Colombia eligió al abogado Abelardo De La Espriella como nuevo presidente de en una de las elecciones más polarizadas de los últimos tiempos. El extenso calendario electoral del país incluyó una legislativa –con consultas interpartidarias– el 8 de marzo, una primera vuelta presidencial el 31 de mayo, y un balotaje el 21 de junio. En cada hito, la desinformación y los discursos de odio deslazaron al debate de ideas y se llegó al extremo de que los principales candidatos presidenciales no participaron en debates y optaron por la descalificación sistemática del rival. Concluido el proceso, es momento de balances y reflexiones.

Lecciones esperanzadoras

En mi rol como observador internacional para la Misión de Observación Electoral (MOE) fui testigo de una porción muy pequeña del proceso, pero de la cual deseo extraer algunas reflexiones esperanzadoras.

En primer lugar, el pueblo colombiano acudió masivamente a las urnas. De los 41.287.084 de ciudadanos habilitados, 26.095.504 salieron a votar, lo que equivale al 63,6% del padrón electoral. Un récord histórico de participación, que posiciona a Colombia al lado de otros países de la América Latina con sistema de voto obligatorio. El compromiso de los ciudadanos colombianos con el futuro de su país es un dato a celebrar.

En segundo lugar, más de 862.000 jurados de mesa –distribuidos en 13.489 puestos de votación– contribuyeron a la participación activa de la sociedad civil. Miles de ciudadanos asistieron a un deber cívico, a expensas de un día que podría haber sido de descanso. A varios de mis colegas y amigos les tocó esta tarea, y la han cumplido conscientes de la importancia de lo que estaba en juego. Incluso las mesas que me tocó observar, en las localidades de Usme y Ciudad Bolivar, estuvieron presididas por personas del común que atendieron muy respetuosamente a los votantes y cumplieron su labor de apertura, proceso y cierre, cumpliendo el reglamento y atendiendo las indicaciones de la Registraduría Nacional. Como resultado de todo ello, el pre-conteo permitió conocer los resultados a pocas horas del cierre del comicio, y el escrutinio definitivo –presidido por la Registraduría– ratificó los resultados dos días después con una coincidencia del 99,997%.

Tales esfuerzos son fundamentales para garantizar la trasparecía de un proceso. Y, más aún, a la luz procesos similares en otros países de la región, como es el caso de Perú, que celebró su balotaje presidencial el 7 de junio y hasta la fecha, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) aún no terminó de escrutar el 100% de las actas.

En tercer lugar, organizaciones de la sociedad civil y organismo internacionales contribuyeron a la trasparencia del comicio. Por el lado de las organizaciones de la sociedad civil colombiana, la Misión de Observación Electoral (MOE Colombia) desplegó 2.638 observadores y observadoras en 445 municipios, lo que representa el 77 % del potencial electoral de Colombia. La MOE Colombia contó además con 348 observadoras internacionales, provenientes de 31 nacionalidades. De ellos, 201 observaron el proceso electoral en el exterior desde el 15 de junio, en 50 ciudades de 26 países. El resto de los 147 observadores internacionales nos repartimos entre la ciudad de Bogotá y el resto del país. En mi caso particular, fui asignado a las localidades bogotanas de Usme (en primera vuelta) y Ciudad Bolívar (en segunda).

Por el lado de los organismos internacionales, la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea (MOE – UE) descartó “irregularidades” en la segunda vuelta más reñida de la historia de Colombia. La MOE – UE desplegó 150 observadores electorales para la segunda vuelta presidencial y, según su monitoreo, los resultados del preconteo y el escrutinio final coinciden “en 99,9%”. Por su parte, la organización no gubernamental estadounidense denominada “Centro Carter” también avaló la “transparencia” de la entidad que organiza los comicios en Colombia.

El balance general es muy positivo si se tiene en cuenta los grandes riesgos que debió afrontar la jornada electoral.

Entre riesgos y antídotos

El viernes previo al balotaje entre los candidatos Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, la directora nacional de la MOE Colombia, Alejandra Brarrios Cabrera, cerró la última jornada de capacitación de observadores internaciones con una frase preocupante: “El principal riesgo al que nos enfrentamos en esta elección es la desinformación y los discursos de odio potenciados por el uso de la Inteligencia Artificial”.

En lo que atañe al ejercicio periodístico, el colega guatelmateco Gonzalo Marroquín Godoy, ex presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), señaló en varias oportunidades que la credibilidad es el mejor antídoto para ante la desinformación. ¿Pero cuál es el antídoto para quienes no ejercen activamente el periodismo? Me permito señalar a la participación y el compromiso ciudadano.

Desde las presidenciales de 2018, participo como observador internacional voluntario en procesos electorales colombianos. A lo largo estos años he conocido a profesores universitarios, personal de embajadas, funcionarios de instituciones públicas y ciudadanos independientes extranjeros comprometidos con la trasparencia de los procesos electorales en Colombia. Durante el balotaje de 2022 –entre los candidatos Gustavo Petro y Rodolfo Hernández– fui testigo de la pasión y el compromiso con el que decenas de observadores internacionales monitorearon el comicio en la Embajada de Colombia en Buenos Aires (Argentina). Por ello, invito a colegas y estudiantes universitarios de toda la región a participar del ejercicio de observación electoral.

Pasado el comicio, apaciguados los ánimos y conocidos los resultados, el ganador accederá al gobierno, el perdedor asumirá la jefatura de la oposición y el observador volverá a su tarea habitual con la satisfacción del deber cumplido. No es solo un ejercicio de voluntariado, es parte de un antídoto personal, pero también colectivo, para dos de los males más acuciantes de los tiempos que nos tocan vivir.


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