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Actualmente, Colombia se destaca como potencia musical. Nuestros artistas están cruzando todas las fronteras de este globo para llevar, a diversos escenarios, nuestra impronta sonora. Los colombianos somos música. Seamos costeños, santandereanos, paisas, vallecaucanos, rolos, llaneros, pastusos, boyacenses, opitas o indígenas, la música hace parte de nuestro diario vivir. En nuestros primeros años, las nanas, las fábulas y verdades de Rafael Pombo y los cantos de juego fueron cruciales. Para quien nace en Colombia, un Rin Rin Renacuajo es ejemplo de lo que no se debe hacer. La obediencia y el cumplimiento por el deber están inmersos en una fábula cantada. Fábula que varios recordamos como tesoro invaluable de esa infancia.

En nuestra adolescencia, dependiendo del gusto, pudo existir un vallenato, una balada, una canción de rock que contuvo la clave de ese primer beso. Es más, una canción también puede hacer rememorar aquellos éxitos o fracasos de nuestros primeros, e incluso últimos, amores. Ya en la adultez, tal vez por la falta de tiempo propio de esta etapa, conectamos nuestras mentes a sonidos por medio de unos audífonos que nos hacen escapar del estrés cotidiano.

Parece que en Colombia la música es entrada y salida. Ingreso a un universo de posibilidades y emociones. Escapatoria de un mundo que intenta abrumarnos. Los colombianos somos música, somos ritmo; somos una melodía que intenta hallar armonía. Por esto, todas las posibilidades musicales, todos los géneros, todas las formas nos son cercanas. La sonata, como género y como forma de lo denominado barroco, también nos pertenece; puede que no históricamente, pero sí vivencialmente.

Queremos, por tanto, que, de la mano de nuestro Director de Investigaciones de la Escuela de Artes y Música, el maestro David Leal, conozcas un poco más de las sonatas colombianas y percibas cómo nuestra forma de representar la música clásica y barroca se funda en combinar la rigidez y estructura europea con la flexibilidad y ligereza propia de nuestra esencia colombiana.


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