Durante décadas, en las salas de redacción los periodistas escuchaban con escepticismo sobre un iceberg digital que parecía lejano. Muy pocos imaginaron la velocidad ni la forma exacta del impacto. Sobre ese choque de realidades y la urgencia de desaprender el oficio conversó Daniel Samper Ospina con Álvaro García, decano de la Escuela de Comunicación e Industrias Digitales de la Universidad Sergio Arboleda, en un nuevo episodio de SpoilerCast.
Formado en la cultura de las revistas impresas —formatos de cocción lenta donde el análisis reposado sobrevivía al afán de la prensa diaria—, Samper Ospina asumía que su vida transcurriría entera entre maquetas, diagramación y columnas impresas. Sin embargo, el punto de quiebre ocurrió en la Feria Internacional del Libro de Bogotá en 2016. Mientras los autores tradicionales atendían filas modestas, el recinto colapsaba ante el fervor que despertaban figuras digitales como el chileno Germán Garmendia.
Ese contraste dio origen a una parodia involuntariamente revolucionaria: un video de minuto y medio en el que anunciaba su conversión en el “youtuber de 40”. La pieza, pensada como un chiste único para acompañar su columna, superó de inmediato el alcance de años en la prensa escrita. El reconocimiento inmediato en las calles le confirmó que no podía renunciar al arma de comunicación más potente de los nuevos tiempos: el formato audiovisual digital.

Desaprender el periodismo tradicional para no extinguirse
En su diálogo con Álvaro García, Samper Ospina explicó que dar el paso hacia las plataformas digitales le exigió un doloroso proceso de desaprendizaje. Mientras el periodismo analógico rendía culto a la pulcritud obsesiva y al retoque perfecto, el lenguaje digital demostró que la espontaneidad, la cercanía y hasta los errores no planificados son el canal más genuino de conexión con la gente.
Asimismo, la relación con el público se transformó de forma radical. El lejano buzón de cartas al director se convirtió en una audiencia viva e interactiva que exige diálogo constante y eventos presenciales. La clave del proceso no estuvo en cambiar la esencia del mensaje, sino en entender las dinámicas del nuevo empaque para no terminar extinguido como un dinosaurio.
“No hay que tenerle miedo a los cambios. Uno elige si los cambios son una amenaza o una oportunidad. La búsqueda en sí misma ya es un encuentro. El simple hecho de salir a buscar qué cosas nuevas inventar es una forma de salvarse”, afirmó Samper.
De la catarsis personal a la ficción: el nacimiento de Serafín
Esa misma búsqueda de catarsis y lenguaje propio lo llevó a explorar la narrativa literaria a través de su primera novela de ficción, Serafín. En la conversación, el autor compartió cómo el duelo por la pérdida de su propia mascota se convirtió en la semilla de este proyecto, permitiéndole procesar una pena profunda y plasmar una reflexión sobre los afectos en la madurez.
La trama sigue a un hombre en plena crisis de los cincuenta que siente cómo su mundo se desmorona. Tras dar un giro radical a su carrera periodística para depender de los likes, lidiar con la incomprensión de sus hijas adolescentes, los arranques de su esposa y el acoso constante de audios de su padre, sufre un infarto. Sin embargo, en medio del colapso físico y emocional, encuentra en Serafín —el perro que nadie quería adoptar— un ancla de redención, lealtad y consuelo. Una historia cargada de lucidez, sensibilidad y humor que retrata a un comediante dispuesto a encarar la existencia a través de la ironía.
“Serafín me alivió el luto, el luto por las mascotas es un luto que yo creo que es un poquito subvalorado (…). La diferencia entre los perros y los humanos es que a los perros no se les pasa el amor, nunca, no importa lo que uno haga”, reflexionó.

La trampa de la tribu y el deber de incomodar al poder
En un país cuya coyuntura política ofrece insumos diarios para la caricatura, la sátira se reafirma como una técnica para despojar al gobernante de su solemnidad y señalar que el emperador está desnudo. No obstante, el reto actual no radica solo en hacer humor sobre líderes que ya no le temen al ridículo, sino en resistir las presiones de la propia audiencia y las trampas del algoritmo.
Para el periodista, el entorno digital suele tentar a los creadores a complacer a su público objetivo para asegurar reproducciones, construyendo tribus que aplauden el aplauso fácil pero castigan la independencia. Por eso, el límite entre un creador de contenido y un periodista pasa por la capacidad de mantener el criterio propio sin importar el costo.
“El humor se tiene que hacer contra el poder más allá de quien lo ocupe. Esa es la diferencia entre un periodista y un creador de contenido: el creador persigue los likes; el periodista no puede venderse a la audiencia ni volverse servil a una tribu, porque las tribus premian el aplauso fácil, pero envejecen muy mal”, resaltó en medio del evento.
La lección central que dejó esta conversación en la Universidad Sergio Arboleda es que adoptar las herramientas digitales solo cobra sentido si sirve para resguardar lo esencial: conservar la capacidad de asombro, mantener la independencia crítica y seguir usando el humor para incomodar a cualquier forma de poder.
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