
Por: César Augusto Niño
PHD, egresado de Política y Relaciones Internacionales. Profesor asociado de Relaciones Internacionales de la Universidad de La Salle.
El país está lejos de una sana democracia y más cerca de una anocracia, la cual tiene que ver con un régimen político lleno de inestabilidad, ineficiencia en lo medular, tintes autoritarios y pinceladas democráticas. En otras palabras, el país pervive a pesar de sus propios pesares.
Colombia se encuentra en un momento crítico, la altura del debate es baja y la preocupación de los candidatos no se centra en las masacres cada vez más recurrentes, el futuro del Acuerdo de Paz, ni la ratificación del Acuerdo de Escazú, así como la educación y las relaciones internacionales, temas que han tomado protagonismo durante los últimos años.
En todo caso, hay una postura homogénea de los candidatos: son pandos, llenos de espacios comunes, viscerales y mediocres, un diagnóstico de una democracia defectuosa, tal y como lo señaló la revista The Economist. Tenemos candidatos con un amplio acervo dogmático, que buscan evangelizar políticamente a la ciudadanía, ya no hay toma de decisiones con base en reflexiones profundas y evidencias, no hay políticos que entiendan al estado y mucho menos, que comprendan las dinámicas territoriales y sociales de una nación fracturada. Ninguno está a la altura de las circunstancias nacionales y globales.
Recientemente, los candidatos hablaron sobre la necesidad de hacer “un acuerdo sobre lo fundamental“, sin embargo, vivimos en un lugar donde los relativismos son peligrosos y la historia nacional ha girado sobre antagonismos políticos y sociales. Un sistema binario de buenos y malos, de legitimar acciones violentas que anulen a quien piense distinto. Todos los candidatos se han alimentado de la falta de acuerdos y de la esquiva noción de lo fundamental. Que no haya acuerdos ni sepamos qué es lo fundamental es delicado y nos empantana en un oscurantismo social.
¿Es fundamental que no haya pobreza?, ¿es fundamental que no nos matemos?, ¿es fundamental que haya educación para todos?, seguramente la respuesta a todo esto, es un rotundo sí. Por tanto, si sabemos qué es lo fundamental, podemos reconocer lo que hay que cambiar, pero ¿por qué razón esto no sucede? Probablemente, el problema de lo fundamental es que se sigue pensando que hay que cambiar al otro y que el otro cambie por mí, cuando lo importante es volverse a preguntar quiénes somos y por qué hacemos lo que solemos hacer, por qué se piensa que lo bueno está en el cielo y lo malo en el infierno, bajo tierra.
Lo crucial en Colombia no parece estar en la agenda política actual, ni en las campañas electorales de 2022. Ninguno tiene en el radar un programa verosímil de política exterior, más allá de un discurso rancio sobre Venezuela. Tampoco hay un plan sobre la educación, ni sobre cómo superar la violencia, mucho menos, sobre definir la seguridad en sus administraciones. En sus proyectos no se visibilizan iniciativas para implementar el Acuerdo de Paz, y evitar un tercer ciclo de violencia que ya ha comenzado.
Por otro lado, es necesario desparroquializar la idea del mundo que tiene la Cancillería, y generar acercamientos con naciones de África o a Asia Central. Ahora bien, cómo hacer una eficiente transición energética para reducir la contaminación, cómo repensar el consumo de drogas para combatir al narcotráfico y repensar la noción de seguridad a la colombiana, son temas de naturaleza urgente.
Aunque parezca un panorama oscuro y pesimista, aún nos queda el voto, un instrumento capaz de legitimar programas y deslegitimar fenómenos. Pero para que eso se cumpla, el país requiere de ciudadanos más políticos que puedan cuestionarlo todo, ciudadanos que incomoden, que pregunten y que duden. Votar va más por la confianza en la solución de problemas que en el dogma y el mesianismo de un candidato. La política debe volver a las verdades demostrables.
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