En una nueva edición de SpoilerCast, el espacio de la Escuela de Comunicación e Industrias Digitales dirigido por su decano, Álvaro García, el periodista Ricardo Calderón conversó con los estudiantes sobre las exigencias del periodismo de investigación en Colombia. Ante un entorno digital que suele premiar la inmediatez por encima del dato verificado, el actual director de la Unidad Investigativa de Noticias Caracol compartió las lecciones de un oficio que exige rigor, paciencia de cirujano y una ética inquebrantable.

A lo largo de su historia periodística ha liderado investigaciones de enorme impacto como las interceptaciones ilegales del DAS, los privilegios en el “Tolemaida Resort”, la corrupción castrense en la “Operación Silencio”, el perfilamiento a periodistas en carpetas militares y la red de exmilitares en el magnicidio de Haití. Asimismo, destapó las polémicas visitas que dieron origen al “Pacto de La Picota” durante la campaña presidencial y la infiltración de disidencias como alias Calarcá en la inteligencia estatal. Una labor de más de dos décadas respaldada por más de 25 galardones —como el Premio María Moors Cabot, el Rey de España y múltiples Simón Bolívar—, pero cimentada bajo una regla de oro: el trabajo de campo y la protección sagrada de sus fuentes.

Servicio, terreno y el bautizo de fuego

Para Calderón, la disciplina para investigar no nació en un salón de clases, sino en la observación de su propio hogar. Su padre fue oficial de la Policía Nacional, un referente que terminó modelando su manera de entender el ejercicio periodístico.

“El periodismo, al igual que ser policía o militar, es la vocación de servicio, lo que le puedes servir a una comunidad desde distintas facetas. Yo lo vine a descubrir y entender mucho más tarde, ya cuando estaba estudiando periodismo”, señaló.

Esa comprensión del rol social de la profesión tomó forma en cuarto semestre de la Universidad de La Sabana. Lo que inició como un ejercicio de taller sobre denuncias de contaminación cerca del campus terminó en una caminata por la montaña donde encontró ganado muerto por vertimientos tóxicos. La publicación en el periódico universitario escaló hasta el Concejo de Bogotá, demostrándole desde muy joven una lección fundamental: el periodismo de fondo no se hace desde el escritorio, se hace donde ocurren los hechos.

El valor del tiempo y la lealtad con las fuentes

Frente al afán de la inmediatez y la trampa del titular fácil, Calderón hizo énfasis en la necesidad de tomarse el tiempo para construir relaciones humanas sinceras. Las grandes investigaciones no nacen de un cuestionario acelerado, sino de aprender a escuchar.

“Hay que invertir tiempo en las fuentes. En el afán, tú vas y te sientas con la persona a tomar un tinto a la carrera, pero realmente no estás valorando esa fuente. La gente, como cualquier persona, va a valorar que tú le dediques tiempo y muestres un interés que sea real en ellos”, sostuvo.

Esa paciencia fue la que le permitió destapar escándalos como el del “Tolemaida Resort”, donde reveló los insólitos lujos, salidas impunes y negocios privados de militares condenados por violaciones a los derechos humanos dentro del centro de reclusión militar, o las chuzadas del DAS en 2009. En este último caso, mientras investigaba sobrecostos en la compra de una cafetera institucional, una conversación pausada de dos horas derivó en la pista que reveló el espionaje ilegal a magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Un proceso de meses para entender la jerga de inteligencia, contrastar datos entre dependencias herméticas y asumir el verdadero límite ético del trabajo investigativo.

El gran aprendizaje: la vida de la fuente sobre la primicia

Uno de los momentos reflexivos más potentes del encuentro se centró en la enorme responsabilidad ética que asume un periodista cuando administra información de alto riesgo. En un entorno donde la tentación de publicar rápido suele nublar el juicio, Calderón dejó grabado un principio sagrado que resume la madurez de su trayectoria: “ninguna historia vale la vida de una fuente”.

“En algún momento de la investigación tú tienes que ser consciente de que al pedir la información a una fuente la vas a poner en riesgo: la fuente va a sacar información oficial secreta que, si le llegan a descubrir, la pueden matar”, recalcó.

Durante más de dos décadas en Semana, Calderón mantuvo un anonimato casi absoluto para garantizar su propia seguridad —que incluso lo llevó a sobrevivir a un atentado a disparos en 2013 por sus investigaciones sobre corrupción militar— y, sobre todo, para proteger a quienes le entregaban documentos confidenciales. Recordó que quien se arriesga a filtrar corrupción expone su libertad y su integridad física, una realidad que exige del reportero una prudencia absoluta, la capacidad de enfriar los afanes, medir los tiempos de publicación y entender que el compromiso del periodista no termina cuando sale la historia, sino que empieza en la lealtad con quien confió en él.

Sustancia antes que visibilidad

En el tramo final del encuentro, la conversación abordó la obsesión actual por construir “marcas personales” y la prisa de muchos jóvenes comunicadores por ganar notoriedad en plataformas digitales antes de consolidar una carrera sólida. Calderón fue directo al diferenciar la fama del verdadero impacto periodístico.

“El reconocimiento se da como consecuencia de tu trabajo, y creo que ahí puede haber un poco de confusión de lo que está ocurriendo. Muchos aparecen primero, se echan un cuento, pero no hay fondo. La relevancia está en la importancia de lo que tú dices y lo que puedes soportar como periodista“, agregó.

El paso de Ricardo Calderón por el SpoilerCast expuso todo lo que hay detrás de las grandes investigaciones en Colombia. Su mensaje para las aulas de la Sergio Arboleda fue claro: las tecnologías cambian, pero la esencia del periodismo sigue siendo buscar el dato, verificar, proteger a las fuentes y defender la verdad.


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