
CAPITULO 1
Versículo 1 Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος, καὶ ὁ Λόγος ἦν πρὸς τὸν Θεόν, καὶΘεὸς ἦν ὁ Λόγος.
En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.
Así comienza la traducción del Evangelio según San Juan realizada, en parte, por el profesor Mariano Juan Escobar. Su apasionamiento por las letras, por el aprendizaje y por el griego y el latín lo llevaron a investigar, promover y enseñar más sobre estos mapas lingüísticos sin los cuales sería imposible llevar a buen puerto una navegación a través de la historia y del pensamiento occidentales.
Marianito, como fue siempre conocido en la Escuela de Filosofía y Humanidades de la Universidad Sergio Arboleda, fue un pilar fundamental para la formación holística de los estudiantes sergistas interesados en la cultura grecolatina y, en general, en las humanidades.
El profesor Jaime Páez, quien fue su estudiante y hoy es docente de la Escuela, recuerda especialmente una anécdota que ejemplifica el don de servicio que siempre acompañó al maestro Marianito: “en una ocasión yo no tenía en dónde dejar mi carro y se lo comenté de manera desprevenida. Él me dijo que podía dejarlo en su casa, que no habría problema alguno, ante lo cual, agradecido, asentí. Ese día parqueé y, cuando me iba a ir, salió el profesor Marianito con unas llaves en la mano dispuesto a dármelas. Yo estaba ruborizado por la generosidad del profesor, me quería ofrecer las llaves de su casa para que no tuviera inconvenientes con el movimiento del automóvil. Me negué a recibirlas, pero él insistió con las siguientes palabras: no te preocupes, toma las llaves que esta es tu casa, de hoy en adelante es tu casa”.
Otra de las muchas anécdotas sergistas con el inolvidable docente nacido en Puebla, México, es la que cuenta la profesora Gloria Robledo, quien también fue su estudiante y recuerda vivamente una historia que compartió con Marianito: “él, en los últimos tiempos, tenía grandes problemas de escucha. Ante esto yo le pregunté si alguna vez había comprado unos audífonos para mejorar dicha condición, a lo cual me respondió que había tenido unos, pero su calidad era baja y no podía escuchar bien. También había recurrido a la EPS, pero no había tenido éxito en su petición de ayuda. Con base en ello, le propuse que hiciéramos una tutela, en la cual yo le asesoría completamente, la cual se llevó cabo de manera efectiva con un saldo positivo: la EPS debía darle unos audífonos especiales al profesor. El día en que fuimos a hacer los trámites necesarios, recogí a Marianito y el, con lágrimas en las mejillas, me dijo: Gracias Gloria, me has sacado de un acuario. Yo vivo como si estuviera en un acuario y veo que la gente habla pero yo no entiendo nada. Con los audífonos podré estar conectado de nuevo con el mundo y ver televisión con mi esposa sin molestarla por el nivel de volumen.”
El doctor Mariano Juan Escobar era un hombre santo y sabio, recuerda el profesor Francisco José Tamayo, también discípulo del docente: “corría el año 1998, en pleno comienzo del Mundial de Fútbol de Francia y, por motivos de horarios, debido a que estaba cumpliendo una jornada laboral muy estricta, tuve que hablar con él para ponerme de acuerdo y hacer los exámenes de Latín y Griego que debía presentar en el cierre de semestre. El doctor Marianito me dijo: ven a mi casa y aquí los haces, pues tengo que calificar muchísimo. Así las cosas, me recibió en su casa, donde hice los mencionados exámenes rodeado por la inmensa biblioteca que él tenía. Una vez terminadas las pruebas, me mostró sus libros predilectos y terminamos hablando de la Segunda Guerra Mundial. El doctor Marianito me contó que en 1945 estaba en Japón, disfrutando de una beca que se había ganado como profesor de lenguas clásicas. Allí pudo ver, in situ, los destrozos causados en Hiroshima y Nagasaki, ciudades borradas del mapa por las bombas atómicas lanzadas en ese año. Recuerdo como si fuera ayer el silencio profundo que guardó y las palabras que me compartió cuando le pregunté por lo que más le había impactado de esa experiencia: la verdad –me dijo en tono sereno-, en Japón conocí la grandeza infinita de Dios y la pequeñez de algunos hombres.”
Mariano Juan Escobar fue un hombre bueno, culto, cercano y Maestro por encima de todo, que irradió conocimiento y calidez en donde estuvo, llenando de Humanismo el espíritu de generaciones enteras de filósofos y licenciados sergistas, quienes hoy lo despiden con afecto: ¡Muchas gracias por todo, querido doctor Marianito; siempre lo llevaremos en nuestros corazones!

