Los más estudiosos dirán que, en algún momento entre los siglos XVIII y XIX, pescadores de Perú y Ecuador cada cierto número de años le daban la bienvenida a la visita del Niño Dios. Durante sus jornadas en épocas navideñas notaban que las corrientes de agua eran más cálidas y eso coincidía con una menor abundancia de peces. Decían entonces que era tiempo de “El Niño”, un nombre nacido de la tradición popular que, años después, sería adoptado por la ciencia para designar uno de los fenómenos de variabilidad climatica más influyentes del planeta.

El fenómeno de El Niño-Oscilación del Sur (ENOS, por sus siglas en español) ocurre cada dos a siete años y corresponde a una alteración en la forma en que el océano y la atmósfera intercambian energía en el Pacífico tropical. Cuando los vientos alisios, que empujan las aguas cálidas superficiales hacia Indonesia y Australia, se debilitan, parte de esa agua acumulada se desplaza hacia el centro y el este del océano. Esto modifica los patrones de lluvia en distintas regiones del planeta. En las costas del pacífico latinoamericano, como la de Colombia, su efecto suele tener mayor intensidad entre noviembre y enero, y se manifiesta en periodos de sequía, aumento de las temperaturas, mayor riesgo de incendios forestales y una disminución del afloramiento de aguas frías ricas en nutrientes. Al reducirse estos nutrientes, disminuye la productividad del océano y, con ella, la abundancia de peces que durante siglos observaron los pescadores de las costas de Perú y Ecuador.

Este año son muchas las alarmas que se alzan en cuanto a la intensidad del Fenómeno de “El Niño” que se avecina. Las categorías de los titulares saltan desde una intensidad “moderada” a “fuerte” hasta un “Súper Niño” o incluso “El Niño Godzilla” elevando la angustia. Para aclarar las dudas y los nervios, hablamos con el Dr Alejandro Casallas, investigador del Instituto de Estudios y Servicios Ambientales IDEASA, de la Universidad Sergio Arboleda, doctor en Física Atmosférica quien recibe nuestra llamada desde el Instituto de Ciencia y Tecnología de Austria, donde realiza su estancia postdoctoral. “Sabemos que es muy posible que se produzca un evento Niño, pero estamos en un momento en el que es difícil estar seguros de su intensidad”. Casallas aclara que si bien organismos internacionales como la Organización Metereológica Mundial (OMM) emiten informes sobre las probabilidades de que ocurra un fenómeno del niño fuerte, aún existe mucha incertidumbre.

La alta probabilidad de un evento de El Niño no significa que los científicos puedan predecir el futuro con total certeza. “El sistema climático es el ejemplo perfecto de un sistema caótico. Un cambio mínimo en las condiciones iniciales de un modelo puede generar una evolución completamente diferente”, explica Casallas. Por ello, centros como el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (ECMWF) ejecutan múltiples simulaciones de manera simultánea y analizan cómo evolucionan en conjunto. Este enfoque, conocido como ensamble de modelos, permite identificar los escenarios más probables y cuantificar la incertidumbre. A ello se suma que actualmente estamos saliendo de la llamada barrera de predictibilidad de primavera, una etapa en la que la habilidad de los modelos para anticipar la evolución de El Niño suele reducirse. Como resultado, los pronósticos emitidos durante los próximos meses tenderán a ser más confiables que los realizados a comienzos de año.

Más allá de las proyecciones, el verdadero valor de estos pronósticos radica en la posibilidad de actuar con anticipación. Desde las instituciones hasta los hogares, medidas tan simples como promover el uso eficiente del agua, fortalecer el monitoreo de fuentes hídricas, prepararse para una eventual temporada de incendios forestales o mantenerse informado a través de fuentes oficiales pueden marcar una diferencia significativa. Como señala Casallas, “es bueno que se tengan en cuenta estos pronósticos para que, en caso de que ocurra, un país como el nuestro se pueda preparar, pero no logramos nada siendo alarmistas”. La clave no está en asumir que el escenario más extremo ocurrirá, sino en aprovechar el tiempo disponible para reducir riesgos y tomar decisiones informadas.


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