El filósofo Arthur Schopenhauer afirmaba que el silencio era el grito más fuerte. Una expresión que, como amante del pensamiento indio, la ironía y la contradicción, completaba con el proverbio que versa: cuando hables asegura que tus palabras sean mejores que el silencio. En un sentido, lo dicho refiere a que el silencio puede ser lo mejor que alguien exprese, bien por una imposibilidad propia o una circunstancial; en otro caso, puede ser un paso hacia la correcta presentación de nuestras ideas, aun cuando estas se conserven mejor al callar un instante o, tal vez, un tiempo mayor. Las ideas y actitudes silenciosas corresponden a hechos que emergen sin ruido, sin escándalo; también a un ritmo propio de la expresión verbal, musical o, en términos generales, artística: el silencio extiende nuestra percepción temporal, anima la respiración, anticipa el pensamiento y permite diferenciar entre la fealdad del ruido y la belleza del sonido.

Algunos recordamos que nos decían de niños: “lean mentalmente”. Una actividad que, al parecer, facilitaba la comprensión. Bien, es probable que sea algo más que la comprensión, en realidad la lectura silenciosa permite el diálogo con autores, personajes e ideas, y la libertad de imaginar, exigir y asumir un punto de vista ante la obra. En la escritura el silencio puede ser representado por espacios o… por estos puntos y otros signos que indican pausas, puentes gramático-temporales, como si fuese el silencio el nexo profundo entre signos y sonidos. Las manos también nos enseñan otros gestos del silencio: la palabra y el grito ahogados por la mano en la boca, la variación en el gesto al poner los dedos o las dos manos a fin de burlar una

palabra dicha o hacer hablar con ello a los ojos. El dedo índice que exige respeto, reverencia o solemnidad puesto sobre los labios es el acompañante común del “shhh”, sí, ¡la ruidosa onomatopeya del silencio! El lenguaje de signos es la mejor expresión del silencio hablante, de la articulación gramatical en gestos regulares; y es que el movimiento es justo eso: silencio en acción.

De otra parte, el valor social y religioso del silencio se ha vinculado al respeto por ciertos espacios y actos. La meditación al orar, el silencio en memoria de los fallecidos, los votos de silencio de las víctimas, las ofensas que se guardan o los amantes que prometen callar; el silencio en los hospitales, la Iglesia, los auditorios, el momento previo a una decisión… la noche y la sombra, o la interpretación evolutiva del peligro en la ausencia de ruido. El silencio también se impone y manipula, aunque no siempre al callar significa que se ignora. La obediencia ha sido confundida con el guardar silencio, pero este acto es distinto de callar o no tener nada que decir. También es cierto que en varios espacios sociales nos ha invadido el barroquismo del murmullo, la algarabía y el estruendo. El respeto y el silencio hace mucho que se separaron, y gorjear cualquier cosa está de moda: la ciencia era silenciosa, casi cómplice, la opinión era bulliciosa, imposible de oír, pero el gorjeo es un bla bla bla de la reciente social imposibilidad de mirarnos para hablar y, eventualmente, callar.

El silencio constituye la existencia humana, tanto como el espacio los cuerpos geométricos o los aromas y colores la memoria. No es la ausencia del sonido, al igual que el vacío no es la ausencia de la materia. El silencio es el lugar de las palabras y el pensamiento, la posibilidad misma de ordenar nuestras ideas y sentir, también podría ser una forma de recobrar la belleza del arte y la plenitud de la cultura, pues una persona silenciosa no es la que calla, sino la que sabe emitir palabras y sonidos, la que se mueve a tiempo, como el gesto del dedo en la boca, al decir: “shhh”.

por: César Hernández Gualdrón

Docente de la Escuela de Filosofía y Humanidades de la Universidad Sergio Arboleda | Filósofo y escritor. Maestro en Ciencias naturales, Matemáticas y Lingüística. | Profesor de Filosofía del Lenguaje, Neurociencias, Lógica y Filosofía de la Historia.


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