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TRUMP: UNA MIRADA ATRÁS EN EL TIEMPO

Donald Trump es un síntoma de estancamiento y de retorno al pasado en el siglo XXI. Trump es una sombra de tiempos pasados.

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El trayecto de Donald Trump desde la telerrealidad kitsch hasta el Despacho Oval puede considerarse sorprendente -por lo inesperado e improbable- pero no porque represente algo innovador en la política contemporánea. En este sentido, el fenómeno Trump conecta con algunas tradiciones políticas del siglo XX, incluso del siglo XIX. Así que lejos de significar un salto adelante, la presidencia de Donald Trump es un síntoma de estancamiento y de retorno al pasado en el siglo XXI. Trump es una sombra de tiempos pasados.

Una sombra en la que se ocultan a plena luz –en el eslogan de campaña ni más ni menos- el proteccionismo económico, el aislacionismo en política exterior, la carrera de armamentos y la descarnada competencia entre potencias, la xenofobia y el populismo de respuestas sencillas a problemas complejos, y la sustitución de los proyectos nacionales por la división y el conflicto permanente –bien sea político, económico o bélico- como movilizador del conjunto social. En el fondo, lo anterior se puede resumir con un Tendencias que dominaron la política y el pensamiento en la transición de los siglos XIX y XX y que condujeron al traumático colapso del orden mundial entre 1914 y 1949.

En medio de su combativa retórica –que ejemplifica la idea del “conflicto permanente” ya expresado-, con el lema de campaña antes aludido “Make America Great Again”-Hacer América grande otra vez o de nuevo-, Trump y sus asesores encontraron un mensaje tranquilizador para un sector de la población norteamericana y, sobre todo, un mensaje evocador. Un mensaje que remite a un pasado más sencillo e ideal –y por eso mismo, falso- al que regresar. La propuesta de Trump, por tanto, no es el mañana, es el ayer. Una ruta trazada a los Estados Unidos de las series de televisión de los años cincuenta del siglo XX. Una mirada platónica –en el sentido más superficial del adjetivo- a la América de Eisenhower o Truman, en la que se magnifican el crecimiento económico –de una economía industrial imposible en la actualidad- y la aparente cohesión identitaria de unos Estados Unidos blancos y anglosajones- y se obvian las tensiones raciales previas al movimiento por los Derechos Civiles o el miedo a la guerra nuclear con la Unión Soviética. En definitiva, un pasado inventado.

No obstante, esta política retro no es exclusiva de Trump ni de los Estados Unidos. Una determinada forma de revival político global se puede observar en la Rusia neozarista de Putin, en el esencialismo británico que se deslizaba alrededor del Brexit, en ciertos nacionalismos xenófobos europeos –del que Marine Le Pen en Francia es la cara más reconocible-, en el autoritarismo de Erdogan en Turquía o, incluso, en el yihadismo del Daesh –que se esfuerza por negar toda historia anterior y posterior al califato islámico-. Todas, respuestas convulsas a las incertidumbres de la Globalización, al desvanecimiento de la seguridad que ofrece la tradición y a la ansiedad que despierta el futuro. Básicamente, reacciones causadas por el miedo… al futuro.

Donald Trump no es tanto una anomalía como un arcaísmo. No es una rareza, pues forma parte de una tendencia más amplia. Es un síntoma de ciclos históricos y de ideas que vienen y van entre ayer, hoy y mañana. Nada desaparece y todo se recicla. La carrera política de Trump hasta el momento es eso: material reciclado, eso sí, con uso de redes sociales y mecanismos de comunicación del siglo XXI.

El fenómeno Trump, a pesar de su apariencia de novedad, es profundamente histórico, tan vinculado al pasado que, sólo desde el conocimiento de la Historia Contemporánea, se puede comprender de una manera plena. ¿Se atreve usted, querido lector, a formar parte de ese esfuerzo por comprender históricamente el mundo?

Miguel M. Benito
@mbenlaz
Departamento de Historia
Escuela de Filosofía y Humanidades
Universidad Sergio Arboleda

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