamiento con el de la Dirección, lo que ha permitido respuestas más oportunas y coordinadas. Las familias participan más, se acercan, preguntan, y en muchos casos, simplemente llegan a agradecer.

A esos cambios visibles se suman otros más sutiles, pero igual de significativos: el equipo aprendió Lengua de Señas Colombiana básica para poder saludar, deletrear, iniciar un acercamiento con estudiantes sordos. “Son gestos sencillos que abren puertas y reducen barreras”, como lo describen desde la dirección. Se desarrollaron ciclos de talleres de sensibilización sobre diversidades funcionales, espacios de reflexión que fueron cambiando la cultura desde adentro.

Castro Galindo, quien observó de cerca esta transformación, lo resume así: “La inclusión se vive en la cotidianidad cuando el estudiante se siente comprendido, tiene herramientas para participar activamente y encuentra una comunidad que valida su identidad.”

Un reconocimiento que obliga

Para Ruiz Mancera, la mención del Ministerio no cierra un ciclo: lo abre. La meta ahora es que el modelo construido en La Sergio pueda convertirse en referente para otras instituciones de educación superior del país. Que lo que aquí se aprendió pueda transferirse, replicarse y servir de guía.

El mensaje que deja para los estudiantes de la institución que la formó es coherente con todo su recorrido: “Ser profesional implica mucho más que ejercer un conocimiento técnico. Significa comprender que cada decisión tiene un impacto en la vida de otras personas y, por esto, deben ejercer su profesión con sensibilidad, con responsabilidad social y con la convicción de que el conocimiento debe estar al servicio de la dignidad humana.”

Una egresada que volvió a La Sergio no a ocupar un cargo, sino a transformarla desde adentro. Ese es, quizás, el verdadero reconocimiento.


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