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LA NUEVA NORMALIDAD SE LOGRA CON EFICIENCIA

Fernando Montaña Merino, docente de la Especialización en Comunicación Estratégica de la Universidad Sergio Arboleda y experto en publicidad, marketing y comunicación comercial, analizó el papel fundamental que jugará la eficiencia en los diferentes ámbitos de nuestra sociedad a raíz de la pandemia

Fernando Montaña Universidad Sergio Arboleda Especializacion en Comunicación Estratégica

A las imposiciones sociales ya existentes: tapabocas, lavado de manos, distanciamiento social, confinamiento, toque de queda y, en general, todo aquello que en opinión de los expertos contribuye a la preservación de nuestra especie humana, y que por fortuna han funcionado como medida de disminución de la propagación de la nefasta COVID-19, se suma una nueva, la eficiencia.

La salud humana ha sido objeto de preocupación de dirigentes religiosos, sociales, académicos, empresariales y políticos, solo por citar algunos, todos ellos asistidos de buenas intenciones. Y para fortuna nuestra, las buenas intenciones continúan con la eficiencia, esta nueva imposición vista como criterio de reposición y recuperación de lo perdido por la cuarentena.

Las industrias, los comercios, la cadena productiva, los actores del binomio oferta – demanda han visto cómo su tradicional dinámica se ha detenido o se ha ralentizado por la pandemia que nos azota a nivel global, generando pérdidas económicas, laborales, sociales y en consecuencia repercutiendo en la estabilidad familiar de la inmensa mayoría. Entonces, la crudeza de esta situación implica necesariamente abordar una realidad que no da espera y plantear una solución rápida, viable, económica y fundamentalmente incluyente. De todos para todos. Esto es eficiencia.

Eficiencia a todos los niveles y en todos los órdenes: familiar, social, político, académico, empresarial e incluso afectivo, porque la ruptura también ha incluido esta esfera. Por ello, debemos ver a la eficiencia desde lo simple, lo sencillo y lo práctico; desde la mirada de lo que va directa y rápidamente a la solución de la situación, sin procesos largos y complejos. Lo más difícil es hacer las cosas fáciles.

Eficiencia familiar. Démosle un giro positivo a nuestra manera de relacionarnos con nuestro núcleo primario. En lugar de mirar los comportamientos de los demás con el viejo prisma, utilicemos un nuevo punto de vista desprovisto de malas interpretaciones, malas intenciones y hagámoslo fácil haciendo uso de la tolerancia, el perdón y la comprensión. Ese comportamiento le da eficiencia a nuestra convivencia, la hace más dinámica, expedita y desde luego productiva. Todos aportan más, participan más y ganan más. La unión hace la fuerza en el componente primario de la sociedad. Abordemos la cotidianidad con esta óptica.

Eficiencia social. “Uno para todos y todos para uno”, como reza el conocido principio de los famosos tres mosqueteros, que en realidad eran cuatro: Atos, Portos, Dartañan y Aramis. Ellos luchaban por la justicia, entendida como el bienestar general. Este concepto, traído a nuestra inmediata realidad, se traduce en “yo me cuido, tú te cuidas, nosotros nos cuidamos” porque el virus no discrimina. La eficiencia social requiere autodisciplina, solo así le pondremos fin a este y a otros flagelos que nos aquejan.

En este contexto, la eficiencia es la unión por una causa común: disminuir o, mejor, derrotar la velocidad y la probabilidad de contagio y, una vez más, surge por un cambio de óptica, de comportamiento. No podemos esperar resultados diferentes si continuamos haciendo las mismas cosas.

Eficiencia académica. La trilogía academia-empresa-Estado debe ahora más que nunca levantarse y dar unánimemente un paso adelante para aportar eficiencia al sistema, al país. Desde la academia, propongo concentrar el esfuerzo y el conocimiento en todas las áreas que Colombia requiera, pero con una clara orientación hacia lo que ayude y contribuya, en el menor tiempo posible, a reponer y recuperar lo perdido, enfocados en soluciones y no en procesos largos de información periférica, pertinentes en momentos de expansión y no de contracción como el actual.

La academia debe constituirse en la fuente de nuevo conocimiento, en el insumo eficiente y eficaz para el gradual restablecimiento empresarial a pequeña, mediana y, con el tiempo, gran escala.

Eficiencia empresarial. La eficiencia, la nueva imposición, y el restablecimiento, la nueva posición, nos permitirán recuperar lo que ahora llamamos “la nueva normalidad”. Es un hecho que con el sector productivo en movimiento, y ojalá a plena capacidad, se restablecerá el normal funcionamiento social, pues es allí donde la gente podrá libremente y en justas condiciones satisfacer sus necesidades y deseos en la medida de sus propias capacidades. Y no necesariamente recurriendo a onerosas maniobras, como las crediticias, para tener y disfrutar lo básico y, por qué no, lo que no lo es tanto, lo suntuario, ya que al fin y al cabo es “con el sudor de su frente y no con la del de enfrente” con lo que tendrá derecho a ver retribuido su esfuerzo.

Eficiencia política. “Para qué lo hacemos fácil si lo podemos complicar”. Esta es una frase que pareciera reflejar la actitud y el comportamiento de quienes están llamados a generar las condiciones de libertad y orden para todos por igual, que predica nuestro escudo nacional. En este terreno político, la eficiencia debe ser entendida como la orientación y el apoyo que, a través de leyes, faciliten los trámites a los ciudadanos en el ejercicio de sus libertades; leyes que la misma sociedad debe concebir según sus necesidades y posteriormente avalar mediante la representación que otorga a los legisladores.


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